Claudio Gutiérrez

Es un hecho que los hombres, incluso dentro de una misma sociedad, se rigen por muy diversos sistemas de conducta. No es posible hallar un hombre sin ideas morales, pero esas ideas son muy distintas de un hombre a otro, según su educación, idiosincrasia, experiencias y reflexiones individuales. Entre estas diferencias, la más importante de todas es la que separa un grupo de códigos morales de otro grupo opuesto; me refiero a lo que podríamos llamar "moral de consecuencias", por una parte, y "moral de conciencia", por la otra. Los hombres se basan en uno de dos principios básicos para escoger sus actos: o bien deciden si un acto es bueno o es malo tomando en cuenta las consecuencias que se siguen de él; o bien deciden apelando a algo muy difícil de definir, a saber, la convicción inmediata que califica en conciencia el acto en cuestión, con base en la naturaleza misma del acto.

Los seguidores de la moral de consecuencias forjan sus decisiones tomando en cuenta, mediante cálculos a veces complicados, los resultados que se seguirán de sus posibles acciones. Podríamos decir que estos hombres se encuentran en estado de deliberación permanente. Suelen ser personas pragmáticas, que saben lo que quieren y se esfuerzan por realizarlo; son presas difíciles del apasionamiento o del sentimentalismo; su debilidad, en cambio, consiste en que son fácilmente corruptibles. Su filosofía de la vida, que "el fin justifica los medios", y su misma mentalidad, propensa al cálculo de ventajas y desventajas, los predisponen a ceder ante el interés o la amenaza. Para obtener un propósito final laudable puede que sacrifiquen tanto en el camino que su espíritu maltrecho no esté ya en condiciones de abrazar el fin bueno al término de la jornada.

Los seguidores de la moral de conciencia ofrecen un tipo humano muy diferente. Basan sus decisiones confiando en una luz interior que les ilumina qué hacer en cada caso. Más que el cálculo de ventajas y desventajas, su preocupación es mantener su espíritu abierto y puro para hallarse siempre disponible ante la voz de la conciencia. Difícilmente ceden frente al soborno o la amenaza, porque estos estímulos exteriores no llegan a la raíz donde se gestan sus decisiones. En cambio, son fácilmente conmovibles por apelación a los sentimientos, y pueden confundir un estado de ánimo del momento con los dictados de una obligación moral. Este es el material del que están hechos los entusiastas de todas las causas, y los militantes apasionados de las cruzadas políticas y religiosas.

En esto como en muchos otros casos, la virtud parece estar en el medio. Moral de consecuencias desprovista de conciencia solo puede producir calculadores venales; moral de conciencia desprovista de deliberación de consecuencias solo puede producir fanáticos obcecados. No puede haber una moral racional si no se toman en cuenta las consecuencias de los actos; y no puede haber moral digna de este nombre si en último análisis no es la conciencia subjetiva y responsable la que dice la palabra definitiva.

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