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El método científico

El método científico, novedad cultural

Es un hecho reconocido que el ser humano, desde el advenimiento de su capacidad de pensamiento abstracto, ha tenido la inquietud de preguntarse el porqué de las cosas. Nuestra preocupación por sobrevivir habría alentado la formulación de esas preguntas aún mucho antes de que nuestra capacidad de pensar fuera capaz de proveer contestaciones medianamente satisfactorias. De ahí que surgieran multitud de concepciones mitológicas del mundo las cuales, aparte de tranquilizar medianamente inquietudes que no podían dejar de plantearse, tuvieron la virtud de –en cierta forma– preparar el camino para llegar a producir mejores respuestas. No sería, sin embargo, hasta los albores de la Edad Moderna, con el Renacimiento(a), que la aparición del método científico proveería por fin una vía racional y segura para colmar satisfactoriamente esa sed de conocimiento. Lo que comenzó a ocurrir entonces fue un fenómeno de novedad única, singular y poderoso, que diferenciaría nuestra cultura de todos los estadios anteriores de la evolución memética. Cierto: los griegos clásicos anticiparon muchas de las ideas particulares que hoy integran nuestros sistemas científicos, como por ejemplo la obra de Demócrito esbozara ya la teoría atómica. Pero una cosa es que el pensamiento filosófico libre de amarras haya acertado a encontrar descripciones vagamente justas de algún aspecto de la realidad y otra cualitativamente diferente que esas descripciones se afirmen con el sustento de una actitud metódica consciente y definida, dentro de un patrón genérico de elaboración racional y confirmación empírica de hipótesis y teorías. Ese patrón aportará durante el Renacimiento el doble marco metodológico de control empírico y racional que conocemos como método científico. En ese amplio período florecieron en Europa dos corrientes complementarias de pensamiento: el racionalismo matemático (con Galileo, Descartes y Leibniz) y el empirismo (así Bacon, Locke y Hume). Juntas dieron fundamento sólido a la idea de cómo sustentar nociones de la realidad internamente congruentes y acordes con datos experimentales rigurosamente recogidos y corroborados. Es solo como resultado de este estupendo proceso de creación intelectual, y del desarrollo político y económico que le dio fundamento y protección, que esa rara especie cultural, la ciencia moderna, comenzó a florecer y dar frutos de amplitud, variedad y profundidad jamás conocidos antes en la historia humana.

La novedad de este enfoque puede hacerse más conspicua si la comparamos con el tipo de "ciencia" que reinaba antes de este venturoso período. Pasaban por tal las investigaciones desordenadas y muchas veces delirantes de los alquimistas, difícilmente separables de ideas y prácticas ocultistas emparentadas con la antigua tradición de la magia; o, en el otro extremo del reconocimiento social, las investigaciones librescas sobre autores del pasado, por ejemplo Aristóteles, condicionadas por el deseo de llevar agua a los molinos religiosos y contribuir a la erección de contrafuertes para apuntalar el poder de la Iglesia. Contra ese dogmatismo se levantaron ya en la aurora del Renacimiento, las figuras de Lutero y otros reformadores religiosos, bajo la consigna del "libre examen". Pero la ciencia moderna llevaría esa idea a sus últimas consecuencias. La crítica científica debería ser universal, frente a ella nada debía estar protegido, todas las piedras tendrían que ser volteadas por la investigación de la naturaleza. Y, frente al ocultismo de la alquimia y otras tradiciones esotéricas, la nueva ciencia reclamaría publicidad total (favorecida por la invención de la imprenta), basándose en el principio de que toda observación o experimento debe poder ser replicado por cualquiera que fuera capaz de realizarlo con igual seriedad y rigor metodológicos. Finalmente, frente a los sueños y aspiraciones inmoderadas de los seres humanos, la ciencia impuso un cinturón de castidad intelectual, trabajando bajo el signo de una prevención fundamental: no al hacerse ilusiones, no al aferrarse a ideas preconcebidas, no a los ídolos de la tribu (nuestras propensiones naturales), no a los ídolos de la caverna (los intereses propios de la situación del individuo), no a los ídolos del mercado (las afirmaciones sin fundamento que se transmiten de boca en boca), no a los ídolos del teatro (teorías prestigiosas concebidas en el pasado). (BACON 49) Estas metas de pureza y ampliación del conocimiento se persiguieron espontáneamente, con poca racionalización –que debía esperar siglos posteriores–, pero con una justeza clarividente que muy pronto se vería recompensada por abundantes retribuciones.

La estabilización de la ciencia

Francis Bacon (1561-1626), lord canciller de Inglaterra, abogado y filósofo, no científico él mismo, fue probablemente la primera persona que comprendió todo el significado de la revolución del conocimiento que se comenzaba a llevar a cabo en Europa. Dentro de la tradición empirista de su país, no estaba muy conforme con el enfoque matemático que Galileo y Descartes venían dando a la ciencia naciente y se impuso la defensa de los aspectos experimentales que consideraba deberían ser su primer y último fundamento. El peligro de que Europa se dividiera en dos formas de hacer ciencia, una racionalista y otra empirista, como ya estaba dividida en dos formas de practicar religión (católica y protestante) quedó conjurado por el genio extraordinario de Isaac Newton (1642-1727). Su monumental obra de 1687, Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, dejó claramente establecidas a las matemáticas como la forma de integrar de manera óptima los resultados de las investigaciones empíricas. Desde entonces no ha vuelto a haber ninguna duda de que la ciencia tiene dos vertientes indispensables: la de los datos recogidos por labor de campo o trabajo de laboratorio y la de las teorías abstractas que conjugan esos datos, de preferencia bajo la forma de modelos matemáticos. Su obra fue más allá de solucionar una crisis: logró integrar en una sola gran síntesis, con sus axiomas del movimiento y su teoría de la gravitación universal, la mecánica terrestre de Galileo y la mecánica celeste de Johannes Kepler. Finalmente, su grandiosa integración teórico-experimental se convertiría en el paradigma de la física para los siglos por venir y en ejemplo que aspirarían a imitar los forjadores de disciplinas científicas del futuro.

Otro momento culminante en la consolidación de la revolución científica fue la fundación de la Royal Society británica en 1660. Sus primeros miembros siguieron de cerca las guías de política científica que Bacon había recomendado, comprendiendo con gran visión la importancia de la ciencia para el desarrollo del individuo y el Estado que él había expresado con su famosa máxima saber es poder. Su influencia se nota también en la redacción de los estatutos de la Sociedad en los que, entre otras cosas, se le encarga fomentar el conocimiento de las "cosas naturales" y de las "artes útiles", "sin mezcla de teología, metafísica, moral, política, gramática, retórica o lógica alguna". El ejemplo de Inglaterra fue seguido por diversos otros países europeos con el establecimiento de sus propias sociedades científicas, la más duradera e importante de las cuales resultó ser la Academie des Sciences de Paris, fundada por el ministro Colbert en 1666. El papel de todas estas sociedades fue determinante para dar sentido profesional y prestigio social a la actividad científica y consolidar la identidad de sus practicantes frente a los grupos de poder tradicionales, especialmente clérigos y militares. Sería dentro de esa matriz de una colectividad intelectual internacional que el método científico llegaría a perfilarse y asentarse.

De particular importancia dentro de la actividad de las sociedades científicas estuvo desde muy temprano el apoyo a la publicación y circulación de los resultados de las investigaciones de sus miembros, así como el fomento de reuniones periódicas por especialidades e interdisciplinarias. Estas confrontaciones recíprocas resultarían esenciales en la aplicación de un método cuyos elementos fundamentales los constituirían la reproducibilidad de los experimentos y la posibilidad de análisis crítico de teorías e hipótesis. El método científico había surgido como un apasionado deseo de enfrentarse directamente a la naturaleza, interrogándola mediante el ejercicio de los sentidos y de la razón de los investigadores, sin sujeción a autoridad o censura ni mediatización a creencias o valores tradicionales. No obstante, en la práctica terminaría creando y defendiendo sus propios valores, tradiciones e instituciones. Estas nuevas creaciones culturales, que colectivamente podemos considerar como formando el mem del método científico, necesitaban –como todos los memes– una población de mentes en las cuales alojarse y multiplicarse. Mantener y reproducir esa población fue el papel que cumplieron particularmente desde el principio, y cumplen todavía hoy, las sociedades científicas.

Las reglas de la ciencia

Con la perspectiva que nos ofrece el tiempo transcurrido y los múltiples y cuidadosos trabajos de los filósofos de la ciencia de los últimos ciento cincuenta años, tratemos de caracterizar brevemente los contenidos fundamentales de ese mem de la ciencia. El método científico consiste en el conjunto de reglas aceptadas tácitamente por todos los practicantes del trabajo de aumentar y hacer progresivamente más exactos los conocimientos humanos. Tales reglas, especie de convenciones sobreentendidas, se aprenden más por contacto con los maestros e inmersión dentro de un ambiente de estudio e investigación que por enseñanza directa. (POLANYI 64) Movidos por un deseo de claridad, permítasenos sin embargo tratar de concretar en forma resumida las más importantes y generales de esas reglas implícitas de la práctica de los científicos. La más importante de todas ellas es la que afirma:

Cualquiera que decide un día que los enunciados de su conocimiento no requieren ninguna contrastación ulterior y pueden considerarse definitivos, se retira del juego de la ciencia. Pero complementariamente:

Ejemplos de "buenas razones" son el haberse encontrado una hipótesis sustitutiva más fácil de poner a prueba y que explique por lo menos igualmente bien los fenómenos que se trata de entender o que se haya producido repetida falsación(1) de la hipótesis. Finalmente:

Una consecuencia que parece desprenderse de esta caracterización del método científico es que, en realidad, la ciencia nunca puede ofrecernos conocimientos últimos, solamente conjeturas bien contrastadas. Esta supuesta conclusión debe tomarse con recelo, sin embargo. Está dada desde una perspectiva precientífica que erróneamente supone que el ser humano puede llegar a poseer verdades infalibles e irrefutables. Tal concepción, desde luego, está fundamentada en el mem religioso, que supone que existen "verdades reveladas" por un ser "sobrenatural" que se supone excede las capacidades de conocimiento de los seres humanos. El método científico es, obviamente, un mem alternativo al mem religioso, resultado de la revolución humanista del Renacimiento. En el fondo, aunque los creadores del nuevo mem no lo hubieran vivido de esta manera, los dos memes son no solo incompatibles sino inconmensurables entre sí, pues sus sustentadores hablan lenguajes y tienen concepciones del mundo completamente diferentes. Lo que es verdadero en ciencia y lo que es verdadero en religión son cosas completamente distintas, porque las palabras adquieren su significado dentro del contexto en que son usadas. Para la perspectiva científica no hay verdad que no sea revisable ni que tenga un fundamento distinto que su conformidad con los datos examinados hasta el momento y su congruencia con el conjunto sistemático de lo que se haya llegado a establecer con confianza como adecuada representación de la naturaleza. Pero esta revisabilidad de la verdad de la ciencia no significa que dentro de la visión científica del mundo sea concebible otro tipo de verdad que pueda alcanzarse sin aplicación del método científico. Para quien haya aceptado esta visión del mundo solo hay un tipo de verdad posible y ésta es la verdad revisable que produce la ciencia.

El método científico es la única manera razonable de seleccionar, entre todas las posibles conjeturas, aquéllas en que podemos confiar. ¿Y por qué podríamos confiar en esos enunciados seleccionados por el método científico? Simplemente porque el método es el único que implica un sostenido y redoblado intento de sus practicantes por demostrar que sus propias teorías –o las de otros científicos– son falsas, de modo que las doctrinas que finalmente se presentan "al público" son precisamente las que han resistido todo ese tremendo esfuerzo de la ciencia organizada para demostrar que son falsas. No existe ningún otro grupo humano que emplee consistentemente esa estrategia, en particular no los partidos políticos ni las confesiones religiosas que invierten todas sus energías más bien en defender a como haya lugar sus propias posiciones ideológicas. Su método no es la crítica sino la apologética, para la cual se entrena a sus correligionarios sistemáticamente. Es útil aquí trazar un paralelo. De acuerdo con la teoría de la evolución por selección natural, los organismos que sobreviven a la lucha por la vida son los que mejor se adaptan a las condiciones de su ambiente. El ambiente puede concebirse como si tratara de eliminar a los mal adaptados. Lo mismo sucede con el método científico, que estaría siempre a la caza de las teorías falsas, para desbancarlas. Las teorías que los científicos, con este método selectivo, no pueden refutar, esas serían las que sobreviven "la lucha por la vida" de la ciencia. El método científico, con sus reiterados esfuerzos de refutación, nos garantiza que las conjeturas que sobreviven al embate de la investigación han demostrado su fortaleza, pues han superado muchos experimentos y muchas críticas de congruencia. La ciencia nos ofrece solo conjeturas, pero no conjeturas cualesquiera sino solo aquellas que han participado en "los juegos olímpicos de la ciencia" y han salido vencedoras. Son conjeturas campeonas, por así decirlo; a más no podemos aspirar.

Antes de abandonar el tema de las reglas de la ciencia debemos aclarar que, en general, es solo como actividad global y colectiva que ella progresa por eliminación de las teorías e hipótesis "mal adaptadas". Eso no es cierto siempre de la actividad particular de cada científico. Así como un empresario particular lo que suele buscar en su trabajo es asegurar el mayor lucro de su empresa, y no la mejor distribución de los recursos sociales, un científico actúa además de por puro deseo de saber, para lograr resultados aceptados por sus pares y asegurar una promoción, o mayor fama, o mayor salario de parte de su empleador. Además, en períodos normales, los científicos trabajan más en aplicar y refinar el conocimiento adquirido que en adquirir uno nuevo, lo que implica respeto a una tradición más que el intento de reformarla o derrocarla. Incluso es sabido que en períodos de normalidad los científicos tienden a pasar por alto novedades encontradas por casualidad que chocan con los supuestos básicos de la disciplina. Esto no ocurre necesariamente por deshonestidad del científico: la mayor parte de las veces, el científico que ve "novedades" se culpa a sí mismo por su impericia para encontrar los resultados esperados por la doctrina consagrada en los libros de texto. Esta inercia del trabajo ordinario del científico puede llegar a romperse solo por acumulación de anomalías en relación con las teorías vigentes, pues muchos resultados experimentales que se resisten al paradigma llegan eventualmente a desacreditarlo y estimulan a los científicos a buscarle alternativas. (KUHN 62) Aparece entonces, pero solo entonces, la llamada ciencia revolucionaria. En esta sí se busca la novedad, pero no la novedad de resultados individuales, sino especialmente la de formas de ver el mundo que den cuenta de los resultados no explicados hasta ahora por la teoría desacreditada.

La opción por la ciencia

Quienes aceptamos el método científico como único criterio de verdad accesible al entendimiento humano lo hacemos por defecto de alternativas, porque hemos explorado otras posibilidades de obtener conocimiento y nos han desilusionado. Esto no quiere decir que alguien no pueda alternativa o simultáneamente aceptar otros criterios de verdad, en particular el criterio religioso, a pesar del síndrome de doble personalidad que tal actitud implica. Si puede vivir con ese desgarramiento interior, ¡pues que lo viva! Pero si lo hace es a su propio riesgo, pues ningún criterio de verdad, es decir ninguna teoría sobre lo que puede aceptarse como verdadero, ha resistido el embate de la comprobación empírica y de la crítica racional excepto el método científico. El lector alerta podrá decirme:

–Lo que usted está diciendo es que sólo la ciencia pasa el examen de la ciencia y eso es un círculo vicioso.

Efectivamente, se trata de un razonamiento circular. Pero virtuoso, porque es el único que puede lograr universalidad: todos los seres racionales podemos vivir confortablemente en la casa de la ciencia. Solo la ciencia es una y está unificando el planeta, por medio de sus vástagos: la educación y el desarrollo económico. Las religiones, por el contrario, mantienen dividido al mundo y todavía sometidos a abyectos mandamientos a sus millones de creyentes. Por lo demás, la única alternativa a abrazar el método científico como criterio de verdad es aceptar alguna "verdad revelada". ¿Cuál de todas? ¿Por qué una y no las otras? Y ¿cómo conciliar el humanismo, el respeto a la dignidad de la propia persona y de todas las personas con el sometimiento de la propia razón a una autoridad externa al individuo? Si alguien puede aceptar eso y dormir tranquilo, es su vida y su conciencia. En cuanto a los fundadores del método científico, la mayor parte de ellos no percibieron estas incongruencias. Muchos siguieron siendo cristianos, incluso devotos, hasta su muerte, como sucedió en particular con Newton. Los casos de Galileo y Descartes son más dudosos, pues es históricamente argüible que prefirieron acomodarse a los poderes reinantes antes que renunciar a continuar ofreciéndole al mundo su valiosa contribución. No es sino con la obra de Darwin(b), en el siglo XIX, que la incompatibilidad entre las visiones científica y religiosa se hizo palpable y el humanismo científico pudo generalizarse en la parte de la población mejor educada.

Con todo lo llamativo que es ver a la ciencia como la encarnación de la razón o de la búsqueda positiva del conocimiento, es más importante para su caracterización verla negativamente: ¿qué no es la ciencia, de qué nos libra? Ya hemos adelantado que nos libra de las ilusiones vanas. Más específicamente, nos libra de los errores a que la mente humana, encarnada en nuestro complejo ser biológico –haz de sentimientos y pasiones–, está tan inclinada, siempre dispuesta a tomar lo deseable por real. El gran valor del método científico es que nos preserva de esas trampas simbólicas, como la generalización ilegítima –idea de que si algo ocurre en unos cuantos casos ocurrirá en todos los otros– o la de falsa causa –que si un hecho precede a otro debe ser su causa–. La astrología, un sistema de creencias muy bien organizadas y al que respaldan siglos de tradición multicultural, tiene bien documentada una inmensa cantidad de casos en que bajo determinada constelación de astros se ha producido determinada clase de acontecimientos. En ese sentido podríamos pretender que sus enseñanzas están muy bien confirmadas. Lo que da base para considerarla pseudociencia no es pues su falta de confirmación. Pues no es la confirmación empírica lo que define a la ciencia: lo que la define es más bien un rasgo eminentemente negativo, a saber, que sus doctrinas no han sido refutadas por los hechos, por las observaciones empíricas, a pesar de innumerables fuertes y públicos intentos para derribarlas. (POPPER 62)

Un fragmento de una bella pieza literaria puede ilustrar muy bien el carácter erróneo de una pretensión de conocimiento que no se funde en esa estrategia negativa de la ciencia.

¿Cuántas veces ese santo u otros muchos, en esa oportunidad de sequía o en innumerables otras, no había oído la plegaria? ¿Cuántas otras plegarias nunca fueron contestadas? Eso –las no confirmaciones, las refutaciones– no es tomado en cuenta por la pseudociencia. Pero es precisamente eso lo que caracteriza a la ciencia: la puesta a prueba, sin contemplaciones, de toda pretendida doctrina. Su puesta a prueba con el mayor rigor posible, ante un gran número de investigadores, cuyo prestigio institucional depende de la seriedad de esos intentos.

El mercado


Todo individuo labora necesariamente para hacer el ingreso anual de la sociedad tan grande como puede. Generalmente ni tiene la intención de promover el interés público ni sabe cuánto lo promueve [...] Está interesado solo en su propia ganancia, pero cuando se aplica a ello, como ocurre en muchos otros casos, es movido por una mano invisible que promueve un fin que no es parte de sus intenciones. Ni tampoco queda mal parada la sociedad porque no lo sea. Al perseguir su propio interés promueve a menudo el de la sociedad más eficazmente que cuando está consagrado directamente a procurarlo. [En contraste,] [...] nunca he encontrado mucho de bueno en lo efectuado por quienes pretenden actuar en favor del bien público.

Adam Smith


La danza del intercambio

El mem del mercado consiste básicamente en la muy sencilla idea, que debe haber sido bastante obvia para los miembros de nuestro género desde muy temprano, de que el trabajo de los miembros de una familia resulta más productivo en bienes y servicios si en alguna medida se especializa en un tipo particular de ellos, ofreciendo en intercambio el excedente que no pueda consumir a otras familias de la comunidad. Adam Smith, el fundador de la ciencia económica, considera probable que este descubrimiento no fuera consciente, sino más bien resultado de una tendencia de la especie "a trocar unas cosas por otras"; piensa además que esa tendencia debe hacer estado desde el principio relacionada con la posesión de la razón y de la palabra. Esta hipótesis parece lógica a la luz de lo que hemos discurrido sobre la adquisición original del lenguaje. En todo caso, la forma en que la organización económica se habría desarrollado a través de los milenios habría sido, por supuesto, paso a paso. Es razonable suponer que, en sus orígenes, el intercambio funcionaría como simple trueque de excedentes de familia a familia, sin que siquiera las especializaciones fueran decisiones explícitas sino más bien resultado fortuito de los mayores sobrantes de cierto tipo de bienes en cada hogar, ocasionados por las distintas habilidades individuales o las diferencias en la fertilidad del suelo(2). Con poca dilación se habría hecho el descubrimiento –según el proceso normal de evolución que agrega notas características una por una– de que las familias estarían mejor servidas si todas concurrieran a un mismo lugar en forma periódica para intercambiar sus excedentes, con el atractivo adicional tal vez de celebrar una fiesta. Quedaría creada así la institución de la "plaza", "feria" o "mercado", truco tan bueno que lo encontramos generalizado a muy distintas culturas en muy tempranas épocas históricas. También aquí, probablemente, se habría comenzado por intercambiar los bienes –y servicios(3)– directamente, sin intervención todavía de dinero. El mem así surgido se extendería rápidamente de comunidad en comunidad, gracias al evidente aumento de la riqueza de las que lo fueran adoptando. Tal enriquecimiento se basaría en las siguientes tres razones:

  1. La mayor pericia en el trabajo lograda por el trabajador especializado.
  2. El ahorro de tiempo del trabajador al concentrarse en un solo tipo de actividad.
  3. La invención cumulativa de máquinas que aumentaría gradualmente la productividad del trabajo.

Inevitablemente comenzaría muy pronto la práctica de escoger un bien de uso común y con características favorables a este propósito (sólido, modular, manejable, durable) para usarlo como medio de intercambio, usándose tal vez primero solo para "dar vuelto" cuando el trueque no se prestara para el "taco a taco", solo más adelante como verdadera moneda. En el caso de Mesoamérica, ese bien sería la semilla de cacao o las hojas de tabaco. En varias sociedades antiguas, incluida Grecia, lo sería el ganado. En Abisinia, la sal. En las costas de la India, diversas clases de conchas. En las costas de Inglaterra, el bacalao seco. En otras sociedades, cueros o pieles. No puede exagerarse la importancia de esta invención que no solo se extendería como reguero de pólvora una vez realizada, sino que con seguridad habría ocurrido muchas veces independientemente, por ejemplo en distintos continentes y subcontinentes. Es maravilloso comprobar aquí, como en muchos casos parecidos, lo "forzoso de lo obvio": dados ciertos logros culturales, el siguiente se realiza de la manera más natural, sin necesidad de un genio que lo invente. Esta naturalidad la encontramos en toda la historia de la economía, donde inventores anónimos, tal vez sin siquiera darse cuenta, dieron la mayor parte de los pasos de una magnífica evolución.

Aparecida la intermediación monetaria, su refinamiento tuvo la misma naturalidad de los comienzos del intercambio. Una vez emprendida la explotación de minerales, los metales se convirtieron en candidatos ideales para servirle de medio(4). Su divisibilidad y fácil valoración (por su peso) representarían ventajas competitivas que fácilmente desplazarían a opciones alternativas. Otra característica favorable de los metales para servir de moneda se haría evidente cuando alguna persona respetable de la comunidad decidiera acuñarlos con su sello personal y la certificación de su peso. Paso importante, que implicaría ya un rudimento de intermediación financiera. La probidad del garante sería un bien apreciado por los actores económicos que demostraría su preferencia realizando sus transacciones en la respectiva moneda. Su valor subiría impulsado por la demanda, un poquitín por encima del valor del trabajo de extraer el metal, transportarlo y acuñarlo. No subiría mucho porque debería competir con otras personas respetables que imitaran la acción copiando el negocio. Lástima que esta etapa paradisíaca de los orígenes tuviera que concluir. Surgiría una persona, no necesariamente respetable, pretendiendo dejarse el negocio de la emisión de moneda para sí sola: el rey, o su equivalente en las distintas sociedades. El poder imperante se habría impuesto a la libre contratación. La maniobra se escudaría en el alegato de abusos de los comerciantes, reales o fementidos.

¡Ay, el poder! ¿Por qué las mentes tendrían que acoger memes que las perjudican? ¿Por qué entraría el comando en el mundo cuando el contrato hubiera sido suficiente para otorgar a los hombres lo que necesitaban? Para mí la respuesta es clara: el correlato del poder es el miedo, y miedosos todos lo somos, lamentablemente. El poder les promete a los hombres seguridad, y por la seguridad los humanos estamos a menudo dispuestos a sacrificar todo lo que tenemos. En particular, la libertad y la prosperidad creciente que nos ofrece la selección natural. En algún momento el señor se entrometió y creó el "señorazgo": el derecho de emitir moneda y cobrar por ello. Durante siglos, ese derecho concurrirá con el de otros, aunque el prestigio del poder se impusiera de hecho en muchos períodos, cuando las monedas de los imperios, como el Romano, avanzaran al mismo ritmo que las tropas. Establecido ya el Estado nacional moderno, las leyes impondrían cánones o limitaciones a la emisión de moneda, por ejemplo el patrón oro que tuvimos en Costa Rica hasta bien entrado el siglo XX. Significaba que los bancos emitían billetes contra la existencia en sus bóvedas de lingotes del metal precioso por los que esas notas bancarias –por lo menos en teoría– se podían cambiar. Una buena manera de evitar males terribles que se presentarían después arropados en la palabra técnica "inflación". Mientras el oro dominó las transacciones del mundo, su relativa escasez mantuvo estable el valor de la moneda, asegurando el carácter neutro del medio de intercambio(5). Pero cuando el patrón oro se abandonó los gobiernos cayeron en la tentación de emitir papel moneda sin respaldo en bienes y servicios de la economía y sometieron sistemáticamente a sus pueblos al flagelo de las inflaciones galopantes. En lo que llevamos del siglo XXI finalmente, los gobiernos parecen haber aprendido la lección del pasado y comprender mejor que la austeridad en sus gastos es una virtud que paga en desarrollo social y en ahorro de hambrunas a sus pueblos.

Poderoso caballero don dinero

Cuando hablamos de "el mercado" como un mem, nos referimos, como esperamos haberlo dejado claro, a un invento de la cultura humana que se extiende entre las poblaciones como reguero de pólvora por imitación, es decir por absorción espontánea de la respectiva actitud, práctica o idea, o manojo de ellas. La razón de la popularidad de un mem es, desde luego, que da satisfacción a las necesidades y deseos de los participantes relativamente a otros hábitos sociales anteriores o diferentes. Lo importante es que las mentes humanas encuentren alguna utilidad en él, como medio para un fin que les interesa o como un fin en sí mismo que les da deleite. Por otra parte, y dependiendo de su importancia en la determinación de la vida de la gente, muchas veces no es algo simple (como la máquina de vapor, cuando se inventó y cundió por Europa, o el fútbol o el ajedrez). A menudo es algo mucho más complicado, conteniendo un núcleo esencial y diversas "adherencias" o capas que lo cubren y protegen, o incluso parásitos que medran de su popularidad o entran en alguna clase de convivio con él, como las organelas de la célula(c). El mercado, personificado en la moneda o dinero, es desde luego uno de los más importantes memes que existen, pues media prácticamente todas las necesidades y actividades de la vida. Como tal, tenía que haber desarrollado muchas de esta clase de adherencias y parásitos. Basta considerar la literatura o el arte universales para encontrarlos. Hay crímenes por dinero, matrimonios de conveniencia, familias destrozadas por pleitos de herencias, sermones que niegan la salvación a los ricos, congregaciones religiosas que hacen voto de pobreza (las "órdenes mendicantes", que precisamente viven de mendigar dinero). Los países se dividen en "mundos" de acuerdo con su nivel de riqueza y la envidia o arrogancia de unos y otros determinan sus complejos recíprocos. La Iglesia Católica, desde mucho antes de la época renacentista, prohibía el cobro de interés sobre los préstamos; pero al mismo tiempo vendía indulgencias y construía los mayores monumentos de Europa captando todos los recursos financieros que podía obtener. Y en nuestro tiempo y nuestros países, los políticos ganan sus campañas prometiendo dinero a los pobres y, una vez electos, se lo reparten entre ellos en forma de jugosos salarios, tráfico de influencias o directamente como monstruosos desfalcos de fondos públicos. Estas tristes prácticas también forman parte del mem del mercado, pues basta que ofrezcan ventajas a un grupo para que se propaguen a sí mismas indefinidamente por imitación.

Pero entre las adherencias más inconvenientes que puede tener un mem de importancia están los intentos fallidos de explicar el fenómeno automático en que su núcleo consiste. Con relación al del mercado, la historia está llena de esta clase de errores. Las más primitivas tienen naturaleza religiosa. Así, el mito del Jardín del Edén cuenta como, en el principio, los árboles del Paraíso producían frutos abundantes para Adán y Eva sin requerir esfuerzos de su parte. El pecado primigenio, cualquiera que haya sido su naturaleza, tiene la consecuencia terrible de derivar un castigo implacable para la pareja y su descendencia: queda creada la escasez y en adelante "ganarás el pan con el sudor de tu frente" es el destino cruel de los seres humanos. De esta tradición se derivan muchas otras malas interpretaciones del fenómeno económico, como las que predican que las riquezas son obstáculos usados por el Maligno para tentar a los justos o, por el contrario, –como lo pretendiera Calvino y lo creen muchos contemporáneos en los Estados Unidos– el signo de la predestinación de Dios sobre sus elegidos. Un derivado interesante de la idea del trabajo como castigo, que ha perdido su carácter religioso pero no el moralista, es la doble noción de que las cosas valen por la cantidad de trabajo puesta en producirlas y de que existe un precio justo para todos los bienes o servicios. Es una derivación del viejo concepto católico, que tanto repugnara a Lutero, de "salvación por las obras". Pero también una idea bastante espontánea, como lo demuestra la actitud de un pariente mío que puso mucho trabajo en mejorar su casa a lo largo de los años y ahora que necesita venderla no encuentra el comprador que le pague su "precio justo", es decir, lo que pagó por ella originalmente más todo el dinero que le invirtió durante el tiempo que lleva de poseerla. Para justificarse podría invocar no solo las enseñanzas de muchos teólogos, medievales o modernos, sino también las de los primeros economistas que todavía afirmaron los conceptos de "precio natural" (como opuesto a las variaciones impuestas por la oferta o la demanda) y del "valor trabajo" de bienes y servicios (como opuesto a su "valor de intercambio").

Lo que más sorprende de todo esto es lo siguiente. Como hemos visto, el mem del mercado surgió y se generalizó en el planeta con la mayor naturalidad, sin que fuera en absoluto difícil acogerlo y practicarlo, en todas las épocas y en todas las culturas del mundo. Sin embargo, cuando se intentó darle explicación, razonar sobre él, convertirlo en reflexión y finalmente en ciencia, resultó ser una empresa enormemente difícil. El mercado como vivencia histórica es lo más banal del mundo, pero el mercado como teoría fue un reto que desafió a las mejores mentes del globo, sin duda por su carácter característicamente abstracto. La ciencia económica se engendró trabajosamente. Primero se percibió la idea central que encabeza este artículo: la mano invisible, todavía con connotaciones místicas. Pero el propio fundador de la ciencia económica erró al sacar las primeras consecuencias de esta idea básicamente correcta. Se necesitó más de un siglo de reflexión para gestar un análisis teórico que diera con una explicación adecuada de este maravilloso mem tan fácil de practicar. Y se necesitarán muchos decenios más para que la humanidad en general pueda asimilar el resultado de ese análisis, despejando los errores, teóricos y prácticos, acumulados en el camino, algunos de pavorosas consecuencias para los pueblos cuyos gobernantes creyeron en ellos.

Pensar bien puede ser muy difícil

Los mecanismos implícitos en el funcionamiento del mercado solo comenzarían a ser analizados en el siglo XVIII, con la obra del filósofo inglés Adam Smith (1723-90). De hecho, su trascendental libro Naturaleza y causas de la riqueza de las naciones se considera como la primera obra de ciencia económica separada de campos afines como la política, la ética o la jurisprudencia. Constituye un examen minucioso sobre la manera cómo la riqueza se produce y cómo se distribuye entre los distintos factores que contribuyen a la producción, a saber: el trabajo, la tierra y los beneficios de los empresarios (incluyendo las ganancias atribuibles al capital, es decir a las máquinas y otros implementos utilizados en la producción). Su tesis central es que, dada la naturaleza del sistema de precios que se establece por sí mismo en un mercado, cualquier interferencia en este delicado mecanismo solo puede resultar en una menor producción de bienes y servicios. La libertad de comercio, con la menor intervención del gobierno, origina en forma espontánea la distribución más favorable de los factores de la producción y –como consecuencia– la mayor creación de riqueza posible, tanto en el interior de un país como en el conjunto de las naciones. Para explicar esta situación introduce su famosa metáfora de una "mano invisible" que produce la adecuación de la oferta y la demanda sociales de bienes y servicios. (SMITH 04). Aunque el autor, movido por su profunda fe religiosa, alude con ella a un Dios creador y providente, preferimos hoy explicarla, con base en los conocimientos de cibernética, informática y evolución de que ahora disponemos, como un algoritmo de computación paralela que informa simultáneamente a todos los compradores y vendedores las intenciones de unos y otros mediante códigos de precios –actualizados regularmente por los mismos actores– sobre los cuales basan ellos sus decisiones. Por su eficiencia, que es proporcional al grado en que se cumplen en el mercado condiciones de competencia perfecta(6), podemos considerar este mecanismo como una de las más espléndidas creaciones de la cultura humana. Ningún sistema de computación conocido ha podido igualarla, como lo demuestra el fracaso de los sistemas centralizados de distribución de bienes y servicios que han pretendido reemplazarla(7).

A pesar de sus defectos, la noción de Smith es básicamente correcta y representa el primer análisis adecuado del núcleo central del mem del mercado. Consiste en la idea de que al intercambiarse los bienes unos por otros en un mercado al que concurren libremente productores y consumidores, todos los participantes se benefician gracias a una asignación automática de precios para cada uno de los factores de la producción que maximiza la riqueza total posible en las circunstancias correspondientes. Hasta aquí, santo y bueno; pero entender completamente el mem del mercado (crear la ciencia económica) era una empresa demasiado grande para un solo hombre, como lo veremos enseguida. El descubrimiento que Smith hace de la acción automática de la formación de precios por el mercado, es una intuición genial por su simplicidad y su capacidad de explicar uniformemente gran de cantidad de fenómenos. Pero siendo la formación de este pensador en las "disciplinas suaves" de la historia, la moral y la filosofía general (en las cuales descuella ampliamente), no estaba a su disposición el instrumental analítico del economista moderno. Su obra ofrece gran interés como recopilación de detalles antropológicos sobre las distintas fases de la producción y del intercambio en el comienzo de la Revolución Industrial, con abundancia de precisiones sobre las distintas operaciones de los hombres que forjan civilización. En cambio, no aparecen en ella análisis matemáticos, que en la época en que vive son todavía exclusivos de los físicos (recuérdese que el siglo XVIII representa el ápice de la concepción mecanicista del mundo edificada por Copérnico, Galileo y Newton). Por otra parte, la cultura europea está entonces en su apogeo, hasta el punto que nos referimos todavía hoy a esa era como "Siglo de las Luces". Occidente está orgulloso de los logros de su Renacimiento y el tempo de los cambios es mínimo, no obstante revoluciones Industrial, Americana y Francesa. Todo esto va a reflejarse en la teoría del valor económico con que Smith pretende aclarar la acción de la "mano invisible". Ya hemos dicho que es cristiano ferviente. La doble herencia de las concepciones teológicas del trabajo y del dinero va a actuar todavía sobre él. De ahí que postule dos tipos de valor económico: el real, constituido por el trabajo necesario para producir el bien, y el de intercambio, constituido por su precio en el mercado. Pero además, que insista en la existencia de un "precio natural" –correlato obvio del concepto de "precio justo" sobre el que habían elucubrado los teólogos– alrededor del cual oscilarían (moderadamente) los precios inducidos por las variaciones de la oferta y la demanda. Finalmente, Smith conecta estas dos ideas, afirmando explícitamente que el precio natural corresponde estrictamente a la cantidad de trabajo necesaria para producir el bien.

Lo que Smith no percibe es que el tiempo cambia constantemente todas las variables económicas, lo que no era fácil de observar contra el tempo de su época. Y así debe ser en buena teoría al tomar en serio la idea de sustituibilidad de todos los bienes y servicios unos contra otros. El concepto de precio natural en términos del trabajo necesario no tiene sentido definido, puesto que puede ser diferente el trabajo que se necesitó para producir el bien y el que se necesitaría para reponerlo, dentro de una economía dinámica. Pienso en lo que costó producir la computadora que estoy usando, comprada hace solo dos años, y lo que me costaría hoy reponerla si me la robaran (aproximadamente la mitad de aquel precio) y no puedo menos que esbozar una sonrisa. Entonces, no hay precios naturales, puesto que varían todo el tiempo por el progreso tecnológico y los cambios de la productividad del trabajo (entre otras cosas), y es ocioso privilegiar el trabajo en relación con otros bienes o factores de producción como canon para tasar el valor de cualquiera de ellos(8). La verdad que el filósofo e historiador no ve, y que hoy a muchos nos parece evidente, es que el valor de cualquier bien es la cantidad de cualquier combinación de unidades de otros bienes que pudiéramos lograr sustituir por ellos en un mercado satisfactorio (ni siquiera necesariamente perfecto). O sea, lo que Smith no se atrevió a ver fue la más fecunda implicación de su poderosa idea, el hecho de que el valor de un objeto económico cualquiera es la posibilidad real y presente de intercambiarlo por otros en un mercado. Es decir, que el valor económico es esencialmente relativo, nunca absoluto, por estar basado en el concepto de sustitución. (GUTIÉRREZ 70)

Adam Smith es un hijo de su tiempo. Al final del siglo XVIII el patriarca de los científicos es todavía Isaac Newton, el fundador de la física moderna, quien postulaba el espacio como una realidad absoluta. A nosotros nos enseñó Einstein que todo espacio es relativo, y los sucesores más modernos de Smith(9) nos mostrarían que el valor económico también es relativo. Ellos llegarían a enseñarnos que el mercado funciona no simplemente como un campo de negociaciones tibias para encontrar, con regateos de oferentes y demandantes, los "precios naturales" ocultos por las vicisitudes del momento, sino como una verdadera agencia determinadora de los precios válidos, es decir, que igualan en cada momento la oferta y la demanda, maximizando la satisfacción. En otras palabras, lo que determina que en un mercado se vendan todos los bienes que quieren venderse y se compren todos los que quieren comprarse es que, para cada participante, la utilidad marginal del bien que adquiere (precio o artículo) corresponde a la utilidad de la última unidad del bien del que esa persona se desprende para obtener aquél(10). No existe ningún otro valor económico.

Notas

Nota 1: Por "falsación" se entiende la demostración de que una hipótesis es falsa, mediante el recurso de mostrar al menos un caso en contrario.

Nota 2: En la medida en que la tierra no fuera explotada comunalmente.

Nota 3: Que los servicios también se intercambiaban en la plaza está confirmado por multitud de pruebas históricas. Una de las más interesantes es la práctica generalizada en Europa de representaciones teatrales o actuaciones de juglares concomitante con la celebración de las ferias. Ello nos da un atisbo del papel culturalizante de esas aglomeraciones periódicas, de las que tanto se beneficiaría la obra de genios de la literatura como Shakespeare o Molière.

Nota 4: Distintos metales fueron usados por diferentes pueblos. El hierro fue común entre los antiguos espartanos, el cobre entre los romanos y la plata entre los comerciantes ricos de la Edad Media.

Nota 5: Una excepción notable fue el descubrimiento de América pues la rapiña del gobierno español sobre el oro aborigen y la concomitante explotación de sus minas causaron considerable inflación en Europa.

Nota 6: Las condiciones de competencia perfecta se cumplen en un mercado en el que para cada producto hay suficientes vendedores y compradores para que ninguno de ellos pueda por sus solas acciones controlar el precio. Normalmente esto se da en todo mercado grande en que el Estado no interviene fijando precios, racionando productos o decretando monopolios en favor propio o de productores particulares específicos. Aunque en tiempos pasados se reconocía la existencia de "monopolios naturales", como por ejemplo los ferrocarriles o los teléfonos, el progreso de la tecnología ha hecho esa excepción obsoleta. En efecto, un ferrocarril puede encontrar competencia de parte del transporte naval, las carreteras o el transporte aéreo; y una compañía telefónica puede ser competida por Internet, por radio, mensajería aérea, servicios localizadores de personas, entre otros artificios. En cuanto a los casos de colusión de varios productores (o consumidores) que deciden asociarse para influir indebidamente en los precios, son considerados –muy apropiadamente– como delitos contra la libertad de comercio en probablemente todas las legislaciones democráticas del mundo.

Nota 7: El caso más claro es el de la extinta Unión Soviética y los países comunistas de Europa Oriental, cuyo colapso final se debió en gran parte a sus sistemas centralizados de planificación económica que llegaron eventualmente a hundir sus economías(d).

Nota 8: Como no fuera por una razón mística, asociada por ejemplo al "olor humano" que producen la mayor parte de los trabajos manuales. No sería razonable alegar aquí "humanismo", pues el conocimiento o el ingenio, perseverancia y parsimonia que producen el capital o la tierra urbanizada son por lo menos igualmente atributos humanos que el sudor que asociamos con el ejercicio físico.

Nota 9: Stanley Jevons, un inglés; Carl Menger, un austriaco; y Léon Walras, un francés; pero no David Ricardo ni Karl Marx quienes –por fijarse en lo menos bueno de la obra de Smith– se extraviaron por el camino.

Nota 10: El significado de las dos frases en bastardilla es el mismo en teoría económica.

Referencias

Nota a: El Renacimiento europeo en este mismo bloque.

Nota b: Darwin en Apéndices de la primera colección.

Nota c: Mitocondrias en Apéndices de la tercera colección.

Nota d: Panorama del siglo XX en Apéndices de esta colección.

Copyright © 2003 Claudio Gutiérrez