Entre los múltiples descendientes que la fuerza creadora de la
vida nos ha otorgado a mi esposa y a mí, hay un nieto varón de seis años
que ha fijado su interés por la televisión en los programas de un canal llamado Discovery. Hemos podido observar,
cuando visita nuestra casa, su obsesiva concentración frente a inteligentes
y variados programas que presentan situaciones ecológicas con animales
muy diversos. Como resultado de ese autoestudio, el pequeño se ha
convertido en un verdadero zoólogo, capaz de impartir consultorías
sobre la materia a toda su familia extendida. A mí en particular
me ha aclarado puntos finos sobre los hábitos alimentarios de los
primates.
Muchas veces me he preguntado, viéndolo observar con tanta
atención la forma en que cada especie se alimenta mediante una destrucción
parcial de otras especies, qué ideas sobre
los valores humanos estará concibiendo y qué tipo de transacción
construirá en su interior entre las leyes de la ecología, tan
claras para él, y el juego de valores que le inculcan
sus padres. Por respeto para ellos me he abstenido de interrogarlo al respecto.
Me pregunto qué habría sido de mi sistema de valores si yo
mismo hubiera estado expuesto a tanta ciencia desde edad tan
temprana, anterior incluso a la que el catecismo postulaba como edad
del "uso de razón".
La situación es tanto más seria como que el ambiente
oficial del país, con su insistencia sobre "desarrollo sostenible"
en escuelas, prensa y discursos de gobierno, está dominado por ideas
conservacionistas y ecológicas. ¿Será tan fácil
excluir al ser humano de esa integración? ¿Cómo conciliar
las ideas de justicia, respeto a los demás, equidad de distribución,
paz, arbitrajes internacionales, etc., con "la ley de la selva" que nuestros
niños ven desarrollarse con realismo en las pantallas de televisión,
además canonizada por nombres benignos como "biodiversidad"?
¿Qué sutil diferencia podrán discernir los niños
entre la desenfadada violencia animal del canal Discovery y la
igualmente desenfadada violencia humana de casi todos los otros canales?
Me parece que hay aquí un problema serio, curiosamente pasado por
alto tanto por líderes religiosos o políticos y educadores, probablemente
muy ocupados en otros menesteres, como por los mismos padres de familia,
obviamente dedicados a ganarse la vida. Quizás solo los filósofos
retirados de la enseñanza disponemos del tiempo necesario para pensar
en estas fútiles cosas. El problema que veo es el de conciliar una visión
ecológica de la naturaleza –con su cruda adaptación entre distintas
especies– y los valores ideales de justicia y equidad en que se funda la
cultura humana. El de cómo justificar para las sociedades humanas lo que
vemos constantemente desmentido por la naturaleza no humana.
Llamemos a este problema "la paradoja del Discovery Channel".
Debemos buscarle solución. Pero tratemos primero de descartar lo que,
en toda apariencia, son soluciones falsas.
Una solución simplista consiste en aceptar la enseñanza de las
ciencias en su valor facial y derivar de ello conclusiones que riñen con
los sistemas de valores tradicionales o con cualquier postura ética
razonable. El sociólogo británico Herbert Spencer y sus seguidores,
llamados darwinistas sociales, postulan el mejoramiento de la sociedad
humana por selección natural. Predican que los gobiernos deben dejar de
lado la compasión en favor de sectores menos favorecidos de la sociedad
e incluso abstenerse de mitigar flagelos sociales tales como la pobreza.
Complementariamente, a fines del siglo XIX, el biólogo alemán August
Weismann (WEISMANN
92) insiste en que las características de las personas son innatas.
Seguidores suyos pretenden que ciertos grupos sociales son
genéticamente superiores y favorecen políticas de control de la herencia,
incluyendo la prohibición de matrimonios entre grupos y la de procreación
de los criminales o enfermos mentales. Tales doctrinas llegan al paroxismo
en la Alemania de Hitler quien, influido por la filosofía de Nietzsche,
aplica un absurdo programa de fomento de una "raza de señores", con experimentos bárbaros
sobre grupos discriminados y la
eliminación masiva de millones de judíos.
El problema no es resuelto por estas doctrinas que simplemente
destruyen el dilema suprimiendo los valores o –si se quiere–
convirtiendo en valor único la prevalencia del más fuerte, supuesta ley
suprema de la naturaleza.
Una segunda falsa solución consiste en dejar volar nuestra fantasía y adulterar arbitrariamente la realidad para conformarla a deseos y sentimientos. Percibo dos tipos: la beatería pedagógica y el dualismo filosófico.
Mi esposa y yo visitamos a menudo en París el Jardin d'acclimatation, donde existen dos pabellones dedicados a exhibiciones de arte, educación y ciencia especiales para niños. Admiramos ahí hace algunos años una estupenda colección de juegos interactivos dedicada a Picasso. Los niños podían repasar los períodos del pintor saltando a la rayuela, armar como rompecabezas de madera una escultura suya, o embadurnarse los dedos con pintura copiando alguno de sus cuadros (¡las instalaciones interactivas no necesariamente requieren el uso de computadoras!). Nos hizo desear que nuestro Museo del Niño pudiera instalar algo así dedicado, por ejemplo, a Francisco Amighetti. Hace unas semanas, sin embargo, nos tocó ver ahí una exposición lamentable con el título de "Silence, la violence". Está dedicada a la paz. Una de las instalaciones presenta una situación conflictiva entre ratones y gatos que quieren comerse un mismo queso. Como buenos seres racionales, terminan firmando un acuerdo de partición estilo Bosnia. Otra presenta dos familias, la primera de camellos y la segunda de dromedarios, que pelean entre sí a causa de sus diferentes apariencias. ¿La solución? Un camello y una dromedaria se casan y dan a luz varios hermanitos, algunos con una joroba y otros con dos. Todos viven juntos felices de ahí en adelante. Nos preguntamos qué hubiera pensado nuestro nieto zoólogo de esas instalaciones. Posiciones como ésta reconocen el problema pero en vez de intentar resolverlo lo ahogan en mistificación anticientífica.
Pero la solución espuria de más prestigio y mayor difusión es sin duda el dualismo, pretendida existencia de dos realidades para las cuales regirían leyes distintas. Según Platón, la realidad se da solo en el mundo de las ideas; el mundo que nos revelan los sentidos está hecho de simples sombras. Para Descartes, por su parte, el ser pensante espiritual se opone a la realidad extensa y material. Ambas visiones filosóficas son por supuesto anteriores a Darwin pero gravitan sobre nuestro problema pues fueron cooptadas hace tiempo por las confesiones religiosas principales de Occidente. Es irónico que sus creadores pretendieran con sus doctrinas defender la razón frente a las mitologías de sus siglos y que hoy, convertidas en credos, resulten obstáculo para el pensamiento humanista. Los dualismos religiosos contemporáneos, sea que nieguen o acepten las teorías científicas, exceptúan de su égida los valores humanos los cuales justifican enteramente por medios sobrenaturales. Renuncian siquiera a intentar resolver la paradoja del Discovery Channel. Simplemente la pasan por alto.
Antes de pasar a enfrentar de manera directa la paradoja del
Discovery
Channel, quisiera hacer una breve relación de los avatares del
darwinismo social durante nuestro siglo. Las posiciones ingenuas o
cínicas originales entran en crisis ya en las décadas de los veinte y
treinta gracias a los trabajos de los antropólogos Franz Boas, Margaret
Mead y Ruth Benedict, quienes dan al concepto de "cultura" el carácter
formal de categoría científica. Más tarde, el descubrimiento de la estructura y
función de la molécula de ADN por Watson y Crick pone al
evolucionismo sobre bases más firmes y abre de nuevo la discusión
sobre la determinación genética del comportamiento. En los años
sesenta, el británico (HAMILTON
96) y el
americano Roberto L. Trivers (TRIVERS
85) producen sendos estudios mostrando que el comportamiento altruista
tiene una base genética, en la medida en que contribuye a la supervivencia
del grupo social. Tales estudios influyen en varios best-sellers
sobre estas materias, como los de Desmond Morris
(MORRIS
67) y Lionel Tiger (TIGER 69).
Finalmente, Edward Wilson publica en 1975 su famoso libro Sociobiology:
the New Synthesis (WILSON 75)
que propone una aplicación del darwinismo a la vida social mucho
más sofisticada que la del Spencer. Estas ideas encuentran en Richard
Dawkins, autor de The Selfish Gene, su mejor propagandista (DAWKINS
76).
A diferencia de lo que fuera el caso con el darwinismo social, no se trata
ahora de hacer una simple inclusión de los fenómenos sociales en la
órbita del evolucionismo. La obra de la antropología cultural está
consolidada y es preciso contar con ella: no se puede pretender reducir
la cultura directamente a categorías biológicas. Pero, por otra parte,
sigue siendo necesario evitar el dualismo, no expresado ya como
binomio "materia-espíritu" sino por el un poco más sexy "biología-cultura".
Estamos frente al salto teórico que supera nuestra paradoja. No es obra
solamente de sociobiologistas; involucra a muy distintos pensadores del
último cuarto de siglo –biólogos, filósofos, informáticos, lingüistas–
como Daniel Dennett
(DENNETT 95), Patricia Smith
Churchland
(CHURCHLAND 86), J.H. Holland
(HOLLAND 75),
Tom Ray, Terrence W. Deacon, y muchos otros. Es una obra intelectual de fuste
que puede considerarse contribución importante de fin de siglo para la
filosofía de la ciencia. Se trata de entender la
selección natural como un
verdadero algoritmo –una receta precisa para
lograr repetidamente un
resultado– cuyo rango sea totalmente general. La evolución biológica y
la evolución cultural quedan amparadas en pie de igualdad como sendos
casos particulares de un mismo gran principio científico.
El ejemplo más espectacular de una aplicación no biológica del
algoritmo de selección natural es la evolución de organismos digitales
producida por Thomas Ray (RAY 92). Pero el más importante es sin
duda la historia de la
cultura, donde las poblaciones que mutan y evolucionan no son
organismos de carbono ni patrones en pantalla electrónica, sino
símbolos organizados en unidades memorables, que bautizamos
"memes" en contraposición y paralelismo con "genes". La teoría de la
evolución por selección natural es declarada neutral con respecto a la
diferencia entre biología y cultura. Los genes y los memes son clases de
replicadores que evolucionan en diferentes medios y a velocidades
diferentes.
Necesitamos todavía explicar cómo ha llegado a existir un orden
cultural o simbólico distinto del orden biológico pero al mismo tiempo
fundamentado en él. La solución es entenderlo como una adaptación
biológica, la más definitoria en la evolución del linaje humano. Dos
millones de años de transformaciones graduales nos construyeron un
cerebro anómalamente grande para el tamaño del cuerpo. Esta
desproporción produjo la mente a partir de un cerebro simio por un
proceso que apenas ahora comenzamos a comprender. Tal prodigio no es
resultado de una tendencia evolutiva de los primates: es una excepción y
una anormalidad.
(DEACON 97)
Conforme madura, el cerebro se adapta al cuerpo. El desarrollo de la
mayoría de los órganos procede por interacción local: señales
moleculares procedentes de cada célula afectan la reproducción de las
células vecinas. Este modelo no se cumple exactamente en el caso del
cerebro que participa como un todo en el diseño de sus partes. A
diferencia de otras células, las neuronas entran en contacto con células
lejanas mediante largas ramas (los axones) capaces de actuar a distancia.
Esto permite al cerebro participar en su propia construcción.
El aumento del tamaño del cerebro humano se da sobre todo por crecimiento de la zona cortical.
Las neuronas corticales, incrementadas masivamente en número, invaden con sus axones las
otras regiones cerebrales y los músculos cercanos. El fenómeno es semejante al desborde de una
población creciente hacia países aledaños, por lo que bien podemos
hablar aquí de "imperialismo cortical". Las proyecciones neuronales más largas
habrían invadido núcleos del tronco del cerebro y de la médula espinal
sobre los cuales los otros primates no poseen control voluntario. Dos de
esas invasiones resultan especialmente importantes para el habla: la de las neuronas
motoras que adquieren control sobre la laringe y la de las que lo adquieren sobre la respiración.
Deacon sugiere, contra la opinión tradicional pero con buenas razones, que la notable expansión
del cerebro durante la evolución homínida no fue la causa del lenguaje simbólico sino
primordialmente una consecuencia suya. Se sabe por
experimentos recientes
que los chimpancés, bajo condiciones de adiestramiento, son
capaces de aprender sistemas de símbolos simples. En contraste con
ellos, los homínidos que empezaron a comunicar simbólicamente
habrían carecido de tutores, pero podrían haber sido apoyados en su lugar por una
fuerza selectiva considerable. No es inconcebible, pues, que el umbral
simbólico hubiera sido franqueado por un australopiteco con
capacidades cognoscitivas parecidas a las de un chimpancé y que ello hubiera iniciado
una coevolución en que el uso de símbolos seleccionara mayor
frontalización así como mejores capacidades articulatoria y auditiva, y que éstas a su vez
hubieran facilitado la adquisición progresiva de cada vez mejores sistemas simbólicos.
(DEACON 97)
Sin embargo, si tomamos en cuenta el carácter estructurado y sistemático del lenguaje
debemos concluir que la capacidad de aprender símbolos habría
requerido un esfuerzo enorme, a primera vista evolutivamente inviable.
Además, no se ve claro que pudiera haber ofrecido ventaja competitiva antes de que
hubiera estado lista para producir todos sus potenciales beneficios. El caso es
parecido al surgimiento del ojo que los creacionistas presentan como
órgano tan complejo que no podría haber aparecido de otro modo que
totalmente terminado. Sin embargo, la historia de la evolución muestra
que ojos rudimentarios, como los que encontramos en diversos reinos,
producen ya ventajas, como en el caso extremo poder distinguir la luz
de la oscuridad. Podemos postular, por analogía, que una forma de
comunicación con símbolos muy simples pudo ya proveer ventajas
significativas a pesar de su escasa complejidad. Pero tengamos presente que la adquisición
del uso de un sistema de símbolos sin intervención de un tutor habría siempre exigido la
presencia de una fuerza selectiva muy considerable.
¿Qué problema de ingeniería social habrá sido tan grave y tan peculiar
en la evolución de los primates que hubiera requerido una forma de
comunicación tan totalmente nueva y difícil? Terrence Deacon, fisiólogo
metido a lingüista (excelente combinación para un humanista de nuevo
cuño), se pregunta por las circunstancias que tienden a producir cambios
en las conductas comunicativas de los animales. Se contesta que ello
suele ocurrir en el contexto de una competencia sexual intensa. Deacon postula
que la presión selectiva para crear algo tan nuevo e
improbable como la comunicación por medio de símbolos habría
consistido en la necesidad de garantizar socialmente la castidad de la hembra
cuya pareja estuviera ausente en empresas de caza. Por la naturaleza misma de
los actos jurídicos, tal garantía solo podría haberse asegurado por medio
de un sistema de símbolos.
(DEACON 97)
Las obligaciones y los derechos son entes abstractos, no representables
por los gritos de la comunicación animal. En cambio, unos pocos tipos
de símbolos y unas pocas clases de relaciones entre ellos habrían bastado para fundamentar una
organización ético-jurídica de carácter elemental.
Pero muchas otras exigencias de ingeniería social habrían requerido
también para su solución, al igual que la necesidad de paternidad cierta,
una forma de comunicación totalmente nueva. Podemos resumirlas en
una sola: la acometida de proyectos que rebasaran las capacidades de los
individuos o de pequeños grupos aislados; es decir, la urgencia de una
cooperación social vasta, flexible y proyectada en el tiempo. Una
cualquiera de las situaciones conformes con este criterio habría podido
servir de estímulo para la construcción de un sistema elemental de
contención y regulación jurídicas; todas juntas habrían representado una
formidable presión selectiva para detonar el salto simbólico.
Podemos fácilmente ver la verosimilitud de que el surgimiento del
lenguaje y la aparición del comportamiento normativo hayan estado
desde el principio recíprocamente imbricados. El origen del lenguaje
podría no haber sido nada distinto de la producción del famoso "contrato
social" sobre el que escribieran los filósofos del siglo XVIII. La doble
extraordinaria invención lingüístico-jurídica, de altísimo valor
adaptativo, habría aprovechado el crecimiento del cerebro para producir
una fuerza de organización social de potencial ilimitado. Podemos ir
más allá de la afirmación de Deacon: no es que la comunicación
simbólica haya sido la solución al problema normativo. La normativa,
por razones lógicas, habría sido siempre inseparable del simbolismo.
En conclusión, la solución a nuestra paradoja es una sonata en dos
movimientos que aquí se han presentado en orden inverso. El primero
consiste en afirmar que la cultura, los valores –el orden del espíritu– es
resultado de una extraordinaria adaptación biológica del género humano:
la capacidad de producir e interpretar sistemas simbólicos. El segundo
consiste en mostrar que la cultura –el producto de esa capacidad– es
objeto de una evolución paralela a la evolución genética. La evolución
de los memes no es simplemente análoga a la evolución biológica.
Obedece a sus mismas leyes: variación, replicación, y adaptación
diferencial. Es una aplicación del algoritmo de la selección natural en
pie de igualdad con la evolución genética. Ambos procesos son
mecanicistas –no gobernados por propósitos– pues la sola explicación
de ambas evoluciones es la adaptación al medio que asegura la
supervivencia del genoma (colección de genes) o del memoma (colección
de memes). Queda asegurada la autonomía del orden de los valores sin
desmedro, sino mediante espléndida confirmación, de la doctrina
científica.
Aún queda mucho por investigar y reflexionar a propósito de estos
temas, pero hemos conseguido el objetivo que nos habíamos propuesto:
ofrecer una vía de conciliación, fundamentada en el contexto científico
contemporáneo, entre el humanismo y la ciencia. El orden de la cultura
y el orden de la ciencia (o de la tecnología) no pertenecen a mundos diferentes: están
integrados en un solo gran proceso de diseño algorítmico. La biología y la cultura se
complementan de manera natural, dentro de una sola larga historia que va desde la construcción
de la primera célula hasta la aparición de los últimos grandes memes que dominan la civilización
de nuestro fin de siglo, como el desarrollo sostenible y la globalización. Un nuevo
humanismo es capaz de integrar exitosamente esas dos perspectivas, tan
caras para nosotros, ambas indispensables para garantizar vida una plenamente
humana.