Interrupción

Claudio Gutiérrez


– ¿Está filosofando ahora, profesor? –


Me gustaba pasar la hora encajonada sentado en el pretil, con las manos trenzadas sobre la rodilla derecha –el equilibro asimétrico resultante me daba la sensación de estar sintonizado con la continuidad del universo–. La había visto acercarse y, de algún modo, mi mente había anticipado la pregunta. Desde donde estaba sentado, disfrutaba la vista de las veraneras rojas, recortadas contra el amarillo de los edificios –reflejo del desierto– y el verde de un césped mantenido con regaderas automáticas –aguas del Río Grande–. No podía comprender por qué los otros profesores exigían que no les dejaran cajones entre clases; sin duda, había distintas maneras de entender la continuidad. La rubita era buena alumna, aunque pasiva. La había distinguido en la clase sobre todo por su color, blanco sobre chicano chocolate (no era la única discontinuidad en el aula, pero sí la más impresionante). Casi podría decirse que era bonita, excepto por su palidez inquietante. Ahora interrumpía mi reflexión sobre el hilo de la conciencia. Como a todo el mundo, me molestaban las interrupciones. Siempre me había obsesionado el tema de la continuidad. Sentía que la continuidad de la conciencia y la continuidad de la vida estaban ligadas. Cuando niño temía conciliar el sueño, por miedo a despertar siendo otra persona o algún animal o cosa. Dichosamente, la vida permanecía a pesar de los cambios y las interrupciones, como la hora encajonada o la pregunta de una estudiante. Era como el Río Grande: el desierto lo interrumpía y cuando no mostraba sus aguas (que era casi siempre) iba por debajo, fertilizando los campos. Lo había contemplado desde el avión, al llegar a Nuevo México: rosario de pueblos engarzados con hilo verde sobre la alfombra parda del desierto. La rubita que interrumpía estos pensamientos me hacía, en cierta forma, víctima de una agresión. Pero, en realidad, si no nos agrediéramos mutuamente, nuestras vidas interiores serían tan descoloridas y vacías como el desierto sin el Río Grande. En todo caso, el pensamiento tenía maneras de absorber interrupciones, como el desierto absorbía al río para ponerse verde...


– No, sólo estaba pensando –.




                              San José, junio de 1993
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