Ciertos autores que critican el relativismo ponen a los relativistas a negar que haya normas morales universales, lo cual les evita a estos críticos el trabajo de tener que justificar su premisa fundamental, a saber, que efectivamente las hay, cosa muy difícil de probar. Por nuestra parte, preferimos afirmar como premisa relativista una variante de la máxima de los antiguos "la Naturaleza aborrece el vacío". Esta máxima se ha aplicado sobre todo a los fenómenos físicos: por ejemplo, ¿por qué cuando halamos el pistón de una jeringa, el líquido sube? La respuesta clásica es que la naturaleza tiende a llenar el vacío producido. Tal explicación, se ha demostrado, es incorrecta, pues el efecto es más bien debido a la presión atmosférica. La naturaleza no aborrece el vacío, la prueba es que, como ya estamos acostumbrados a pensar, el espacio interplanetario está aproximadamente vacío y sin embargo es lo que más hay en la naturaleza. De hecho, la naturaleza no aborrece nada, puesto que no tiene propósitos como la gente.
En cambio, pareciera que la naturaleza humana (la mente humana) sí "aborrece el vacío", por lo menos en el caso de las normas morales. Nunca estamos en una situación en que no tengamos normas morales. No hay persona que no se reconozca sometida a un conjunto de normas de conducta de algún tipo. Curiosamente, el fenómeno parece ser mucho más general, aplicable a toda clase de conocimientos: es difícil encontrar alguna persona que no tenga opiniones sobre todas las cosas importantes para ella, aunque sean opiniones muy superficiales. Esa es pues, según nuestro criterio, la premisa relativista: Desde que somos hombres (seres humanos) nos encontramos sustentando opiniones, entre ellas especialmente criterios morales. La moral no tenemos que inventarla, está ahí en nosotros desde siempre, aunque eso no significa que sea una moral correcta, que no podamos corregirla indefinidamente.
¿Qué importancia tiene esto en relación con el tema que discutimos? La cuestión tiene importancia en relación con la función que se espera cumplan las normas universales. ¿Para qué serían necesarios esos "absolutos morales"? Presumiblemente para dar fundamento a nuestras posiciones morales o para criticar las posiciones de los demás. Digamos, en un ejemplo citado por una autora, si en el tiempo de Hitler hubieran existido computadoras, ¿cómo podríamos justificar no vendérselas a Hitler si no contáramos con normas universales como "no deben ofrecerse medios de aumentar su poder a quien comete genocidio" y "nunca es justificado perseguir a las minorías por el simple hecho de ser minorías" y "exterminar a una población humana es siempre inaceptable"? Queremos que exista un absoluto moral que diga todo eso y que sea tan obligatorio para Hitler como para nosotros y para todo el mundo.
Pero en realidad al pensar así estamos siendo víctimas de una ilusión: pedir ese fundamento tendría sentido si nosotros pudiéramos encontrarnos alguna vez en la posición de no tener normas morales y tuviéramos entonces que buscar un fundamento para edificar las normas morales sobre esa base. Pero eso no sucede. Nunca nos encontramos en esa situación. Toda persona se encuentra siempre, desde que comienza a pensar sobre el problema moral, con que tiene posiciones morales.
Lo cierto es que todos tenemos convicciones sumamente firmes ... sin que necesitemos para ello una base firme de teoría ética. El problema es el inverso: cómo hacer para debilitar nuestras convicciones, de modo que podamos ser más tolerantes y convivir en paz; es decir, cómo hacer para poder criticar y mejorar nuestras convicciones, de suyo suficientemente firmes como para tener que fortificarlas más. Entonces, no se necesitan absolutos morales para dar fundamento a nuestras posiciones. Sin embargo, podríamos argumentar que los necesitamos como un patrón o modelo con el cual comparar las posiciones de otros (o las nuestras) para criticarlas. Pero en realidad no es así; tampoco se necesitan para criticar posiciones (propias o ajenas). Para ello nos basta y sobra el arsenal del análisis lógico. La crítica puede y debe realizarse desde dentro del sistema mismo de creencias, sin necesidad de patrones normativos externos, como trataremos de mostrarlo más adelante.
Preferimos por lo tanto, enunciar como proposiciones fundamentales las dos siguientes: la primera sería, "Siempre nos encontramos en una posición de compromiso con normas morales", nunca estamos en situación amoral, porque la naturaleza humana aborrece el vacío. Esta es la primera y la más importante de las proposiciones. Podemos enunciarla también en sentido negativo como "Nunca nos encontramos en posición de empezar a pensar moralmente en el vacío", es decir, sin tener convicciones morales. Siempre que nos planteamos problemas éticos, estamos ya comprometidos con unos principios morales. La segunda proposición de nuestro relativismo ilustrado dice: "Las posiciones morales se critican desde dentro, con las armas del análisis lógico"; ya veremos cuáles sean esas armas.
Tal vez podríamos aclarar mejor lo que queremos decir si tomamos en cuenta dos propósitos para los que pueden servir las convicciones morales, o dos grandes cuestiones que se relacionan con las convicciones morales. Una es la cuestión del progreso moral; queremos aceptar que uno puede progresar moralmente o que una sociedad puede desarrollarse moralmente. En segundo lugar, la cuestión del consenso moral, queremos poder dar cuenta de las discusiones sobre temas morales, sostener que es posible tener una discusión y llegar a algún tipo de acuerdo sobre estos temas.
El lector podría entonces argumentar de la siguiente manera. Si aceptamos las dos proposiciones enunciadas antes, a saber que nunca nos encontramos en la situación de empezar a pensar moralmente en el vacío y que las posiciones morales se critican sólo desde dentro y con las armas del análisis lógico, ¿pueden ellas lidiar a cabalidad con esas dos cuestiones? O por el contrario ¿tendremos que aceptar que los relativistas no pueden explicar el progreso moral ni la formación del consenso moral porque no aceptan valores absolutos contra los cuales contrastar las prácticas concretas de la gente?
Viendo el problema más en concreto, ¿podrán decir los relativistas que la conducta de los aborígenes de Meso América que hacían sacrificios humanos era menos moral que la conducta nuestra que se considera más evolucionada? Por otra parte, ¿qué criterios morales podrán invocar para tratar de ponerse de acuerdo dos personas que tienen puntos de vista diferentes, por ejemplo, los que creen en la legitimidad de construir colonias judías en los territorios ocupados por Israel y los que creen que eso es invasión del dominio ajeno?
Nuestra respuesta a este argumento es que, precisamente porque nunca nos encontramos sin convicciones morales, y porque las convicciones propias son las únicas de que disponemos, no tenemos más remedio que empezar a trabajar desde esas convicciones, y ello resulta suficiente para los dos propósitos de la moral, si es que contamos, como es obvio que contamos, con las poderosas armas de la crítica racional. Es precisamente con esas armas que podemos –en rigor, no podemos evitar– criticar nuestra propia posición; y ello permite el progreso moral. Pero además, en el fondo lo único que podemos criticar con fundamento es nuestra propia posición o una posición que se asume como propia, sólo a base de construirnos un modelo de la posición del otro podemos comenzar a criticarla; y esto resuelve también el problema de las discusiones morales.
Creemos que en verdad al lector no le será muy difícil convencerse de que de hecho es así como todos nos hemos desarrollado, y que es así también como hemos ganado o perdido discusiones morales: criticando nuestra propia posición o una posición asumida como propia. Y esta es la esencia misma del mensaje relativista. Las convicciones morales que tenemos no son exactamente las que heredamos de nuestros padres o las que nos enseñaron en la escuela primaria o en el catecismo. Todos hemos evolucionado más allá de ellas, y lo hemos hecho criticando nuestras propias posiciones. Hemos evolucionado criticando nuestras posiciones por medio de la lógica, que es el arsenal de la crítica racional. Y siempre que hemos tenido conflictos morales con otras personas, la manera en que los hemos resuelto es poniéndonos en el lugar de ellas y aplicando esas mismas armas lógicas a sus convicciones para ver si se sostienen. Y si lo hacen mejor que las nuestras, habremos modificado éstas en consecuencia. Y algo parecido habrán realizado nuestros interlocutores.
Concedamos sin embargo que la cuestión de las discusiones es especialmente difícil; ¿Cómo hacemos para poner de acuerdo a un palestino y a un israelita, suponiendo en ambos buena voluntad y suficiente tiempo disponible? ¿Qué sucedería en este hipotético encuentro? Si ambos están seriamente interesados en la discusión y no hablan para la galería o están tratando de defender sus intereses personales o colectivos sectarios –condiciones muy difíciles de cumplir en la práctica– entonces cada uno tratará lo más posible de ponerse en el caso del otro, cada uno construirá un modelo del otro, probablemente muy imperfecto, y entonces actuará exactamente como lo ha hecho en su desarrollo evolutivo moral, es decir, criticando sus propias posiciones. Primero asumirá la posición del otro y después la criticará y el otro será testigo de esa crítica y puede que se dé cuenta de que la crítica es válida y la asuma personalmente.
Lo que no es posible es que estas dos personas se pongan de acuerdo sin reestructurarse interiormente. La única posibilidad de resolver un debate moral es a través del cambio, del progreso moral de las partes que están discutiendo. Es decir que el progreso moral es el supuesto en que se fundamento el consenso moral, las dos cuestiones no son independientes. Yo tengo que evolucionar hacia adelante y encontrarme con el otro que también evoluciona hacia adelante; entonces comienza a haber la posibilidad de un progreso común, que es precisamente el único consenso moral alcanzable. .
Así se forman las sociedades con creencias y valores compartidos. Así se ha formado nuestra propia sociedad, alrededor de valores compartidos muy importantes. Valores que constantemente tenemos en revisión, desde luego, porque somos personas racionales que no nos conformamos con la posición que tenemos. La única persona que se conforma con la posición moral que tiene es la persona fanática o llena de prejuicios. Los prejuicios son precisamente las creencias morales que hemos declarado inmunes a la crítica lógica; aparte de ese caso patológico, todas nuestras posiciones son y deben ser criticables por la razón.
El escenario de contendientes aparentemente irreconciliables que se ponen de acuerdo es bastante implausible. Pero lo que eso nos enseña es lo tremendamente comprometida que la gente está –por sí misma y sin que medie ninguna norma universal (¿cómo aceptaríamos absolutos morales contrapuestos?)– con las convicciones que tiene, lo resistentes al cambio que todos somos, y lo difícil que es poner a la gente de acuerdo; para todo lo cual la tesis de los absolutos morales ofrece poca o ninguna explicación.
Pero podría replicársenos: Ustedes están admitiendo como norma universal que "todas las posiciones morales son criticables por la razón". No es así. No necesitamos sostener eso. Esto es parte de las cosas que creemos en este momento, probablemente una de nuestras convicciones más firmes y que más nos costaría dejar de creer. Hemos llegado a creerla a través de una larga evolución que nos ha llevado hasta aquí, con mucha experiencia y mucha aplicación de la crítica racional a nuestra experiencia. .
Pero para dar luz sobre nuestra posición deberíamos decir todavía más sobre nuestro concepto de la crítica racional. ¿Que es lo que hay en nuestras convicciones éticas o morales? Dos cosas: lo que recibimos pasivamente y todo aquello que ha resultado de lo recibido, a través de la aplicación de la crítica racional. Por eso creemos que la antropología, con su énfasis en la importancia de la cultura recibida, y la lógica, con su arsenal de herramientas analíticas, están en la médula de la ética. Sin uso inteligente de esas dos disciplinas no puede haber buena teoría ética.
¿Cómo se ejercita la crítica racional sobre las convicciones? Lo primero que tiene que suceder es que haya una posición moral determinada para criticar, pero hemos afirmado que nunca falta esa posición, ello es algo muy bien confirmado por las ciencias sociales. O heredamos nuestras convicciones de nuestros padres y cultura ambiente o las absorbemos en el proceso de educación formal. La cuestión apremiante es cómo las cambiamos, cómo nos desarrollamos moralmente, cómo trasmutamos nuestros prejuicios (convicciones pasivamente recibidas) en enunciados de valor de carácter racional –enunciados culturales que han podido resistir el embate de una crítica lógica interna–.
La autocrítica, como todo análisis lógico, trabaja a base de dos grandes principios: el principio de la congruencia y el principio de la completitud. Analizar algo lógicamente es en primer lugar ver si lo que se está analizando es coherente lógicamente o si por el contrario se trata de una contradicción –estoy afirmando y negando al mismo tiempo la misma cosa, algo inaceptable para la razón–. Si yo al mismo tiempo digo que la vida es un bien supremo y también digo que yo puedo quitarle la vida a una persona en ciertas circunstancias, pues ahí hay una incongruencia que debe ser superada. El otro principio se refiere a la completitud: un sistema moral no es satisfactorio, si hay un tipo de problema para el que no tiene respuesta. Si mi sistema moral no puede decir si es bueno o no es bueno que los israelitas colonicen los territorios ocupados, entonces mi sistema moral es fundamentalmente deficiente; algo tiene de malo un sistema que no puede contestar sí o no a una pregunta importante.
Los dos requisitos son complementarios, porque el primero, el de la congruencia, es el que rechaza la posibilidad de que una pregunta se conteste al mismo tiempo con un sí y con un no, de que haya dos respuestas para la misma pregunta. El principio de la completitud por su parte, rechaza que ante una pregunta no haya respuesta; tiene que haber por lo menos una, o sí o no. El principio de congruencia nos dice que no queremos dobles respuestas; el principio de la completitud, que queremos siempre alguna respuesta. Si un sistema moral es incompleto, o si es incongruente, debe ser transformado de alguna manera para que podamos seguir viviendo con él; lo cual no quiere decir que la transformación se vaya a producir inmediatamente.
Normalmente tendremos de hecho que tolerar imperfecciones en nuestro sistema, o incluso a veces vivir dramáticamente entre graves contradicciones o incompletitudes, mientras nuestro ser entero se desarrolla para ponerse de acuerdo con las nuevas circunstancias o introspecciones; o, lo que es tal vez más dramático, resignarnos a aplicar unas veces un grupo de normas morales y a veces otro, por no tener todavía integrado un solo sistema que sea congruente y completo a la vez. Al fin y al cabo eso es lo que significa crecer.
Una consecuencia de lo que hemos dicho es que no hay una posición moral parcial, la posición moral es siempre total, siempre integral, es un sistema. Ese sistema, idealmente, debe tener respuestas para todas las preguntas importantes y no debe tener nunca dos respuestas para la misma pregunta. Dicho de una manera más gráfica, hay dos imperativos racionales: disolver los nudos (que serían las contradicciones) y llenar los vacíos (que serían las lagunas donde no hay respuesta). Todo sistema tiene nudos y tiene vacíos. En todo sistema hay problemas que tienen doble respuesta y deberían tener solo una, y hay problemas que no tienen respuesta y deberían tener alguna.
Todo sistema construido por los seres humanos tiene nudos y tiene vacíos. Pero el doble imperativo racional es tratar de disolver los nudos y de llenar los vacíos (GUTIÉRREZ 82). Y eso es lo que ocasiona el dinamismo de la razón. Aplicado a la ética, todo sistema ético tiene problemas que se resuelven de manera contradictoria y problemas que no se resuelven del todo, y ambos ponen urgencia en el ser moral para superar estas deficiencias mediante el doble imperativo racional: disolver los nudos y llenar los vacíos.
Si nos armamos de esos dos grandes instrumentos de la crítica racional, no tenemos por qué creer que nuestra posición moral, o nuestra posición científica, que para el caso es lo mismo, no va a estar evolucionando permanentemente. Y casi que por definición el progreso es indefinido; siempre estaremos progresando, siempre habrá nudos y siempre habrá vacíos. Nuestra esperanza es que cada vez haya menos nudos y cada vez haya menos vacíos, o que los nudos y los vacíos se refieran a cosas menos importantes.
Podemos sacar dos corolarios de estas tesis fundamentales:
El primer corolario dice que las primeras posiciones morales que criticamos son las de nosotros mismos, o bien, dicho de otra manera, el pensamiento moral es la clarificación lógica progresiva de nuestros propios prejuicios. Prejuicios son los que tenemos antes de comenzar a pensar, si es que en algún momento estamos en esa extraña condición de no haber pensado antes; pero a partir de la primera crítica racional, ya nuestros prejuicios no lo son tanto, y cada vez van siéndolo menos porque han sido tamizados por la crítica racional.
El segundo corolario es que el progreso moral es estimulado por el pluralismo que reina en una sociedad abierta, pues el instrumento fundamental del progreso moral es la autocrítica lógica, mediante los imperativos "remueve los nudos" y "rellena los vacíos", que encuentran terreno abonado en un ambiente de discusión pública permanente. No podemos enfatizar demasiado la importancia del pluralismo social para el desarrollo moral, porque la verdad es que si no fuera porque hay personas que piensan distinto de nosotros, muy probablemente nunca ejerceríamos la crítica sobre nuestras propias posiciones.
De esto hay muchos ejemplos en la historia: son las sociedades cerradas, por supuesto. Es muy importante reconocer que hay muchas posiciones morales y ese reconocimiento es el que dispara las fuerzas de la autocrítica lógica a la que tenemos que someter nuestras propias posiciones morales. De nuevo encontramos aquí una liga esencial entre el progreso y la discusión: antes dijimos que sólo mediante el progreso (en común) se llega a un consenso; ahora agregamos que sólo el reconocimiento de la falta de consenso fomenta el progreso.
Nuestra posición acepta como uno de los instrumentos en el arsenal de la crítica lógica aplicada a la moral las teorías consecuencialista y deontologista de la ética. No los consideramos fundamentos, sin embargo, aunque sí dos herramientas útiles para el análisis moral, dentro de circunstancias determinadas y hasta cierto punto. Mucho más fundamentales son los principios que hemos señalado antes: los imperativos racionales que nos urgen a soltar los nudos y a rellenar los vacíos. Estos son instrumentos lógicos completamente generales, que se aplican también, por ejemplo, a la justificación de las teorías científicas. En cambio, el consecuencialismo y el deontologismo son teorías mucho más específicas, sometidas –ellas también– a estos dos principios en cuanto teorías éticas. Como todas las teorías, ellas también tienen "vacíos" y tienen "nudos".
Un vacío muy grande en el consecuencialismo es el hecho de que no puede justificar la defensa de los derechos de las minorías, que la tradición humanitarista de Occidente ha reconocido desde hace mucho tiempo. En efecto, si la moralidad de un acto o de una regla se juzga por la mayor felicidad del mayor número, no podemos explicar por qué nos choca tanto moralmente que se persiga a una minoría racial que por alguna razón hace incómoda la vida a la mayoría de la sociedad. Por su parte, el deontologismo parece ciego a atroces repercusiones sociales, por ejemplo en su condenatoria indiscriminada de todo acto de violencia, por su insistencia en juzgar el acto en sí, independientemente de sus consecuencias.
No podemos terminar estas reflexiones sin declarar sin ambages que las teorías éticas que dejamos expresadas, como todas las convicciones humanas, deben quedar por supuesto también sometidas a la revisión y análisis de la crítica racional, a la eventual identificación de sus nudos, para procurar deshacerlos, y de sus lagunas, para tratar de llenarlas.
Copyright © 1987, 1997 Claudio Gutiérrez y Marlene Castro