Claudio Gutiérrez

En este tiempo en que todo el mundo, hasta mis hijos, parecen estar trastornados por el fútbol, he de confesar con humildad que ese juego me deja totalmente frío. Comprendo, sin embargo, que otros se apasionen, y que hayan elegido su equipo –por el que pasan noches en vela– y sus héroes propios –con quienes se identifican–. He de confesar también que soy bastante "fanático" de otro juego, un poco más caro de montar, aunque dichosamente a mí no me cuesta un cinco. Me refiero a la carrera espacial, y más en concreto a la carrera para alcanzar la luna. También aquí yo he escogido equipo, entre los rusos y los americanos: estoy dispuesto a gritarles hurras a los gringos, cuyas proezas han captado mi imaginación. Además, y esto es muy importante, también yo me identifico con un héroe, así como los fanáticos del fútbol se identifican con los mejores goleadores. Mi héroe es Walter Schirra, veterano de tres misiones espaciales, y voy a tratar de justificarlo mencionando algunos de sus méritos.

En su primera misión, logró meter de contrabando en la nave un sánguche de carne; con ello no solo disfrutó mejor del viaje sino que sentó un record de comida sustanciosa en el espacio. En otra ocasión, en el primer intento infructuoso de lanzar el Gémini 6, el cohete impulsor Titán se incendió sin elevarse; Schirra decidió contra todas las reglas que no debía apretar el botón que lo hubiera lanzado hacia la seguridad del mundo exterior y hubiera también dañado la nave. Su decisión fue correcta, no se produjo explosión, y el lanzamiento pudo tener lugar unos días más tarde. En el último viaje, los lectores recordarán que canceló un programa de televisión porque "estaba muy ocupado"; cuando le dieron instrucciones de hacer un experimento que él consideró desatinado, rehusó hacerlo con el siguiente comentario:
–Díganme quién fue el idiota que lo concibió para buscarlo cuando baje.
Finalmente, contra las indicaciones del cuartel general, decidió que los astronautas debían quitarse el casco durante el viaje de reingreso (cosa muy peligrosa), a fin de poder apretarse la nariz, empujar aire y contrarrestar así el peligro de ruptura del tímpano afectado por un resfrío colectivo. La operación tuvo completo éxito.

Paradójicamente, la evolución de la tecnología ha vuelto a poner al hombre, al ser humano individual, en el centro mismo de atención e importancia. Después de décadas de anonimato dentro del grupo científico o técnico, la persona singular se destaca ahora como el principal intérprete de los acontecimientos, como un nuevo Colón o Magallanes. El hombre ha vuelto a ser la pieza más importante de la aventura. Por más tecnología que se necesite para mandar un hombre a la luna, la calidad humana individual será la que marque la diferencia ganadora. Creo que la educación y adiestramiento dentro de una sociedad liberal o no regimentada, demócrata o no totalitaria, será el "plus" que haga a los norteamericanos ganar la carrera a la luna. Porque lo característico de la educación democrática es que enseña a disentir, a disentir inteligentemente. Y esa disensión puede significar triunfo, porque no se ha inventado ni se inventará un plan que no pueda perfeccionarse en el momento de llevarlo a la práctica.

Copyright © 1968-2002 Claudio Gutiérrez