Claudio Gutiérrez

Ya una vez desde estas columnas me referí a lo difícil que es leer bien, es decir, leer captando lo que el autor quiere decir, y no otra cosa distinta. Implica por lo menos una disciplina que puede ser dolorosa: ver todo lo que hay en el texto, y no ver más de lo que hay. Ambas cosas son practicables solo con esfuerzo, por la pereza mental innata en todo ser humano y por la influencia de las pasiones.

El papel que juegan las pasiones es impedirnos ver todo lo que hay; especialmente si leemos una tesis que no compartimos, o escrita por alguien con quien no simpatizamos. Se dice que las pasiones ciegan, y es muy cierto. Lo más corriente es que nos cieguen por hacernos muy sensibles a ciertas partes de lo que vemos, las cuales nos "encandilan" y hacen incapaces de ver todo lo demás.

La pereza mental, por su parte, juega un papel no menos importante: cuando el texto tiene un poco de complejidad pasamos por encima de él casi sin enterarnos de su contenido; al mismo tiempo, nuestra fantasía conjura un razonamiento propio que fácilmente tomamos por las ideas del autor. Con lo que logramos dos fines: nos economizamos el esfuerzo de entender algo nuevo, y tenemos la satisfacción de ver en blanco y negro "lo que siempre hemos pensado".

Pero además de disciplina, la adecuada lectura requiere algo que, por falta de otro nombre, podemos llamar "ética". Como hay código de ética en las distintas profesiones, así también podríamos inventar un "código del lector". Y es que no es solamente técnica lo que se necesita para el buen leer. Se requieren también ciertas actitudes de tipo moral. Concretamente, es una obligación de todo lector suponer que el autor que leemos es persona inteligente y honrada. Si por alguna razón no creemos que lo sea, entonces no debemos leerlo; ¿qué sentido tiene perder tiempo con los dislates de un tonto o las mentiras de un deshonesto? Por lo demás, leer con mala voluntad es lo menos indicado para lograr captar lo que un autor intenta comunicarnos.

El requisito que me exige suponer que el autor es inteligente me obliga a no achacar ligeramente cualquier cosa extraña del texto a una contradicción o error grueso del autor. Al contrario, debemos suponer primero que algo hay que no hemos percibido bien, o no hemos percibido del todo, en nuestra primera lectura, y volver a considerar el texto con intenso cuidado. Declarar un texto irremediablemente equivocado o incluso contradictorio es lo último que debe hacer un buen lector, y esto en proporción con el prestigio y seriedad que tenga el autor. Porque denunciar errores gruesos es acusar de principiante o de menso al autor al que hacemos el honor de leer.

El requisito que me exige suponer que el autor es honrado me obliga a interpretar las partes ambiguas de la mejor forma posible, tratando de que el autor quede bien parado. Si por ejemplo una palabra tiene dos sentidos, uno inocuo y otro que haría al autor aparecer defendiendo lo indefendible, ofendemos al autor y nos confundimos nosotros si la interpretamos en el segundo sentido.

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