Los siglos XIX y XX han sido el tiempo en que la tecnología, gracias a las
revoluciones industrial e informática, alcanzó su plenitud como forma
peculiarmente humana de adaptación al medio. Sus raíces, no obstante y desde luego, están en
la Antigüedad e incluso en la prehistoria. Esta última tiene un mal nombre. En realidad, es
solo la historia antes de que se inventara la escritura. Ese mal nombre representa una inadecuada
clasificación del tiempo humano, basada solamente en decisiones prácticas de los historiadores
del pasado para facilitarse el trabajo: ¡no documentos, todavía no historia! Llevaba un
elemento de realidad, sin
embargo: el comienzo de la historia tiene que ver con la invención de los símbolos. Pero los
símbolos aparecieron en el linaje humano mucho antes de que se inventara su expresión
escrita: son coetáneos con la aparición del lenguaje hablado, de gestos o de cualquiera otra
manera elemental con los que nuestros antepasados se expresaran en ésa la verdadera aurora de
la historia. Me uno a quienes hayan propuesto que el primer sistema de símbolos, por sencillo
que hubiere sido, se considere como la auténtica cuna de la historia y de la humanidad,
su protagonista.
El nuevo siglo a que vamos a entrar no podrá
menos que edificarse sobre los siglos anteriores y sobre él se edificarán los que estén por
venir. No marcará el fin de la historia; sin embargo,
sus sistemas de símbolos y sus formas de expresión serán los más elaborados de que tengamos
noticia. Sus capacidades de diseño serán también las más altas que haya alcanzado la especie y,
a través de ella, la evolución misma.
La fundamental diferencia que tendrá la tecnología del nuevo siglo con la de los dos siglos
anteriores
consistirá en
el predominio aplastante del aspecto intelectual sobre la obra física, del diseño
conceptual sobre las chimeneas de las fábricas o el esfuerzo físico de sus obreros. Estos aspectos habrán de
continuar debilitándose en términos relativos. La ingeniería en todas sus ramas –incluyendo la informática, la biotecnología y la nanotecnología–, pondrá
cada
vez mayor énfasis en el ingenio, la nota esencial que etimológicamente la define.
En
cuanto a los productos de esta tecnología, abarcarán progresivamente más y más áreas de
la vida del hombre en sociedad, constituyéndose en segunda naturaleza hasta un punto y nivel
insospechado por épocas anteriores. La razón humana continuará materializándose en "técnicas de inteligencia" cada vez más alejadas de las
que hemos visto dominar desde la invención de la imprenta e incluso desde la invención de la
escritura. (LÉVY 90)
Cuando contemplamos los monumentales logros tecnológicos de los últimos
siglos no podemos menos que maravillarnos de la capacidad creadora de nuestra
especie. Al mismo tiempo, sin embargo, tenemos que sobrecogernos de una profunda
modestia, pues el individuo más conspicuo en su contribución a este proceso sabe
muy bien que ha sido solo un pequeño eslabón en una milenaria cadena de
"investigación y desarrollo".
En este gran movimiento iniciado en la verdadera prehistoria y que sigue aumentando día con
día, la proporción de
obra humana en nuestro mundo se viene realizando de acuerdo con un gran principio rector: la acumulación del
diseño. Esta gran construcción surge por la acción múltiple y
extendida en el tiempo y en el espacio de un inmenso número de pequeños diseñadores individuales. Tal
movimiento no es otra cosa que la operación del supremo algoritmo(a),
la selección natural(b), el mismo que produjo nuestra constitución
biológica, pero que, desde la hominización del hombre, se vino a doblar como quehacer
consciente dando lugar al oleaje de la historia. Las ideas que producen nuestros
cerebros compiten ahora por alojarse en las mentes humanas, por encima de las aguas profundas en que las especies biológicas siguen luchando por ocupar los nichos ecológicos del planeta.
En contraste con lo que ha venido durando la vieja empresa de la evolución biológica, el experimento de la
naturaleza con la evolución de las ideas(c) existe desde hace comparativamente poco,
apenas unos cuantos miles de generaciones. Sin embargo, ha producido ya las de Picasso, Shakespeare, Aristóteles, Chopin, Einstein y Darwin, entre otras creaciones magníficas.
Charles Darwin(d)
escribió El origen de las especies para
resolver el problema biológico relativamente
modesto expresado en ese título. Pero al hacerlo fue llevado por su habilidad de observación y su capacidad
analítica a descubrir y describir un proceso creador totalmente inédito, que llamó
"selección natural", consistente en una secuencia de acontecimientos completamente ciega o
mecánica desprovista de propósito alguno; más aún, de hecho incapaz de concebirlo.
Desde el punto de vista filosófico, esta idea de
selección natural
resultó
ser la contestación a una pregunta mucho más profunda, a saber, cómo fue que el diseño, la
capacidad de
producir aparatos que cumplen una función y en consecuencia persiguen metas, conscientes o no, pudo introducirse en
el mundo. (DENNETT
95) Con ello no solo aclaraba el origen de las especies –lo que era su propósito–
sino también y sin siquiera darse cuenta de ello, cómo pudo aparecer la cultura.
Ha sido proverbial en la teología tratar de demostrar la existencia de Dios con un
razonamiento conocido como "argumento del diseño". Al emplear este racionamiento los
apologistas argumentan que la presencia del diseño en la naturaleza, y especialmente
las maravillas del funcionamiento del cuerpo y cerebro humanos, exige la
existencia de un diseñador universal como su causa. Daniel Dennett, en su
exposición sobre la selección natural, hace notar que Darwin acepta en vez
de negar la premisa de este argumento: efectivamente la naturaleza y el hombre
son productos de un gran diseño (DENNETT
95).
No podría ser de otra manera. La simple casualidad no habría podido formar las maravillas que
ostentan los organismos en su magnífico ensamblaje de partes que funcionan
armoniosamente asegurando su subsistencia y reproducción. Pero al mismo tiempo, y esto es lo
revolucionario de su punto de vista, muestra que, gracias al algoritmo de la selección
natural, el diseño puede producirse espontáneamente, es decir, sin propósito consciente, por acumulación de
pequeñas adaptaciones fortuitas que, una vez logradas, restringen y condicionan las
adaptaciones futuras
dentro de rangos en que no resultan inverosímiles. Lapsos de tiempo suficientemente amplios e
inestabilidad genética suplen lo demás. Un proceso que no resulta demasiado diferente del que,
iniciada la historia, representa el desarrollo
de la tecnología humana desde los tiempos más primitivos hasta la industria contemporánea. Aunque ayudado ya por la contribución del planeamiento consciente, el
desarrollo tecnológico no procede de manera diferente a la evolución biológica:
instrumentos y rutinas existentes condicionan y facilitan la creación de otros nuevos; la generación de diversidad y el triunfo de la mejor alternativa hacen el resto.
Antes de Darwin, el único modelo que se tenía de un proceso donde se diera
investigación y desarrollo implicaba necesariamente la participación de un artífice inteligente.
Su genio se revela en haber encontrado y analizado otro proceso esencialmente
equivalente que
obtiene los mismos resultados por vías no obligatoriamente conscientes. En este procedimiento la
obra queda distribuida sobre enormes lapsos de tiempo, mucho más extensos que en los
que se originaría después la tecnología humana. Pero a cada paso la naturaleza
fue conservando, con actitud de ahorrante prudente, los pequeños microdiseños
obtenidos que, en consecuencia, no necesitaron lograrse de nuevo.
Vista en esta perspectiva, la evolución natural o biológica aparece en fundamental
continuidad
con la investigación y
desarrollo que vendrá después, comenzando en las cavernas paleolíticas, y representará de hecho su precursor
y
modelo. En ambos casos se trata de aplicaciones de un mismo algoritmo, el juego de la competencia, del que surgen las mejores adaptaciones, biológicas o culturales, y que da por sentados en cada ciclo de vida o de historia los logros ya obtenidos, edificándose sobre ellos.
Somos conscientes de que al usar el término "investigación" para designar la médula de un proceso
de diseño en que no interviene un investigador inteligente (en el sentido usual de la palabra)
hacemos violencia al uso del vocablo tal como ha sido usado hasta ahora. Sin embargo, la historia de la filosofía y de la
ciencia está jalonada por propuestas de redefinición de términos, que amplían o varían en alguna
medida su campo de aplicación a cambio de mayor claridad y utilidad de nuestros símbolos en su función de representantes de la realidad.
Un ejemplo atinente es la propuesta de Turing de sustituir
el término informal "algoritmo" de los matemáticos anteriores por el nuevo y formal que lo
hace equivaler a la operación de la
máquina abstracta que hoy lleva su
nombre(e).
Esta propuesta, aceptada por los matemáticos de su tiempo, no solo revolucionó las
disciplinas matemáticas sino que dio base a la invención de las computadoras y desencadenó la revolución informática.
Lo importante de estas propuestas de redefinición de conceptos es que, sin perjudicar sus antiguos
empleos, resuelven grandes enigmas que no tenían solución, produciendo al propio tiempo
una cosecha abundante de beneficios conceptuales y prácticos para la humanidad.
En el caso presente
la propuesta es para que los términos "diseño", "investigación", "desarrollo", "invento" y otros
emparentados, que ahora suponen una mente detrás del proceso sustentante, sean sustituidos
por otros con la misma apariencia y que signifiquen lo mismo pero sin suponer que el
proceso sustentante sea en todos los casos la acción de un ser consciente. El principal beneficio de la reforma estriba en que con ayuda de los términos nuevamente definidos los seres vivos y sus características pasan a ser en adelante fácilmente explicables sin necesidad de catalogarlos como misteriosos ni invocar causas sobrenaturales o mitológicas para dar cuenta de su existencia. Además, produce una magnífica continuidad lógica entre
los procesos históricos y sus antecedentes procesos biológicos, de gran poder para la comprensión de ambos tipos de fenómenos.
Como un bono adicional, permite unificar la biología y la ingeniería dentro del esquema de la clasificación
de las ciencias, como lo veremos en el párrafo siguiente.
El principio de acumulación del diseño consiste en la circunstancia de que una vez inventado un
aparato, una herramienta, o un método de hacer las cosas, los procesos posteriores de diseño,
automáticos o conscientes, se verán simultáneamente constreñidos y facilitados por esos logros. Uno
de los constreñimientos que advienen es la drástica limitación de las mutaciones aleatorias que pueden ocurrir a partir del estado presente, pues el organismo está adaptado a un ambiente y ese ambiente actúa en cada paso evolutivo como filtro reductor de las nuevas adaptaciones teóricamente posibles. Esta circunstancia elimina de un tajo todos los ridículos argumentos de los creacionistas que suponen que la evolución es un juego de azar parecido a tirar al aire gran número de moldes de letras del alfabeto y esperar que al caer queden formando los Cien años de soledad de García Márquez. Al comenzar un juego de ajedrez, todas las
posibilidades del juego están abiertas. Una vez que el jugador mueve un peón o un caballo, las
continuaciones posibles para los dos jugadores se reducen. Esto parece una limitación,
pero en el fondo es lo que hace que el juego sea jugable. De igual manera, la decisión
de tener avenidas y calles perpendiculares entre sí, o por el contrario, bulevares transversales,
en una ciudad, genera el panorama de posibilidades con que el planificador urbano
puede jugar. Del mismo modo, con cada invento que realiza la evolución se abre una rama nueva de factibilidad,
por ejemplo, organismos con exoesqueleto (como los insectos) o con
esqueleto interno (como los vertebrados). Estos "planos del cuerpo" corresponden a genes muy
primitivos y conservados que determinan las variaciones ulteriores que llegarán eventualmente a
producirse. El fenómeno ocurre igualmente
en la ingeniería; la invención de la palanca conduce a los técnicos militares a
inventar catapultas, o un "plan de base" para basílicas o catedrales induce a los arquitectos a
construir durante varios siglos locales públicos románicos o góticos. O en la música, ingeniería
del tiempo, la invención de la
"sonata" o de la "sinfonía" impele a creadores posteriores a acotar dentro de esos esquemas
las posibilidades combinatorias de su arte. Aquí también, no todas las jugadas son posibles y la limitación crea el acorde y la melodía.
Una vez que uno ha pensado en ello, la unificación de
biología con ingeniería, como dos modos de aplicación de una misma disciplina intelectual, parece inevitable.
No hay nada fundamentalmente distinto entre tratar de descubrir el plano con que se
construyó un submarino enemigo capturado, lo que corresponde
a un ingeniero naval, y tratar de descubrir el plano de un calamar recién descubierto en el fondo
del mar (lo que corresponde a un biólogo marino). En ambos
casos se trata de inventariar las partes del aparato y determinar las
relaciones entre ellas que producen su complicado funcionamiento.
Escépticos de esta gran unificación podrían argumentar que, incluso
concediendo que ambos objetos sean producto de diseño, siempre será cierto que existen
diferencias importantes entre
el diseño automático y ciego de la naturaleza y el diseño consciente y voluntario
de una persona.
Una de ellas, con la que estoy familiarizado por haber practicado durante años la
programación estructurada a que obligan los cánones de la "ingeniería de software", es la
circunstancia de que en ingeniería rige el principio metodológico de un propósito único para cada pieza de un
aparato (o función informática). Ello contrasta con el multipropósito típico de los órganos biológicos,
debido al carácter "oportunista" del diseño biológico: la evolución "ara con los bueyes
que tiene", poniendo por ejemplo un mismo conducto a tragar, respirar y generar sonidos,
con riesgo de asfixia eventual para su dueño. Pero quizás solo así se haya podido producir el
fenómeno fabuloso del lenguaje humano a tiempo para que pudiésemos
escribir esta obra. Y además parece cuestionable que la programación multipropósito sea claramente una
desventaja. Más bien podríamos decir que su opuesta, la programación estructurada,
ha resultado útil solo debido a la propensión del cerebro humano a cometer errores. La evolución puede darse el lujo de no seguir cánones rígidos
pues –por definición– trabaja primordialmente a base de cometerlos, cribándolos después por selección natural. En una empresa productora de software
no tenemos tanto tiempo y hay que recurrir a métodos de cero tolerancia para cumplir con los pedidos
y resistir la competencia.
Otra diferencia entre la programación de la ingeniería y la de la biología es el
paralelismo imperante en los procesos biológicos frente a la serialidad de la programación
ingenieril. Aquí
también se manifiesta otra deficiencia de la capacidad humana de diseño: estamos forzados a pensar solo en una cosa al mismo tiempo. Con
el advenimiento de las computadoras paralelas se ha hecho un intento por salvar esta brecha, aunque con grandes limitaciones:
al fin y al cabo, los procesos paralelos tienen que coincidir en puntos críticos –los "cuellos de botella–, atrasándose
los más rápidos por esperar al más lento. El método biológico es infinitamente superior en este respecto: la difusión de los aminoácidos u otros
componentes en la sopa intracelular hace que las polimerasas sinteticen simultáneamente varios puntos de una cadena de ADN
sin siquiera tener que esperar instrucciones de un coordinador general. Su forma física al mismo tiempo se los permite y las obliga a ello. En el propio cerebro, y a pesar
de que la atención consciente tenga carácter serial, las cosas más importantes suceden
en paralelo. La única implicación de esta diferencia es el señalamiento de que existe
una pluralidad de criterios para el diseño, revelada máximamente en el contraste entre seres vivos y aparatos artificiales.
Pero si el criterio
para definir algo como ingeniería es la presencia del diseño –y no veo que pueda haber otro legítimo–
no tenemos más opción que aceptar la fundamental homogeneidad entre ingeniería y biología. Eso sí, la biología
calificará por el momento solo como ingeniería inversa(f), que es verdadera ingeniería aunque
remonte el río lógico que fluye normalmente del diseño a la construcción. Nada nos garantiza que en el futuro cercano la biotecnología no lleve a la biología a navegar río abajo y practicar además ingeniería directa, produciendo también organismos según diseño.
Esta gran unificación de la biología y de la ingeniería es una de tantas unificaciones de disciplinas
científicas que han ocurrido en la historia de la ciencia gracias a alguna generalización de conceptos.
Ejemplos de ellas son la unificación de la mecánica terrestre y la astronomía ocurrida en la física
de Newton o la de la termodinámica interpretada como un caso estadístico de la mecánica.
Las consecuencias de esas unificaciones son siempre poderosas. La unificación de la mecánica celeste
con la terrestre hizo posible la tecnología espacial, mientras que la reducción de la termodinámica a una
mecánica estadística abrió el paso a las ideas revolucionarias de la mecánica cuántica. En la misma vena, vislumbro dos
posibles proyecciones importantes de la generalización del concepto de acumulación de diseño.
Ante todo, es
posible pensar en una ingeniería social que no incurra en las desviaciones señaladas por los
severos análisis de Karl Popper. (POPPER 57) No me
refiero, desde luego, a una ingeniería social directa (equivalente a todos los desmanes de la planificación
estatal y de la dictadura totalitaria) sino más bien a una ingeniería inversa social, o si se quiere
a una verdadera "biología" de la sociedad: un programa de estudio dedicado a ver la sociedad
como un gran aparato producido por la evolución y a los hechos sociales como dotados de la multifuncionalidad,
propagación por difusión y otras constantes de la organización biológica, a todas los cuales podemos irles encontrando contrapartes en el funcionamiento de la sociedad. Adoptada esta perspectiva,
la sociología no puede menos que salir grandemente beneficiada, en rigor y en fecundidad de horizontes,
sin que ello conlleve en modo alguno un reduccionismo biologista o funcionalista a la antigua usanza.
Visualizo aquí amplio campo para nuevos estilos de investigación, por ejemplo sobre el origen y desarrollo del
derecho y sobre su efectividad social, o sobre el origen, desarrollo y posibilidades de
apropiación de los lenguajes llamados naturales. Las proyecciones a la educación del considerar estos
sistemas simbólicos como especies de seres vivos pueden ser amplias, por ejemplo en el análisis y transmisión de los valores o el aprendizaje de las lenguas, dos órdenes de cosas con muchos paralelos entre sí.
Además del diseño social, es digno de detenida exploración otro tipo de diseño: el diseño del diseño. ¿Cómo se produce el diseño consciente en la mente de un ingeniero?
Y entendamos aquí por tal no solo al profesional de la ingeniería, sino a cualquier ser humano que aplica su
ingenio a encontrar solución a problemas que afectan al ser humano, o a crear productos encaminadas
a causar su deleite, incluyendo
la arquitectura, el diseño industrial, la música, las artes plásticas, y hasta el teatro y otras
ramas de la literatura. ¿Cómo se diseña un buen libro? Hemos madurado lo suficiente como para
no recurrir aquí a facultades misteriosas e inaclarables como la "intuición" o la "inspiración".
Si llegamos a tener una teoría general del diseño debe ser aplicable a todo esto.
Veo dos contribuciones convergentes que señalan líneas de investigación muy prometedoras.
En primer lugar está el desmitificador análisis de Daniel Dennett
que desbanca al homúnculo como agente de la conciencia y
al "teatro interior" en el cual se le proyectaría "el flujo de la conciencia". Los sustituye
por el "modelo editorial" de la vida mental, pintorescamente bautizado por el autor como pandemonium.
Según esta fecunda idea, en la mente se desarrollaría
todo el tiempo una lucha (predominantemente inconsciente) entre distintos ensayos de solución
(esbozos de diseño) a los problemas que ocupan la conciencia. Esta lucha ofrece
las características de una aplicación del algoritmo de selección natural, con la particularidad
de desarrollarse en la interioridad del cerebro y no en la selva tropical ni en el mercado económico. El principio
de adaptación al ambiente, en este caso formado por los miles
de constelaciones neuronales activadas que constituyen el universo mental, decidirá finalmente cuál
de todos los esbozos o bosquejos emerge como el favorecido para representar oficialmente el contenido de la conciencia. (DENNETT 91)
La otra contribución prometedora es una de las líneas de investigación más
apasionantes en el campo neurológico, correspondiente a intentos como el de Gerald
Edelman de explicar la inteligencia por procesos de selección
natural de patrones producidos aleatoriamente en la parte
"asociativa" de la corteza cerebral.
(EDELMAN 92) Está comprobado que una gran parte de la
corteza cerebral humana se invierte en asegurar el funcionamiento de los sentidos y la movilidad del
cuerpo humano, responsabilidades que ocupan la totalidad de la corteza de un chimpancé.
Pero aproximadamente las otras tres cuartas partes de nuestra corteza están "vacantes",
excepto por sus responsabilidades fijas en la comprensión y articulación del
lenguaje. La ocupación apropiada al resto, que es todavía inmenso en número de neuronas, parece ser simplemente estar disponible
como "pizarra" para esbozar, en la forma de constelaciones neuronales, diseños internos más o menos aleatorios y más o menos constreñidos por equilibrios logrados anteriormente. Si esta avenida de
investigación prueba ser correcta, confirmaríamos el
máximo logro de la
selección natural: su propia internalización en la mente humana, por diseño del diseño, como inteligencia consciente.
En conclusión, el trabajo realizado por la selección natural puede ser entendido como "investigación
y desarrollo" de lo más auténtico, y la biología resulta
fundamentalmente afín a la ingeniería. La biología no es simplemente parecida a
la ingeniería; es ingeniería de pleno derecho, constituyendo la aplicación –"en reversa" y con rico y variado
estilo– de los métodos ingenieriles al descubrimiento del diseño, construcción y operación de los seres vivos.
Esta conclusión puede ser resistida por un mal fundado temor
de sus implicaciones, y sin embargo vierte luz en abundancia sobre algunos
de las más agudas perplejidades filosóficas. Abre además la posibilidad de que los métodos
de la
ingeniería puedan incorporarse con fruto tanto a la biología como a las diversas ramas de las ciencias
sociales y de las artes; y a su vez, de que muchas de esas mismas ramas y la misma tecnología
reciban la influencia vigorizante de la perspectiva biológica.