COGNICIÓN Y COMPUTADORAS

Terry Winograd y Fernando Flores, Understanding Computers and Cognition

LENGUAJE, OYENTE Y COMPROMISO

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Los enfoques analíticos basados en el significado literal [del lenguaje] toman a menudo como modelo el lenguaje de las matemáticas, en el que la verdad de una afirmación se puede determinar sin hacer referencia al contexto o situación externos. En el lenguaje real, en cambio, raramente se hace una afirmación que no tenga significado literal no intencional. Cuando A dice: "La nieve es blanca", B señala la sustancia contaminada y gris que está a sus pies. A replica: "Me refiero a la nieve pura" y B responde: "No lo dijiste así y además ninguna nieve es absolutamente pura". Observar las afirmaciones de la conversación cotidiana, tanto orales como escritas, resulta un ejercicio edificante, por cuanto muy pocas se pueden considerar falsas o verdaderas sin apelar a un contexto no especificado.

Es imposible establecer una base independiente del contexto que circunscriba el uso literal de términos tan sencillos en apariencia como "agua". Veamos el siguiente diálogo:

A reclama que la primera contestación de B es una mentira (o por lo menos "engañosa"), mientras que B considera que es literalmente cierta. La mayoría de las teorías semánticas en la tradición racionalista apoyan formalmente la posición de B, pero una teoría del lenguaje como fenómeno humano necesita tratar las quejas de A con la misma seriedad que la inadecuación de la respuesta de B.

Inicialmente pareciera que basta con agrandar la definición de "agua". Quizás haya un sentido de la palabra que signifique "agua en su estado líquido en cantidad suficiente para actuar como un fluido", de modo que una frase que contenga la palabra "agua" resulta ambigua por cuanto se ignora si se refiere a este sentido o a algún otro relacionado con su composición química. Sin embargo, esto no nos ayuda a lidiar con otras posibles respuestas de B:

  1. B: Sí, condensada en el fondo de las espirales de enfriamiento.

  2. B: No hay agua en la refrigeradora, pero hay limonada.

  3. B: Sí, hay una botella de agua, con un poquito de limón para disimular el sabor a herrumbre de los tubos.

La 1 es una respuesta burlona, como la de las berenjenas, debido únicamente al contexto. Podría ser adecuada si A buscara focos de humedad que arruinan placas fotográficas guardadas en la refrigeradora. De igual manera, en 2 y 3 entran en juego temas culturales delicados para decidir si una cierta cantidad de limón descalifica a una sustancia de su condición de "agua". No logramos encontrar una definición independiente de la situación que exprese lo que califica como agua, por cuanto cualquiera de ellas resultará inadecuada en un nuevo contexto. Al hacer la afirmación "Hay agua en la refrigeradora", la persona no declara un hecho objetivo. Cualquier acto de lenguaje ocurre dentro de un contexto, compartido entre el que habla y el que escucha. Las condiciones de adecuación dependen del conocimiento y de las intenciones de ambos.

Algunos otros ejemplos ilustran las distintas maneras en que el contexto puede ser pertinente.

  1. Juana nunca ha dejado a un estudiante de Lingüística 265.

  2. Siento no haber llegado a la reunión de ayer.

  3. Mi carro tenía una llanta desinflada.

  4. Entre los arbustos hay un animal.

La oración 1 es formalmente verdadera en muchas circunstancias, inclusive si Juana nunca ha sido profesora de Lingüística 265. Sin embargo, en una conversación corriente, el oyente infiere que Juana ha enseñado el curso, y se justifica que acuse al hablante de mala fe, si la inferencia no es verdadera. Del mismo modo, en 2 el oyente asume que existe coherencia en los acontecimientos descritos. Si la segunda oración del párrafo fuera "En la ciudad de México hay quince millones de personas", el oyente se quedaría perplejo y si la llanta desinflada no tuviera nada que ver con la ausencia a la reunión, el hablante habría dicho una mentira. La oración 3 es más sutil. Si el oyente mira; ve un perro entre los arbustos y se da cuenta de que el hablante sabía que era un perro, podría encontrar la afirmación inapropiada y decir: "¿Si sabías que era un perro, por qué no lo dijiste?". Por otro lado, la oración es perfectamente correcta aunque ambos sepan que el perro es un sabueso y también lo sería si fuera la respuesta a algo como "Por aquí no hay animales".

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El contexto es un fenómeno fundamental y penetrante. El contexto es el espacio de posibilidades que nos permite escuchar lo hablado y lo no hablado. Creamos el significado al escuchar de manera activa, en la que la forma lingüística provoca la interpretación, en vez de trasmitir información. El contexto no es un conjunto de sugerencias sino la orientación básica de nuestro interés por el mundo. Un mundo ya organizado alrededor de proyectos humanos, dependiente de estos proyectos para su existencia y organización.

Para recapitular en lenguaje más explícitamente heideggeriano NOTA 1, uno se tropieza con un mundo donde ya otros han vivido, han trabajado y sobre el que han influido. El mundo como contexto de lo obvio se manifiesta en nuestro diario quehacer como una familiaridad que satura la situación; cualquier exclamación lo presupone. Escuchar las posibilidades de un mundo donde habitamos, nos permite hablar y evocar la cooperación de los demás. Aquello que no es obvio se manifiesta a través del lenguaje. Lo no hablado es parte del significado tanto como lo hablado.

SIGNIFICADO, COMPROMISO Y ACTOS DE LENGUAJE

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J.L. Austin estudia un tipo de declaraciones (que llama performativas) que no se refieren a estados del mundo, sino que, por ellas mismas, constituyen acciones tales como prometer, amenazar y dar nombres. Argumenta que la opinión generalmente aceptada sobre la verdad o falsedad de las afirmaciones no se aplica a estos actos de lenguaje. No tiene sentido preguntarse si una declaración tal como "Os declaro marido y mujer" o "Consígueme una hamburguesa" es verdadera o falsa, sino más bien si es oportuna –si se adecúa al contexto en el que ha sido declarada–.

Searle, alumno de Austin, formaliza las condiciones de oportunidad asociadas con distintos actos de lenguaje, tales como prometer y solicitar. Clasifica,... en [un artículo de 1975] todos los actos de lenguaje como encarnaciones de uno de cinco puntos locutorios NOTA 2 fundamentales. Estas categorías cubren todas las declaraciones, no solo frases con verbos explícitamente performativos tales como "Prometo...." o "Declaro....". Por ejemplo, podemos hablar de un acto de lenguaje como una promesa aun cuando su forma sea una sencilla afirmación: "Allí estaré".

Las cinco categorías de puntos locutorios son:

Searle distingue entre punto locutorio, fuerza locutoria y contenido proposicional de una declaración. El punto locutorio es una de las cinco categorías mencionadas. Dos actos de lenguaje (tales como una pregunta cortés y una solicitud de información) difieren en su fuerza locutoria (manera y grado) aunque tengan el mismo punto locutorio (se trata de una directiva en este caso). El hecho de que una declaración implique una proposición sobre algún tópico, como por ejemplo la presencia del hablante en una reunión específica a una hora específica, constituye su contenido proposicional.

La importancia fundamental del punto locutorio es la especificación del significado en términos de patrones de compromiso que se dan entre el hablante y el oyente en virtud de la conversación. La taxonomía clasifica las posibilidades de lo que el hablante puede hacer con su declaración. No se trata de un conjunto de convenciones culturales como las que gobiernan la conducta de cortesía. Se basa en un conjunto de posibilidades subyacentes sobre la manera en que las palabras se relacionan con el mundo. Cada cultura tiene su manera especial de expresar los distintos actos de lenguaje, pero el espacio de posibilidades es el fundamento universal de nuestra existencia dentro del lenguaje.

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Cada acto de lenguaje tiene consecuencias para los participantes; conduce a otras acciones inmediatas y a compromisos sobre acciones futuras. Al afirmar algo, el hablante hace una promesa –se compromete a actuar de una manera específica en el futuro–. Por supuesto que una afirmación tiene una condición de satisfacción diferente a la de una promesa. No se predice una acción, pero se ofrece implícitamente un diálogo potencial en caso de falla. Si el hablante dice: "Sí, hay agua en la refrigeradora" y el oyente no la encuentra, el hablante se ve obligado a dar una explicación. Ya sea que se pongan de acuerdo en que la afirmación era errónea, o que articulen parte del contexto ("Creí que buscabas algo de beber," "Pensé que nos referíamos a la composición química").

La teoría de los actos de lenguaje, por lo tanto, reconoce la importancia del compromiso; es un primer paso para lidiar con el significado de manera más adecuada. Sin embargo, tal como lo hemos descrito no va más allá de la tradición racionalista. El énfasis que nosotros ponemos en la interpretación y el contexto no es parte del desarrollo original de esta teoría y tampoco lo comparten muchos que trabajan actualmente con ella. Mucha de la investigación acerca de los actos de lenguaje intenta ampliar en vez de rechazar la noción de que el significado de una declaración puede ser descrito en términos de condiciones formuladas independientemente de contexto. Por ejemplo, al especificar con precisión las condiciones de sinceridad necesarias para una promesa, hay que referirse a los estados intencionales del hablante (por ejemplo el hablante cree posible cumplir la promesa y tiene la intención de hacerlo). Al ampliar las explicaciones basadas en simples condiciones de verdad para que incluyan también estados mentales, seguimos todavía tratando las condiciones de adecuación del significado como hechos objetivos. Para entender cómo se comparte el significado, debemos contemplar la dimensión social en vez de la mental.

OBJETIVIDAD Y TRADICIÓN

Los lectores educados en la tradición racionalista deben estar impacientes. Tiene que haber alguna forma de hablar del significado sin meterse con lo confuso del contexto y del compromiso social. Si el significado de una declaración puede ser descrito solamente en términos de la interpretación de un hablante u oyente específico en una situación específica y con una historia específica; ¿cómo hablar entonces de regularidades en el significado? Dado que no hay dos situaciones idénticas y nadie tiene historias idénticas, estamos en peligro de quedarnos sin bases para la generalización. Si cualquier aspecto de la situación o del contexto individual puede en potencia influir en el significado, ¿cómo podremos hablar de regularidades por encima de las situaciones y los hablantes particulares?

Como ejemplo consideremos la adecuación de usar un sustantivo común, como perro, al referirnos a un objeto de interés específico, o de usar la preposición sobre para describir la relación entre dos objetos. Un enfoque ingenuo del lenguaje es que ello refleja simplemente la realidad. La naturaleza (o por lo menos la naturaleza percibida por el organismo humano) presenta objetos de distintas clases; el papel del lenguaje es darles etiquetas y hacer afirmaciones acerca de ellos. El lenguaje puede ser arbitrario al usar las palabras perro y sobre o chien y sur, pero se ve constreñido por la naturaleza de la palabra a agrupar cierto número de objetos o propiedades bajo cualquier nombre que use.

Mientras nos limitemos a usar las frases aisladas e idealizadas de los ejemplos de los libros de filosofía, podrá ser verosímil basar el significado de las palabras en una categorización previa al lenguaje. Que un objeto dado sea un "soltero" o un "limón" es cuestión de definición o de ciencia, pero no del contexto del habla. Sin embargo, apenas contemplamos lenguaje real situado, la base se desmorona. Ejemplos como los ofrecidos en las secciones anteriores generalmente convencen a la gente de que el enfoque ingenuo del lenguaje como descripción no da cuenta de la manera como se usa el lenguaje (aunque algunas personas seguirán pensando que da cuenta de la manera como la gente debería usar el lenguaje).

Sin embargo, aun algunos filósofos y lingüistas sofisticados se quedan realmente perplejos cuando se les plantea que la base del significado de las palabras y las frases no se puede definir en términos de un mundo externo objetivo. Debe haber casos difíciles, pero la mayoría de las veces la correspondencia parece acercarse bastante a lo que ingenuamente se espera. ¿Cómo reconciliar esto con el énfasis que hemos dado a la interpretación y a la generación del significado mediante el poner atención al contexto de la situación?

Consideremos una analogía: el estudio de los caminos y su relación con el terreno. Si contemplamos un mapa de caminos encima de un mapa topográfico, vemos muchas regularidades. Los caminos se desplazan a la orilla de los ríos, atraviesan pasos, dan vuelta alrededor de las montañas en forma regular. Esta regularidad debe significar que el emplazamiento de los caminos está determinado por el trazado del terreno. Pero no lo está. La red de caminos se ve condicionada por el trazado del terreno; sería extraño (aunque no imposible, dada la tecnología moderna) cortar de aquí a allá sin tomar en cuenta para nada el terreno. Pero el emplazamiento real de los caminos depende de quién quiere llevar qué tipo de vehículo de qué lugar a qué lugar, por razones que transcienden la geografía.

Las palabras corresponden a nuestras intuiciones sobre la realidad porque nuestros propósitos al usarlas se adecuan muy de cerca a nuestra existencia física en el mundo y a nuestras acciones dentro de él. Esta coincidencia es resultado de nuestro uso del lenguaje dentro de una tradición....

Lenguaje y cognición son fundamentalmente sociales. Heidegger... [y otros autores] insisten en que nuestra habilidad para pensar y dar significado al lenguaje está enraizada en nuestra participación en una sociedad y en una tradición. Heidegger enfatiza que el significado y la organización de una cultura deben ser tomados como una base dada y no se pueden rastrear hasta una actividad portadora de significado de los sujetos individuales.

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Utilizamos el lenguaje para actividades humanas y el uso de las formas lingüísticas se va moldeando por la necesidad de coordinar adecuadamente la acción con otros. Si la declaración de una persona es ininteligible para los demás, o si la interpretación del oyente no concuerda con las acciones que el hablante anticipa, habrá un rompimiento. Este rompimiento puede no ser tan drástico como los que ocurren en el dominio biológico (aunque a veces puede serlo), pero da como resultado una pérdida de confianza mutua en el compromiso. Si yo digo que hay agua en la refrigeradora y esta afirmación no concuerda con el dominio de las acciones pertinentes, usted puede decidir que "no puede tomarme en serio" o "creer lo que digo". Se pierde así la condición fundamental de una comunicación exitosa. La necesidad del reconocimiento mutuo y continuo del compromiso juega un papel análogo a las demandas de autopoiesis NOTA 3 en la selección de posibles secuencias de comportamiento.

Con base en esta analogía podemos ver cómo el lenguaje puede trabajar sin criterios de significado objetivos. No necesitamos basar el uso de una palabra específica en condiciones de verdad determinadas externamente; ni siquiera necesitamos que se dé un acuerdo total con nuestros compañeros de lenguaje con respecto al contexto adecuado. Lo que se necesita es que haya el acoplamiento suficiente para que los rompimientos sean poco frecuentes, y el compromiso constante de que hablante y oyente entrarán en diálogo reparador si ocurre un rompimiento.

Las condiciones de adecuación del compromiso toman en cuenta naturalmente el papel de un contexto tácitamente compartido. Cuando una persona promete hacer algo, se da por entendido que el compromiso se relaciona con afirmaciones tácitas. Si alguien me pide asistir mañana a una reunión y yo respondo: "Allí estaré", llevo a cabo un acto de lenguaje que me compromete. Creo un compromiso, en virtud de mi declaración. Si mañana descubro que la reunión ha sido trasladada a Timbuktu y no llego, puedo justificar que no he roto mi promesa. Lo que quise realmente decir fue "Asumiendo que se efectúe conforme a lo acordado..." Por otro lado, si la reunión es trasladada a una sala adyacente, y yo lo sé pero no llego, se justifica que usted me reclame el haber roto la promesa, y que la excusa Timbuktu no se aplique. Todos los actos de lenguaje tienen las mismas propiedades: el significado es relativo a lo que se sobreentiende por tradición.

Pareciera haber conflicto entre nuestro énfasis en el significado como compromiso y el papel traductor activo del oyente. Si el significado de un acto de lenguaje es creado al escuchar dentro de un contexto, ¿cómo puede el hablante ser responsable de un compromiso hasta sus consecuencias? Pero no hay contradicción, como tampoco la hay en el ejemplo de promesa precedente. Como participantes en una tradición compartida, cada uno de nosotros es responsable de las consecuencias de cómo sus actos van a ser entendidos en el marco de esa tradición. El hecho de que no haya reglas objetivas y de que a veces haya malos entendidos no nos redime de tal responsabilidad.

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ROMPIMIENTOS, LENGUAJE Y EXISTENCIA

Hemos enfatizado hasta aquí dos puntos principales:

  1. El significado surge al escuchar el compromiso expresado en los actos de lenguaje.

  2. La articulación del contenido –cómo nos expresamos acerca del mundo– surge en patrones recurrentes de rompimientos y posibilidades de discurso reconstructivo.

Desde estos puntos nos vemos conducidos a un reconocimiento más radical acerca del lenguaje y la existencia: Nada existe sin ayuda del lenguaje.

Pero, ¡cuidado! No nos estamos amparando a un solipsismo que niega nuestra fijación en un mundo más allá del habla. Lo crucial es la naturaleza del existir. Al decir que algo existe (o que tiene alguna propiedad) lo traemos al dominio de los objetos y las cualidades articuladas que existen en el lenguaje y por medio de su estructura, constreñidos por nuestras posibilidades de acción en el mundo.

Como ejemplo, veamos de nuevo el significado de las palabras individuales y el problema de cómo una elección específica de palabras se adecúa a una situación. Hemos visto como "agua" puede ser entendida de manera diferente en distintas situaciones, pero ¿cómo es posible que tenga la misma interpretación en más de una?

Las distinciones del lenguaje no están determinadas por una clasificación objetiva de las situaciones, pero tampoco son completamente arbitrarias. Las distinciones surgen de recurrentes patrones de rompimiento en actividades cargadas de importancia. Hay gran variedad de actividades humanas que incluyen beber, apagar incendios y lavar, en las cuales la presencia o ausencia de "agua" determina un espacio de rompimientos potenciales. Las palabras surgen para ayudar a anticipar y lidiar con estos rompimientos. A menudo se señala que los esquimales tienen numerosas distinciones para los tipos de nieve. Eso no ocurre solo porque vean mucha nieve (vemos muchas cosas que no nos interesan) sino porque hay actividades recurrentes con espacios de posibles rompimientos para las cuales tales distinciones son pertinentes.

Es fácil ignorar esta percepción si se consideran solamente ejemplos que caen dentro de simples recurrencias de actividad física y experiencia sensorial. Ingenuamente pareciera que la "nieve" debería existir como ente específico sin relación con un lenguaje (o la experiencia humana). Por otro lado, es fácil encontrar ejemplos cuya existencia no se puede concebir fuera del dominio del compromiso y la interacción humanos, tales como "amistad", "crisis" y "semántica"....

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NOTA 1 Los autores se refieren al filósofo existencialista alemán de este siglo Martin Heidegger. Nota del editor.


NOTA 2 Puntos locutorios son los modos pragmáticos que pueden revestir los actos de locución. Nota del editor.


NOTA 3 Cercano sinónimo de homeostasis. Nota del editor.