– ¿Está filosofando ahora, profesor? –
Me gustaba pasar la hora encajonada sentado en el pretil, con las manos
trenzadas sobre la rodilla derecha –el equilibro asimétrico resultante me daba
la sensación de estar sintonizado con la continuidad del universo–. La había
visto acercarse y, de algún modo, mi mente había anticipado la pregunta. Desde
donde estaba sentado, disfrutaba la vista de las veraneras rojas, recortadas
contra el amarillo de los edificios –reflejo del desierto– y el verde de un
césped mantenido con regaderas automáticas –aguas del Río Grande–. No podía
comprender por qué los otros profesores exigían que no les dejaran cajones
entre clases; sin duda, había distintas maneras de entender la continuidad. La rubita era buena
alumna, aunque pasiva. La había distinguido en la clase
sobre todo por su color, blanco sobre chicano chocolate (no era la única
discontinuidad en el aula, pero sí la más impresionante). Casi podría decirse
que era bonita, excepto por su palidez inquietante. Ahora interrumpía mi
reflexión sobre el hilo de la conciencia.
Como a todo el mundo, me molestaban
las interrupciones. Siempre me había obsesionado el tema de la
continuidad. Sentía que la continuidad de la conciencia y la continuidad de la vida estaban
ligadas. Cuando niño temía conciliar el sueño, por miedo a despertar siendo otra
persona o algún animal o cosa. Dichosamente, la vida permanecía a pesar de los
cambios y las interrupciones, como la hora encajonada o la pregunta de una
estudiante. Era como el Río Grande: el desierto lo
interrumpía y cuando no mostraba sus aguas (que era casi siempre) iba por debajo, fertilizando
los campos. Lo había contemplado desde el avión, al llegar a Nuevo México: rosario
de pueblos engarzados con hilo verde sobre la alfombra parda del desierto. La
rubita que interrumpía estos pensamientos me hacía, en cierta forma, víctima
de una agresión. Pero, en realidad, si no nos agrediéramos mutuamente,
nuestras vidas interiores serían tan descoloridas y vacías como el desierto
sin el Río Grande. En todo caso, el pensamiento tenía maneras de absorber
interrupciones, como el desierto absorbía al río para ponerse verde...
– No, sólo estaba pensando –.