Celebramos hoy la conmemoración de los cuarenta años de
la introducción de estudios humanísticos en la enseñanza
superior de Costa Rica. Ello tuvo lugar con ocasión de la Reforma
Universitaria de 1957 y el consiguiente establecimiento del programa de
Estudios Generales. El movimiento humanista costarricense que ahí
tuvo su origen se inspiró en el pensamiento europeo entonces vigente,
en particular en las ideas historicistas de José Ortega y Gasset,
el neoescolasticismo de Jacques Maritain, y la filosofía existencialista
–especialmente la de Jean Paul Sartre–. Citemos como ilustración
la siguiente frase del filósofo francés, muchas veces comentada
durante esos años en las clases de "Fundamentos de Filosofía":
El hombre, sin ningún apoyo ni socorro,
está condenado a cada instante a inventar al hombre
(
SARTRE Y HEIDEGGER 60).
Aunque el humanismo de Sartre es más rico que lo que aquí se muestra, enunciado simplemente así parece afiliado a una forma estrecha de idealismo romántico. Suena como una consigna irracional de protesta emotiva frente a los innegables e innumerables condicionamientos que nos imponen la naturaleza y la sociedad. En todo caso, gracias al prestigio que Constantino Láscaris –primer director de la cátedra de filosofía– tuvo en el país, podemos considerar esta versión de Sartre como el humanismo más ampliamente difundido en Costa Rica durante la segunda parte del siglo XX.
| La fundación y desarrollo espectacular de la genética molecular, un producto claro de este siglo, ha provisto al evolucionismo de su pieza faltante, que Darwin y Mendel anticiparon sin tener ninguna percepción sobre su verdadera naturaleza. |
Dentro de este espíritu, el credo humanista que considero viable para las condiciones que estarán vigentes en el Siglo XXI puede quedar expresado en forma sucinta de la siguiente manera:
Creo en el hombre –varón y hembra– y en las fuerzas de la vida que le formaron a lo largo de eones y todavía hoy le sustentan, nutren e impulsan hacia cosas mejores. Contando con el apoyo de la naturaleza y de la sociedad, el hombre, responsabilizándose de su propio destino, debe en cada momento recrearse a sí mismo, definiendo metas y postulando valores. Frente a estos retos sus armas son su capacidad racional y su expansivo conocimiento de las leyes de la naturaleza. Desde la hominización del hombre, la cultura complementa a la evolución en la tarea de desarrollar sus capacidades, e innumerables técnicas han aumentado hasta hoy el alcance de su inteligencia. En los últimos años, fabulosos poderes de cómputo, almacenamiento de información y planetaria conectividad están transformando el mundo en una unidad en la diversidad nunca antes conocida por la especie. Su elemento unificador es el conocimiento, el más importante factor de producción –por encima de tierra, capital o trabajo–, que coloca la actividad intelectual de la persona en lugar central en la nueva sociedad. Toda esta gloria de la obra humana no puede disimular ni el continuo oprobio de la guerra, la discriminación y la miseria que afecta a gran parte de la humanidad ni los riesgos de degradación o extinción de la vida que son consecuencias de actos humanos. En la lucha por combatir estas ignominias, nada puede sustituir la decisión personal de cada hombre –varón y hembra– por responsabilizarse de sí mismo y contribuir en libertad y solidaridad a la supervivencia y ulterior desarrollo de la especie y la vida sobre el planeta. |
Podemos preguntarnos, como lo han hecho muchos filósofos antes de nosotros, qué fundamento tenemos para afirmar a la persona humana como centro de la ética. ¿Por qué no la especie humana, o un grupo particular de personas (nuestra nación, nuestra secta, nuestro vecindario), o la totalidad de los seres vivientes, o la naturaleza como un todo, o un "punto omega" más allá de la naturaleza, o un "superhombre" todavía no producido por la evolución? Todas estas son cuestiones profundas e importantes, y no podemos dejar de planteárnoslas, pero no es este ni el lugar ni el momento para profundizar en ellas.
Más que acometer esas inquisiciones filosóficas, tratemos de plantear bien lo que probablemente constituye el problema principal de la ética. ¿Cuándo y por qué es que hemos empezado a hablar de moral o ética? La respuesta más directa es que el habla moral es parte natural de la existencia humana, de nuestro "estar ahí", de nuestro "encontrarnos arrojados en el mundo", como lo pondrían los existencialistas. Desde que comenzamos a hominizarnos –en la prehistoria–, o socializarnos –en nuestra tierna infancia–, hemos empezado a hablar de moral. El primer "no" o "debe" que oímos de nuestros padres o guardianes implicó ya la entrada al universo de los imperativos morales. Las primeras relaciones con nuestros hermanos pequeños, con el padre y la madre, estuvieron cuajadas de contenidos morales. No abundaremos más en el tema: el material atinente para el caso individual está disponible para todos en los propios recuerdos y experiencias de cada uno, como niño o como progenitor, y en los manuales de crianza o de psicología infantil.
El microscopio electrónico y otros métodos de la biología molecular, incluyendo la manipulación e inventario de genes, han establecido claramente la naturaleza causal y "mecánica" de la vida. |
Así pues, el problema moral no es nunca cómo empezamos a ser morales. Esto es un hecho bruto: lo hemos sido desde siempre, personal o históricamente. El problema moral general, la cuestión ética, como podríamos llamarla, es otra totalmente distinta. El hecho generador impresionante consiste en que los seres humanos, que siempre han pretendido justificar sus actos sobre principios morales, lo han hecho a través de las épocas y a lo largo de los distintos continentes, con reglas morales de contenidos muy diversos e incluso opuestos, solo parcialmente congruentes. El problema moral es entonces más bien el de cómo resolver nuestros desacuerdos morales, así como el de garantizar que nuestros principios éticos y nuestras reglas morales contribuyan siempre a que podamos elegir la mejor acción entre todas las posibles. Dichosamente, como seres racionales, los humanos tenemos a nuestra disposición para resolver estos dos problemas –el del desacuerdo moral y el del progreso moral– todo el arsenal de la lógica, la misma lógica que nos asegura tanto la supervivencia en el mundo natural como la capacidad de insertarnos adecuadamente en el mundo social para disfrutar los bienes que ha creado la cultura (GUTIÉRREZ Y CASTRO 92).
La íntima unión entre la ética y la lógica tiene su fundamento en la conformación misma del cerebro. Un desarrollo explosivo de la corteza cerebral comenzó a ocurrir en nuestro linaje repentinamente(1) en algún momento después de su separación del linaje del chimpancé hace unos cinco millones de años (DENNETT 95). Esa fue la oportunidad para que comenzaran a desarrollarse dos clases de fenómenos, relacionados entre sí: el pensamiento lógico y el razonamiento ético. La evolución llegó a decantar con el tiempo áreas cerebrales especializadas para el lenguaje (que subsume a la lógica): Broca para la producción y Wernicke para la comprensión. Tales configuraciones neuronales habilitan el pensamiento simbólico y facilitan el aprendizaje de las lenguas históricas particulares.
El desciframiento del lenguaje genético ha descubierto la naturaleza digital de todos los fenómenos biológicos. |
Además de la dotación básica que nos conceden nuestros genes, la capacidad de hablar congruentemente y de hablar moralmente (capacidades esencialmente ligadas) tenemos a nuestro haber para edificar el pensamiento moral la gran tradición cultural de Occidente (y de Oriente), rica en reflexiones filosóficas sobre la justicia, la vida buena, el "camino", el "hombre justo" o la sociedad ideal. La historia de la cultura es un venero abundantísimo donde se recogen no solo reflexiones e ideales morales sino también experiencias (un acervo prácticamente sin fondo de todas las literaturas y de los relatos históricos, cuajados de ilustraciones morales). Esa tradición cultural se yergue hoy sobre sus propios inmensos méritos contra la insolencia del ultramodernismo, tanto de derecha (FUKUYAMA 92) como de izquierda (GORBACHEV 86), que pretende que se ha producido el fin de la historia o el hundimiento del Occidente; en el primer caso, por haberse demostrado la superioridad del sistema capitalista sobre el socialista, y en el segundo como una justificación del entonces inminente y después consumado catastrófico derrumbamiento de la Unión Soviética.
Por más importantes que sean nuestros ideales y anhelos, nuestras decisiones y valores morales libremente asumidos, no es posible, en este día y hora, tratar de construir nuestra moral basándonos únicamente en posiciones subjetivas. Sabemos que ninguna moral funciona en el vacío social pues nuestras convicciones éticas siempre surgen de la crítica racional de convicciones colectivas.
Durante este siglo "algoritmo", un concepto clave de las matemáticas, pudo finalmente definirse de manera formal. Un efecto secundario de esta definición fue la computadora digital, con consecuencias de largo alcance de todos conocidas. |
Por más encumbrada que sea la función de la ética en la configuración de la vida individual y social, sus fundamentos son muy humildes y básicos. Las decisiones morales no difieren esencialmente de lo que realizamos todos los días cuando formulamos nuestro plan de acción para las próximas doce o catorce horas de vigilia: tomamos en cuenta el estado del tiempo, nuestra salud y la de los nuestros, las circunstancias económicas de nuestra familia, el estado de la tecnología: ¿nos trasladaremos al trabajo en diligencia, a lomo de mula, o en vehículos motorizados; nos comunicaremos con nuestros semejantes con tambores o señales de humo, a viva voz, por correo, por teléfono, por fax, o por correo electrónico; o no nos trasladaremos del todo, sino que trabajaremos desde nuestro hogar, conectados por medio de módem con el mundo entero?
En un plano más profundo, nuestra visión de lo que somos y debemos ser está crucialmente afectada por nuestra concepción del mundo. Durante nuestro período de vigilia, ¿tendremos que preocuparnos de ser sorprendidos por brujas, maleficios, encantamiento; o más bien por virus, contaminación, crimen callejero, accidentes de tránsito? ¿deberemos precavernos contra la conspiración de la burguesía para esclavizar a los trabajadores o reaccionar ante los riesgos de la competencia internacional de un mundo globalizado? ¿deberemos trabajar para ganar indulgencias para la vida eterna, o por nuestro salario mensual o quincenal, o por los beneficios producidos con los riesgos que corremos como empresarios?
La simple enumeración de estas posibilidades nos hace ver que en muchas de esas elecciones el grupo social y la cultura eligieron ya por nosotros. Aunque no por ello deje de haber personas en nuestra misma comunidad aferradas a concepciones anacrónicas y carentes de toda fundamentación racional moderna. Conozco costarricenses que hoy en día, a tres años del comienzo del siglo XXI, creen que deben eliminar todas las representaciones del ser humano de sus casas (retratos, adornos, etc.) para defender a los miembros de su familia contra afecciones respiratorias (supuestamente inducidas por demonios alojados en esas representaciones idolátricas). Aun hoy existe en los Estados Unidos una "Sociedad de la Tierra plana" que pretende que la esfericidad de la Tierra es un engaño o una ilusión.
El carácter algorítmico de la selección natural permite hoy asimilar la evolución biológica de las especies con los procesos de investigación y desarrollo de la industria contemporánea. |
La existencia de estas excentricidades no debe ni extrañarnos ni indignarnos. Son fruto de la variabilidad y pluralismo de lo humano; más aún, de todo lo vivo. La existencia de variedad en las manifestaciones culturales es lo que garantiza en el campo social la posibilidad de un movimiento permanente hacia formas más ricas y satisfactorias de convivencia humana, del mismo modo que en el campo biológico la variedad asegura la posibilidad de evolución y supervivencia de las especies. En otras épocas, en multitud de ocasiones, las opiniones excéntricas e impopulares fueron perseguidas; todavía hoy lo son en bastantes lugares. En muchos casos eso demoró y todavía demora la introducción de doctrinas más cercanas a la verdad y de mejores formas de vida. Resulta mejor tolerar las aberraciones (como el día de hoy la existencia de pornografía o prédicas racistas en la Internet) como prima de seguro contra el totalitarismo y la eliminación de variedad potencialmente creadora.
Todos ustedes están seguramente familiarizados con argumentos en defensa de la libertad, parte de nuestra tradición y educación cívicas, que poseen sus raíces en la ideología romántica de los siglos XVIII y XIX. Se basan en la tradición del liberalismo inglés y del liberalismo francés, que tienen a su haber las importantes, y trascendentales para la vida contemporánea, revoluciones americana y francesa. Esas defensas se plantean como doctrinas de los "derechos inalienables de la persona humana", derechos dados por Dios o la naturaleza, y que nada ni nadie está facultado para menoscabar o irrespetar. Yo prefiero una defensa de la libertad mucho más humilde y mejor fundamentada en la naturaleza misma de las cosas. La libertad es nuestra mejor opción para la vida social y personal por la sencilla razón de que es la que nos hace menos daño y la que ofrece mayor promesa para nuestro desarrollo.
El concepto de algoritmo ha hecho posible ver la biología como ingeniería inversa, efectuando una síntesis entre pensamiento contemplativo y pensamiento productivo de incalculable potencial. |
Los filósofos del enciclopedismo, o iluminismo como también se le llama, creyeron que al espíritu humano le está dado percibir por iluminación interior una serie de verdades sobre la naturaleza humana, una de las cuales sería ésta sobre la existencia de derechos inalienables de la persona. En tal concepción influían mucho ideas teológicas sobre el hombre como hijo de Dios, hoy por hoy menos vigentes. También influían, por supuesto, los intereses creados de la clase burguesa que se afirmaba entonces históricamente, y cuyo poder creciente se basaba en el derecho de propiedad mueble. Pero en todo caso, descansaba en un error de método: la epistemología moderna nos enseña que la "iluminación interior" no existe o es engañosa, y que las únicas formas seguras de acercarnos a la verdad son el razonamiento lógico y la experimentación u observación controladas objetivamente. ¿Nos quedamos así sin fundamentación para la libertad? Por supuesto que no. Solo descubrimos que ese fundamento, aunque mucho más sólido, es considerablemente más humilde.
El fundamento de la libertad, tal y como la entendemos hoy, es simplemente la vastedad de nuestra ignorancia. La libertad de pensamiento o de acción es socialmente importante porque, a pesar de los inmensos avances de la ciencia, todavía sabemos muy poco sobre el universo y sobre nosotros mismos. En consecuencia, nos conviene que se sigan produciendo muchas opiniones y muchos proyectos de acción, para que ese gran selector de verdad y bondad que es la experiencia, nos diga cuáles son correctos, o menos incorrectos. El gran instrumento de la naturaleza en la evolución de las especies ha sido la combinación de variabilidad y selección natural. El gran instrumento de la cultura en su propio desarrollo y mejoramiento es el famoso trial and error, ensayo y error, tanto para la ciencia como para la vida diaria. La metodología científica ha llevado a este principio a un rigor supremo, mediante la constitución del método hipotético-deductivo. La industria contemporánea lo ha consagrado como su gran instrumento de innovación: el R&D (research and development), investigación y desarrollo, que nos procura hoy todas esas nuevas categorías de productos de las que podemos disfrutar gracias a la libertad de comercio.
Es aleccionador y edificante a la vez comprobar que la fuente de nuestra mayor fortaleza, como seres vivos, como seres humanos, y como costarricenses también, es algo que a primera vista podría considerar un defecto: ignoramus, no sabemos suficiente, por ello tenemos que ser libres, para mejor crear las condiciones que nos permitan obtener el conocimiento que nos falta. La libertad es el ambiente natural de la experimentación. No podemos seleccionar la mejor de las alternativas si carecemos de abundancia de alternativas. Seguramente todos ustedes se habrán preguntado, como yo le he hecho más de una vez, cómo conseguirán los fotógrafos profesionales sus magníficas fotografías, como por ejemplo las reproducciones de la vida animal silvestre que aparecen en las páginas del "National Geographic". La respuesta es muy simple: se toman cientos de fotos, se genera variedad, como condición para una selección, la llamada "edición", que vendrá después. Planificar la foto ideal, que sería una alternativa teórica para la acción, resulta imposible. Tanto como resultó imposible planificar la economía en los famosos "planes quinquenales" de los estados socialistas. La libertad, solo la libertad, hace ese trabajo creador, mediante la milagrosa máquina de la economía de mercado, caso particular del algoritmo informático que llamamos generate and test, "genere y seleccione".
Es rutinario que cuando alguien hace una defensa de la libertad, su interlocutor mencione sin falta la necesidad de que ella sea limitada. "No hay que confundir la libertad con el libertinaje", suele decirse. Lamentablemente, la mayor parte de las veces en que esta respuesta se esgrime, el que la formula no está inspirado por el interés social sino que es víctima de una famosa enfermedad psicosocial muy bien estudiada por el psicólogo Eric From: el miedo a la libertad. Lo cual no quiere decir que no tenga que haber límites a la libertad. Pero los que pueden justificarse por análisis racional riguroso son solamente dos, y bastante escuálidos:
1. Mi libertad termina donde comienza la libertad del otro. Por supuesto, yo no puedo ejercer mi libertad para destruir la libertad de mi prójimo, porque entonces destruiría la justificación misma de la libertad: la necesidad de producir variedad en la vida social. Recuérdese: no estamos defendiendo la libertad como un derecho inalienable de la persona humana, posición esta muy endeble porque solo puede basarse en teorías metafísicas desacreditadas o en doctrinas epistemológica cuestionables. Defendemos la libertad como el fundamento de la creatividad social. Defendemos la libertad por la misma razón que defendemos la biodiversidad: la reducción de las especies frustra las posibilidades que tiene la vida de mantenerse en el futuro, cuando eventualmente las circunstancias del ambiente cambien de manera drástica.
2. La libertad se suspende en momentos o situaciones de calamidad pública y solo en la medida en que sea necesario para superarla. Cuando no hay más remedio que actuar con rapidez, lo hacemos con la información que tengamos, por magra que ésta sea, y dejamos de operar según el principio de "genere y seleccione", que requiere más tiempo.
Algunos autores, por ejemplo nuestro compatriota Alberto Di Mare (DI MARE Y GUTIÉRREZ 96), agregan un caso más: en la medida en que la humanidad consiga conocimientos concretos con muy alto grado de confiabilidad y sobre materias importantes, en esa misma medida disminuye la utilidad relativa de la multiplicidad de iniciativas y, en consecuencia, de la libertad. Sin embargo, considero que este no es un caso distinto del caso -2-, con tal que interpretamos la expresión "actuar con rapidez" de manera flexible, de modo que se aplique no solo al caso de terremotos o inundaciones, sino también a calamidades más lentas como las epidemias.
La firme fundamentación de la biología en la genética, por medio de análisis detallados del ADN, ha permitido demostrar la naturaleza homogénea de todas las formas de vida conocidas sobre la Tierra. |
Desgraciadamente, el miedo y el deseo de poder se conjugan en nuestra sociedad, como en todas las otras, para auspiciar una tendencia a limitar la libertad más de lo que es justo y necesario. El miedo de unos a usar su libertad, por no correr los riesgos que esta siempre implica. El deseo de poder de los otros, que se regodean en la posibilidad de reducir la libertad de los demás, en un control por el gusto de controlar. El resultado es una doctrina gravemente nociva, en especial por su carácter insidioso: "Limitamos la libertad (del otro, por supuesto), por su propio bien, por que no sabe lo que hace". ¿Y quién garantiza que el controlador, el censor, "sabe lo que hace"? Por supuesto que nadie. Este limitar la libertad en nombre del amor, "por que te quiero te aporreo", es el mayor enemigo de la libertad. Desde las doctrinas dictatoriales de Platón (POPPER 45) hasta las ignominias del Estado benefactor de nuestro tiempo. Recordando la sabiduría de Kant, afirmemos que el fundamento de la moral no es el amor; porque "hay amores que matan". El fundamento de la moral es y debe ser solamente el respeto: estar dispuesto en todo momento, en toda circunstancia, a permitirle al otro (mi prójimo, mi adversario, mi hijo, mi enemigo, o mi amante) hacer con su vida literalmente lo que quiera.
Esta doctrina de la libertad como basada en la ignorancia y en la necesidad de que exista variedad en la vida social, para dejar actuar a la selección natural, aparenta depender de una reflexión externa a nosotros, más utilitarista (es la forma más conveniente de vivir) que ontológica (es lo que nos corresponde hacer, porque así somos). Pareciera que en esto el iluminismo nos llevaba ventaja, porque al fin y al cabo su doctrina de los derechos inalienables descansaba en una teoría sobre la naturaleza humana, se fundaba en algo muy íntimo al hombre (su alma inmortal, quizás). ¿Cierto? No: ¡Equivocación rotunda!
En primer lugar, la invocación de un principio de "variedad + selección" es una apelación al principio de productividad más general que existe en el universo; al fin y al cabo es el que ha originado la vida y al ser humano mismo.
La investigación neurológica está comenzando a descifrar los secretos de la actividad cerebral y a establecer más allá de duda la no existencia de una "casa presidencial" del cerebro. |
Tales explicaciones sobre el origen de la racionalidad individual basadas en la concepción darwinista, coinciden con los productos de otra rama del saber, la inteligencia artificial, donde el uso de los algoritmos llamados genéticos (basados en la misma idea de "genere y seleccione") ha obtenido una gran preponderancia para la creación de modelos electrónicos que simulan la actividad de la inteligencia humana.
El sistema inmunológico ofrece un ejemplo de transición entre la selección natural en el sentido más clásico, evolución de las especies, y un tipo de selección natural capaz de explicar la racionalidad individual, evolución de configuraciones neuronales en el cerebro. En realidad, el sistema inmunológico es ya un sistema inteligente, pues es capaz de reconocer de modo discriminante a los enemigos del cuerpo.
Clarificada la naturaleza de la vida mental como interconexión de todas las neuronas con todas las otras neuronas, las humanidades también se aclaran, puesto que la teoría del significado adquiere ahora la conectividad cerebral como un modelo físico y tangible. |
Los anticuerpos se reproducen constantemente y crean variaciones aleatorias que los preparan frente a lo imprevisto, de manera parecida a como los organismos lo hacen, solo que a una velocidad muchísimo mayor. Cuando ocurre la llegada de un germen nuevo, algunos de los anticuerpos aleatoriamente diversificados resultan capaces de enfrentar al invasor, con distintos grados de efectividad. Por un mecanismo de "reconocimiento al mérito", isomórfico al que utilizan los algoritmos genéticos de inteligencia artificial, los más eficientes entre ellos resultan reproducidos con generosidad, lo que produce una mayor capacidad del organismo para resistir sus futuras invasiones. Pero además, producen mutaciones que con el tiempo incrementan su efectividad. Tenemos aquí un interesantísimo caso de evolución "intraorganísmica", que nos orienta ya hacia el marco que necesitamos para comprender los procesos mentales como basados también en la selección natural.
Gerald Edelman utiliza en su teoría sobre el origen y naturaleza del razonamiento humano al sistema inmunológico como una analogía y punto de partida. Para entender su explicación debemos hacer referencia a algunos hechos de la macroevolución. La diferencia principal que nos aleja de nuestros primos más cercanos en el árbol de los primates, los chimpancés, estriba en el hecho de que nuestra corteza cerebral es cuatro veces más extensa. La corteza humana extra, con la excepción de las zonas ya mencionadas que se refieren a la producción o comprensión del lenguaje, parece estar vacante en su mayor parte. Son las famosas "regiones asociativas", como se las llamó en el siglo XIX.
Esta falta de asignación de la mayor parte de las neuronas corticales a un propósito motor o relacionado con la sensibilidad (en el caso del chimpancé y los otros mamíferos, prácticamente todas las zonas del cerebros están asignadas a una de estas dos clases de funciones) ha dado origen a la popular leyenda de que ningún ser humano ocupa más que una fracción de su cerebro.
Un "experimento crucial" de la teoría de que la riqueza de las naciones es creada por la división del trabajo y la libre competencia ha tenido lugar masivamente y en paralelo entre muchos estados socialistas y economías de libre mercado, con resultados concluyentes. |
La tesis de Edelman, cada vez más aceptada por otros neurólogos y neurofilósofos, estima que esas actividades de planeamiento e interpretación se producen en las zonas asociativas de la corteza precisamente bajo la forma de procesos de tipo genético, basados en el algoritmo de "genere y seleccione". Es decir, aquí las neuronas se organizan en configuraciones que se reproducen, a inmensa velocidad, utilizando neuronas vacantes en otras partes de esa misma corteza, entre las cuales se realiza una selección de las "más aptas". Excepto que aquí no se trata de prepararse para contener un invasor, como en el caso de los anticuerpos, sino de que las configuraciones que van mutando evolutivamente actúen como candidatas a la solución de problemas particulares, sean estos de interpretación de los datos de los sentidos o anticipación de una actividad motora, o bien problemas no directamente ligados a ninguna de estas dos funciones sino de carácter simbólico.
Podemos tomar por ejemplo la escritura de este mismo párrafo leído ahora: un sinnúmero de configuraciones neuronales, solo algunas pocas de las cuales presentes en algún momento en la conciencia, se habrían ofrecido a sí mismas como candidatas antes de que esta forma particular de expresión obtuviera la preferencia como definitiva sobre todas las otras. Los replicadores en este caso son configuraciones o patrones neuronales, es decir alianzas de muchísimas neuronas conectadas entre sí. Bellísima confirmación de la teoría darwinista en un terreno muy distinto al de la evolución de las especies, que se da, no solo en un campo intraorganísmico –como en el caso del sistema inmunológico– sino también en el campo intelectual o racional, con lo que aclara de paso la tremenda incógnita de la naturaleza de la inteligencia.
Hasta aquí venimos trazando un paisaje de datos científicos
que supuestamente sirven de base para la edificación de un nuevo
humanismo.
Pero podríamos preguntarnos por
qué un humanismo basado en las ideas de la evolución por selección
natural, formuladas ya por primera vez a mediados del siglo XIX, deba ser considerado
como nuevo. Las razones son varias y diversas. Pero ante todo digamos que nuestra
posición es una posición de continuidad histórica, no de rompimiento con
la historia. Si hay una realidad bien comprobada es el carácter eminentemente temporal de
la cultura humana. A pesar de las tragedias de que está jalonada la trayectoria de la
humanidad, muchas de las cuales han ocurrido durante nuestro propio siglo XX, es un
hecho incontrovertido que el pasado vive en el presente y que cada época
se vierte en la siguiente con el mismo tipo de compenetración orgánica
con la que una edad de la vida humana se convierte en la que la continúa.
Los intentos de detener la historia, o de pretender comenzarla de nuevo,
no pueden ser calificados de otra forma que de obtusos o frívolos
y no merecen ser tratados seriamente. Pero por supuesto, y precisamente
porque la cultura se desarrolla en la historia, cada período la
enriquece de una manera única e irrepetible con su propio aporte
de creatividad y de descubrimiento de lo inédito. En ese sentido,
las viejas ideas que valían la pena son repensadas y renovadas,
de modo que el paso del tiempo contribuye aun más a su vigorosa
vigencia.
En el caso de la concepción evolucionista, varios hechos nuevos la hacen hoy brillar con mayor luz y asentarse en el suelo cultural con más profundas raíces y más trascendentales implicaciones. Veámoslos.
Hecho 1: El descubrimiento y desarrollo descomunal de la genética molecular, un producto netamente de este siglo, ha dotado al evolucionismo de la pieza que le faltaba, que Darwin y Mendel evocaron sin sospechar su verdadera naturaleza. Con el descubrimiento del ADN y el desciframiento del lenguaje genético, el mecanismo de la replicación de la vida, y también de su variabilidad aleatoria, quedaron expuestos como un contenido al mismo tiempo transparente y tangible.
Hecho 2: El microscopio electrónico y otros métodos de la biología molecular, hasta llegar a la manipulación e inventario de los genes, pusieron al descubierto la naturaleza causal o "mecánica" de los fenómenos de la vida, desterrando para siempre de la concepción científica la idea mitológica de un élan vital o fuerza misteriosa para explicar los fenómenos orgánicos. La equiparación entre la biología y la físico-química es hoy completa y total.
Hecho 3: La comprensión del lenguaje genético
ha puesto de manifiesto la naturaleza digital de los fenómenos vitales.
Esto ha llevado a entender el código genético como un verdadero
lenguaje de programación, que no difiere en nada esencial de cualquier
lenguaje de programación informático. Las únicas diferencias
son de estilo: número de instrucciones, mucho más compacto
en el lenguaje genético que en Pascal, por ejemplo; y sistema de
direccionamiento, por acoplamiento de formas en genética, frente
a direccionamiento por coordenadas en los lenguajes de programación
ordinarios. Pero aun aquí las diferencias no son ni generales ni
irremovibles: lenguajes de orden superior (para investigación en
inteligencia artificial) como Prolog usan direccionamiento por acoplamiento
de formas, y sistemas evolucionados de cómputo (como el sistema
RISC de IBM) son también parcos en el uso de instrucciones.
Hecho 4: Durante este siglo se produjo la formalización
y aclaración definitiva del concepto de algoritmo en matemáticas,
por obra de Alan Turing y otros grandes teóricos metamatemáticos.
Un derivado de esta conceptualización ha sido la invención
maravillosa de la computadora electrónica, con las consecuencias
científicas, sociales y económicas que todos conocemos. Pero
la conceptualización de "algoritmo" como proceso puramente
mecánico constituye por sí misma un hito en la historia de
la cultura, de carácter monumental.
Una de las
consecuencias culturales
mayúsculas de este acontecimiento ha sido la aplicación del
concepto de algoritmo, como proceso ordenado y recurrente de pasos perfectamente
identificados y distintos entre sí, en campos en los que no se sospechaba
que este concepto matemático fuera atinente. Su aplicación
a la teoría de la evolución, por ejemplo, ha producido una
mejor inteligencia del proceso lógico implicado en la selección
natural, hasta tal punto que ha sido posible producir evolución
artificial en una computadora (RAY 92).
Con esto, la compenetración de la genética, la biología
molecular y la informática queda asegurada, sobre bases lógicas,
matemáticas y filosóficas muy firmes.
Hecho 5: El carácter algorítmico de la selección natural permite hoy asimilar, en su naturaleza fundamental, los procesos de la evolución biológica de las especies y los procesos de research and development propios de la actividad creativa de la industria contemporánea. Los procesos de la historia de la cultura quedan incluido en la línea del tiempo entre esos dos extremos, y devienen explicables según los mismos principios algorítmicos, dentro de una gran teoría general del diseño. Esa teoría tiene la particularidad de no postular la intervención de un diseñador personal: el algoritmo por sí solo explica el diseño, pudiendo los procesos estar asociados con la actividad de una o muchas personas, o por el contrario solamente con fenómenos naturales de carácter fractal (es decir, recurrentes a muchos niveles) a lo largo de muy extendidos períodos de tiempo. Lo característico aquí es que la actuación de cada agente, personal o no, condiciona y crea constreñimientos para la acción de los otros agentes, haciendo lo improbable probable y lo imposible necesario (DENNETT 95). Como un corolario, lo sobrenatural queda exorcizado de la concepción científica del mundo exterior a nosotros, como una hipótesis totalmente innecesaria para explicar los fenómenos.
Hecho 6: Una consecuencia de esta teoría generalizada del diseño es la total asimilación entre la biología y la ingeniería, que solo difieren ahora en cuanto disciplinas por la dirección que en ellas tiene el movimiento del pensamiento: de materiales preexistentes y constreñimientos anteriores hacia productos resultantes (máquinas, edificios, etc.), en el caso de la ingeniería; de productos resultantes (organismos) hacia materiales y constreñimientos anteriores (otros organismos más elementales, sistemas, tejidos, células, organelas, ADN, etc.), en el caso de la biología. Esta interpretación de la biología, la más rica de las disciplinas científicas, como una ingeniería inversa, produce una síntesis entre el pensamiento contemplativo y el pensamiento creativo, de incalculables consecuencias para la perspectiva humanista del futuro.
Hecho 7: La firme cimentación de la biología en la genética, por medio del análisis detallado del ADN, fundamento esencial de todos los organismos, ha permitido demostrar la naturaleza homogénea y única de todas las formas conocidas de vida sobre el planeta. La unidad entre todos los seres vivos, con la complementaria y concomitante destrucción del concepto espuriamente científico de "raza", lleva a la humanidad a entender su fundamental unidad y su fraterna consanguinidad con todos los seres vivientes. La ecología adquiere así una riqueza y urgencia ontológica irresistible que marcará con su huella toda forma de humanismo futuro, con una abundancia de importantísimas consecuencias.
Hecho 8: La investigación neurológica con los
instrumentos de la biología molecular comienza por primera vez a
aclarar, en las dimensiones anatómica y fisiológica, los
secretos de la actividad del cerebro.
La búsqueda del
fenómeno
de la conciencia (CRICK 94) ha
comenzado a dar sus primeros frutos, aclarando en forma contundente que
no hay sede central ni cuarto principal en el cerebro donde se esconda
el alma o el homúnculo para el cual se proyecte el drama de la experiencia
subjetiva (DENNETT 91). El
descubrimiento
de la interconectividad neuronal como sede de toda la actividad cerebral,
establece la teoría de la personalidad sobre nuevas bases. La existencia
virtual del yo sustituye a su reificación mitológica
anterior, que llevaba al absurdo concepto de la mente como infinita sucesión
de muñecas rusas, unas entre las otras, o al no menos absurdo del
"fantasma dentro de la máquina" que nos recetaba el racionalismo
cartesiano.
Hecho 9: Aclarada la naturaleza de la vida mental como
virtualidad,
como interconexión de todas las neuronas con todas las neuronas
(de las cien mil millones de neuronas corticales que tenemos cada una se
conecta en promedio con diez mil otras), todas las disciplinas del espíritu
se aclaran en consecuencia. La teoría del significado, que caracteriza
las disciplinas humanistas y sociales, tiene ahora un modelo físico
y tangible en la conformación de interconexión cerebral y
la virtualidad de lo mental resultante.
El pensamiento
dialéctico,
que siempre ha insistido en el viaje recurrente de ida y vuelta entre lo
particular y lo general, el todo y las partes, obtiene aquí su mejor
vindicación. El hipertexto como mejor instrumento expresivo de la
nueva realidad cultural, y la Internet como el
mejor vehículo de comunicación social, obtienen un lugar
de privilegio en este nuevo humanismo. Lo espiritual pasará a entenderse
como la virtualidad substancial y dinámica que resulta de la actividad
del cerebro, así como de la conflagración universal de todos
los cerebros, presentes y pasados. Como corolario, de nuevo, lo sobrenatural
queda exorcizado, esta vez de la concepción científica del
mundo interior y transubjetivo.
Hecho 10: Una de las raíces del pensamiento evolucionista
de Darwin fue el pensamiento económico clásico: la teoría
de la formación de la riqueza de las naciones por la división
del trabajo y el intercambio en un mercado libre, obra principalmente de
Adam Smith, en el siglo XVIII. Esa idea tan poderosa no es, como muchas
personas creen, una resultante del darwinismo (el llamado darwinismo económico)
sino su principal precursor e inspirador. Aquí tenemos un caso impresionante
de una idea fuerza de carácter mayúsculo que la humanidad
está durando doscientos años para asimilar. El mayor enriquecimiento
de esta idea, operada en nuestro siglo, es el "experimento crucial"
realizado en forma masiva y paralela por los estados socialistas y las
economías de mercado abierto.
La forma en que este experimento ha
concluido, en los casos de multitud de "parejas" (USA
vs. URSS, Alemania Oeste vs. Alemania Este, Corea del Sur vs. Corea del
Norte, China vs. Taiwán, etc.), con tal catastrófica descalificación
del modelo socialista y vindicación del modelo liberal que hoy por
hoy nadie puede pensar lo mismo sobre la materia que antes de ese experimento.
Ya nos referimos antes a las reacciones extremas
de Fukuyama y Gorbachev. La reacción ponderada en este campo es
comprender que el "algoritmo económico", el que relaciona
de manera rigurosa y formal la producción de riqueza de las sociedades
con el grado de libertad que impere en ellas, es tan válido e importante
en el plano de lo social como el "algoritmo biológico"
–la selección natural que ha producido la explosión de vida
en el planeta– lo es en el plano de lo orgánico.
Tengo amigos muy queridos que todavía hoy, más de un quinquenio después de la caída del muro de Berlín y de la disolución de la Unión Soviética, no han podido reconciliarse con la desaparición de las utopías sociales y consagran todavía sus talentos de escritores a tratar de resucitar sueños periclitados. A ellos dedico, con respeto y cariño, los siguientes párrafos. Son personas de buen corazón que en los tiempos de marea alta de la empresa socialista se comprometieron a fondo en las luchas por construir un mundo en que no existieran diferencias sociales, a base del expediente de que todas las personas trabajaran para el Estado omnipotente y ese Estado (supuestamente) Benefactor satisficiera las necesidades de todos. Cuando acontecimientos históricos avasalladores demostraron que ese proyecto era una quimera, su mundo interior basado en ideales de solidaridad humana elevados pero con pies de barro, se derrumbó estrepitosamente y los dejó buscando un nuevo norte hacia el cual enfocar sus buenas intenciones. Hoy todavía suspiran por la utopía perdida y predican, como los apóstoles después de la crucifixión de Jesús, el segundo advenimiento del "Comunismo Planetario", como si nada hubiera sucedido en nuestro suculento Siglo XX.
A esos amigos les digo que es hora de que la humanidad construya sus sueños con hilos más resistentes que los simples deseos de hacer el bien o el amor al prójimo (sé que sus intentos se basan en las mejores intenciones, lo que no siempre es el caso en un mundo plagado de demagógicos lobos con piel de oveja). El único camino para que un edificio se sostenga, sea físico o social, es respetar las leyes de la naturaleza (sean estas ley de gravedad, resistencia de materiales, o leyes económicas), hacerlas trabajar en nuestro favor, no en contra nuestra. El ideario humanista que predico desconfía de toda mediación en la satisfacción de las necesidades o en la evaluación de cuáles sean estas. Mi padre, con gran sabiduría popular, repetía a menudo que solo cada uno sabe dónde le aprieta el zapato. Si esto es así, mala decisión sería en las grandes cosas delegar en otros el juicio sobre lo que más nos conviene cuando no estaríamos dispuestos a hacerlo en las cosas más simples. Esta inclinación fundamental del sentido común no es egoísmo; es sabiduría esencial de la más pura cepa. Es el amor a sí mismo, piedra angular de toda moralidad, ya consagrado por las religiones bíblicas cuando nos ordenan amar al prójimo como a uno mismo.
Este amor a sí mismo, instinto de conservación, autoestimación, o como queramos llamarlo, es el fundamento mismo de la ética. Pero además, es un hecho fundamental de la naturaleza, pues la vida comienza con la creación de una frontera fundamental entre lo propio y lo ajeno, lo externo y lo interior, sea al nivel de la célula, del organismo, del grupo, o de la especie. Este instinto básico fundamenta la competencia universal de los seres vivos de todos los órdenes, cuyo resultado ha sido el poblamiento general del globo terráqueo, con toda la magnificencia y esplendor que admiramos en la ecología planetaria. Tal abundantísima riqueza es el fruto y resultado de la lucha de todas las especies y organismos por encontrar un nicho en el mundo y obtener en él provecho en beneficio propio y de sus descendientes. Es una ley de la vida que ningún filósofo ni soñador político puede derogar; y más que como obstáculo que habría que superar para construir "un hombre nuevo", debemos entenderla como el indispensable cimiento para edificar una sociedad compatible con las aspiraciones de la especie humana.
Demos por sentado, como parte de las leyes de la naturaleza (biológica y social) que la libertad, promotora de la variedad, es el único camino para instaurar una sociedad sana y productiva. De ahí no se sigue, sin embargo, que esa sociedad deba ser el escenario de una lucha de "todos contra todos". Desde que el hombre es hombre, la solidaridad social entre coespecímenes ha sido uno de los rasgos adaptativos de la especie, que le confieren superioridad a la humanidad y le han asegurado su rol preponderante en la ecología planetaria. Esa solidaridad es parte esencial del edificio ético que ha construido la cultura humana. Nuestros humildes orígenes en la larga cadena de mutaciones de la selección natural en nada reducen la vigencia del compromiso de mutua responsabilidad que tenemos con nuestros congéneres. A la pregunta de Caín, "¿soy acaso el guardián de mi hermano?" debemos contestar al mismo tiempo "no" y "sí". No, si entendemos por guardián el que aprisiona, sustituye al hermano en sus decisiones, impone planes de vida a los demás con irrespeto a su condición de personas. Pero sí, en el sentido de que todos estamos comprometidos a que los otros seres humanos vivientes, en especial los miembros de nuestra sociedad, tengan acceso equitativo a los bienes espirituales y materiales producidos colectivamente por la cultura humana.
Una de las armas más importantes para asegurar este acceso equitativo, en esta época que se abre de "economía del conocimiento" (TOFFLER 95) es desde luego la educación. Ningún factor más poderoso que este para dotar al ciudadano de los medios de edificar un destino propio dentro de la sociedad de la abundancia que la informatización y la globalización nos preparan para los quinquenios venideros. Y ninguna privación más grave y paralizante que la falta de oportunidades, tempranas, adecuadas y permanentes para que las nuevas generaciones se armen intelectual y moralmente para desempeñar con éxito el papel protagónico que todos tendremos necesidad de jugar en la sociedad participativa de inmensa productividad del mañana.
En esta lucha por el acceso no debemos hacernos ilusiones sobre la naturaleza humana. Tendremos muchos obstáculos. Deberemos combatir contra la miopía y la demagogia de los políticos, la pereza y defensa de intereses mezquinos de la burocracia, el atractivo de la riqueza fácil, la insidia de la droga y la amenaza de una delincuencia poderosa y generalizada. Contra todo eso debemos blandir nuestros ideales. Y también contra nuestro propio desaliento, limitaciones y frustración. Contra todo eso debemos también blandir nuestro realismo. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, como lo ha demostrado abundantemente este trágico siglo. Jamás podríamos basar nuestro humanismo en la esencial bondad del salvaje humano, como lo pretendiera Rousseau, como tampoco en una doctrina de "pecado original" que nos condene a depender absolutamente de una redención sobrenatural para hacer algo de valor en la vida. Somos parte de la naturaleza, y en ella imperan por igual la lucha y la colaboración, y es la interacción incesante entre ellas la que logra los equilibrios pasajeros que disfrutamos como paisaje ecológico.
Es interesante comparar a este respecto los datos de las ciencias empíricas contemporáneas con el humanismo romántico decimonónico. En todas las especies de mamíferos que han sido cuidadosamente estudiadas, con la excepción de los animales domésticos, la tasa a la que sus miembros liquidan a sus coespecímenes es varios miles de veces mayor que la tasa de homicidio en cualquiera de las ciudades norteamericanas (GOULD 93). El nuevo humanismo, informado sobre hechos como estos, no puede quedar más distante de las idealizaciones sobre una bondad primitiva "à la Rousseau"; más bien, nos acerca a la descripción que hacía Hobbes de la vida en el estado de naturaleza como "desgraciada, brutal y de corta duración". Solo nuestra capacidad craneana excesiva, con el concomitante surgimiento de la cultura, ha hecho posible nuestra elevación todavía parcial sobre estos tristes constreñimientos.
Nuestra emancipación de esta "herencia de la selva" se ha hecho posible gracias a la existencia de las áreas cerebrales específicas para la ética y la lógica (o lenguaje) que definen nuestra condición racional y que comentamos antes. Desgraciadamente, sin embargo, no está consumada, ni tal vez nunca llegue a estarlo, dada nuestra misma constitución biológica, que conserva bajo el delgado velo cortical todos los estratos cerebrales profundos que compartimos con las otras especies vertebradas. El hombre seguirá siendo, probablemente siempre en alguna medida, –de nuevo con palabras de Hobbes– "lobo para el hombre". Solo un compromiso moral, personal y colectivo, de carácter permanente y renovado constantemente –sin ilusiones infundadas–, podrá compensar nuestras tendencias de animal inferior, aunque no llegue a eliminarlas del todo.
El reto en la lucha contra el crimen y la guerra es que podamos hacerle frente a esos peligros con más y mejor educación, con más y mejor motivación moral basada en el conocimiento de las leyes naturales, pero evitando edificar, para combatirlos, estructuras represivas o fuerzas estatales desmesuradas que pongan en peligro las libertades fundamentales. Como humanista y como costarricense, siempre preferiré dar soluciones tecnológicas al problema de la seguridad ciudadana –con alarmas, barrotes, o dispositivos electrónicos de seguridad– en vez de desarrollar una fuerza policial o militar que equivalga a un ejército de ocupación del propio país. Pero sobre todo, preferiré siempre un ejército de maestros y estudiantes, extendido por todo nuestro territorio, como la mejor protección de la vida civilizada. Como también prefiero con mucho una sociedad educativa de ciudadanos libres que produzcan riqueza y cultura durante toda su vida, al "Estado Benefactor" intervencionista, dilapidador y corrupto, que tenemos ahora.
De la tesis darwinista se sigue que ustedes y yo somos todos artefactos de la naturaleza. Pero nuestra subjetividad no es menos real por ser el efecto de millones de años de "investigación y desarrollo" algorítmicos, en vez del resultado de un acto mágico de creación instantánea. Si al principio pueda parecer difícil pensar sobre sí mismo en esta forma, los que todavía no lo hayan intentado tendrán que atreverse a hacerlo, por fuerza misma de las circunstancias históricas. Pronto descubrirán que esta perspectiva nueva, basada en los hallazgos concordantes de todas las ciencias, ni hace la vida menos bella, ni las motivaciones éticas menos nobles, ni los sentimientos menos emocionantes. En cambio y por otra parte, la nueva perspectiva nos hace más realistas y nos da seguridad, otorgándonos finalmente esa santa libertad de temor de lo sobrenatural con que hace tiempo soñara Demócrito y que tan ardientemente preconizara su discípulo Epicuro.
¡Atención! Si no tenemos origen milagroso tampoco tenemos providencia milagrosa que vele por nosotros. Si no velamos por nuestra supervivencia nosotros mismos, individual y colectivamente, nadie velará por ella en lugar nuestro. Recordemos que ni siquiera somos el centro de la vida: somos solo una de sus ramas, y debemos competir con todas ellas (en especial con los microscópicos virus, los nuevos "demonios" que debemos exorcizar constantemente) para sobrevivir y seguir adelante. La ecología tiene dos caras: es conservacionismo, puesto que estamos montados sobre la variabilidad biológica que ha producido toda nuestra riqueza. Pero también consiste en la perspectiva de que somos parte de la carrera armamentista universal entre todas las especies, que durará tanto como dure la vida sobre la Tierra. Los SIDAs, como los pobres de acuerdo al Evangelio, "estarán siempre con nosotros".
Por primera vez en la historia tenemos hoy pruebas contundentes, basadas en la química del ADN, de la total homogeneidad de la vida, lo que nos hace auténtica familia de todos y cada uno de los seres vivos que hay y haya habido sobre la Tierra. No existe más que un árbol genealógico que abarca todas las especies, desde el ser humano hasta el más insignificante de los virus o bacterias. Pero los nexos de la familia humana no se resquebrajan por ampliar sus límites, en círculos concéntricos cada vez mayores, hasta llegar a contener a todo lo orgánico. El nuevo humanismo acepta nuestra profunda consanguinidad con el resto de los seres vivientes: somos parte de la ecología universal del planeta Tierra. El humanismo del siglo XXI no puede ser sino ecologista. No tenemos asegurada nuestra permanencia como especie más de lo que la tiene cualquiera de nuestros primos del reino animal o vegetal. Conservar el ambiente es conservarnos a nosotros mismos.
El lenguaje y la eticidad constituyen el material de que están tejidos nuestros sueños, nuestra red de significados. Las humanidades que tanto apreciamos, los contenidos que encontramos y modificamos en las artes, en la literatura, en la filosofía, en nuestras fantasías privadas y en nuestras fantasías públicas, están hechos todos de significados. Esto quiere decir que son punteros o flechas que apuntan en todas direcciones, hacia otros muchos significados. Los hermosos mitos con que se fabrican la autoestima y la identidad de las personas y de las naciones son significados. Como tales, representan el producto emergente de infinidad de procesos microscópicos, en sí mismo carentes de significado. Han sido creados por la totalidad de la biosfera, gracias a la maravillosa incesante actividad productiva de las leyes naturales.
El reconocerlo así, el entender la obra de la naturaleza como un diseño incesantemente prolongado, producto de una actividad de millones de años de "investigación y desarrollo" automático, no demerita estos contenidos. Nos permite, más bien, acercarnos a ellos con una actitud de análisis y de control que es lo más cerca que nunca podremos estar de realizar la ambición sartriana de "inventar al hombre". Pero no "sin ningún apoyo" como pretendía Sartre, sino con la ayuda inmensa del conocimiento colectivo de que nos ha hecho disponer la ciencia, y de los medios de expansión de nuestra inteligencia y nuestra voluntad que nos ofrece la tecnología informática contemporánea. No ignorando los constreñimientos de la naturaleza, sino asumiéndolos, por el conocimiento y por la disposición consciente de entrar en la cadena natural, ahora mediada por la cultura, de ese gran programa de investigación y desarrollo cósmicos.
He hablado mucho en este Manifiesto en términos de biología, de informática y de ingeniería, disciplinas no ordinariamente asociadas con el tema del humanismo. Ello arranca de mi convicción de que estos aspectos científicos figurarán esencialmente en la perspectiva humanista de la nueva sociedad. Pero todos estos elementos adquieren sentido en la teoría de lo que siempre será la esencia del humanismo: el significado. El origen del significado es humilde e inmensamente extendido en el tiempo, pues es coextensivo con el desarrollo de la vida y de la mentalidad sobre la Tierra. Pero ese largo y bajo origen no disminuye en nada el valor de los contenidos culturales, de los cuales podemos disfrutar precisamente gracias a esos mismos fundamentos. Nuestras razones no son las del reptil, simplemente porque descendamos del reptil. Nuestras razones son nuestras y el reptil nunca podría comprenderlas. Ellas tienen su propia lógica, su propia dialéctica, puesto que sólo son significativos precisamente en el nivel humano.
Cada uno de nuestros significados es trascendente por sí mismo, aunque todos ellos vivan en un mundo inmanente, es decir autocontenido por la naturaleza. Pero la trascendencia de cada uno de ellos consiste en que solo tienen sentido en relación con todos los otros. De ahí el valor supremo de la hermenéutica, el método por excelencia de las humanidades. De ahí el valor de esa vieja idea que fue el primer y supremo método de los Estudios Generales a partir de 1957: el comentario de textos. Comentario de textos, hermenéutica o exégesis, en el mismo sentido en que las encontramos en los comentarios a los libros sagrados o en las obras de jurisprudencia, pero aplicadas de manera generalizada a descifrar las leyes de la naturaleza y a comprender el libro sagrado de la vida. Comentario de textos, dicho sea de paso, que ahora, cuarenta años más tarde, es también realizable en forma escrita, con las herramientas revolucionarias de la Internet, que convierten el contenido cultural en una especie de proteína gigantesca, que se pliega sobre sí misma por medio de miles de enlaces hipertextuales, creando un significado multidimensional.
El significado, aunque esté esencialmente basado en las realidades
de la naturaleza, no se descifra ni por la bioquímica, ni por la
teoría de la evolución, ni tampoco por la informática
o la ingeniería. El significado solo se descifra por la hermenéutica,
el método de conocimiento específico de las disciplinas humanísticas.
Hermenéutica que se basa en la realidad textual interpretable del
pensamiento de otros seres humanos, nuestros predecesores o contemporáneos,
o incluso de nosotros mismos, pero que no puede quedarse en la órbita
de lo simplemente objetivo. Su mejor momento lo encuentra en la edificación
concreta de la conciencia individual, en la virtualidad de una existencia
personal profundamente vivida. El humanismo, cualquiera que sea su inspiración
u orientación, solo puede realizarse plenamente desde la subjetividad
dramática de cada persona humana individual y concreta.
Nota 1: Un instante paleontológico equivale a 100.000 años. (DAWKINS 86)