Este trabajo fue presentado en el I Seminario Nacional sobre Estudios Generales (Lima, Perú), en 1973
El tema que se me ha encargado desarrollar es inseparable de los otros temas de la teoría de los Estudios Generales. Muy en particular, no puede separarse de los temas de los objetivos y del método de los Estudios Generales. El profesor se define según los objetivos y el método del programa correspondiente. Además los objetivos de los Estudios Generales están en función de las metas de la Universidad como un todo. Las metas de la Universidad definen los objetivos de los Estudios Generales, y estos a su vez determinan las características del profesor.
La Universidad es, fundamentalmente, una institución de crítica frente a la sociedad. Toda institución viva se define en sus metas por las contradicciones o antagonismos básicos que la constituyen. Ahora bien, la contradicción principal en la Universidad latinoamericana contemporánea parece ser la oposición que existe entre la tendencia a identificarse con el status quo y la necesidad de asumir el papel de conciencia crítica de la sociedad; entre su misión de trasmitir los valores de la cultura establecida y la necesidad de constituir nuevos valores. Este es el antagonismo fundamental, del que derivan los otros, por ejemplo: autonomía frente a la necesidad de integración con la comunidad; profesionismo frente a formación general del estudiante, etc. Una reforma a la Universidad debe tender a asegurarse al máximo esta función crítica, dentro de las circunstancias de una sociedad determinada.
Los Estudios Generales, como corazón y vestíbulo de la vida universitaria, deben buscar en relación a estudiantes y profesores la capacitación para la función crítica frente a la sociedad. Esa función es eminentemente política y no simplemente pedagógica: implica un activo poner en tela de juicio el orden social a base, sobre todo, de análisis axiológico. En esta tarea se cuenta con el impulso de la juventud, que llega a la vida social relativamente sin compromisos y con una curiosidad apasionada que todo lo revisa. Pero el estudiante es básicamente un aprendiz, y en esta experimentación de valores necesita el apoyo de maestros que le ayuden a encontrar nuevos caminos.
La educación crítica que debe ser la universitaria, y de una manera especial, la de Estudios Generales, no sería posible sin maestros formados a su vez críticamente en el estudio de los problemas culturales, económicos y políticos del país. Al mismo tiempo, estos maestros deben ser lo suficientemente humildes para reconocer su permanente necesidad de educarse y de colaborar en las modestas tareas de elaboración de programas y de materiales de enseñanza. Finalmente, estos maestros deben haber asimilado un método de enseñanza acorde con los objetivos de los Estudios Generales porque no hay otra manera de introducir una actitud crítica que no sea la práctica de un método también crítico.
Si la Universidad ha de ser una institución de crítica frente a la sociedad, debe serlo también frente a sí misma. Ante todo, el profesor no puede sor el autócrata que posee "la verdad" y la trasmite graciosamente a sus alumnos; ni estos deben considerarse más afortunados que sus maestros, sino aprender a aceptar vitalmente la posibilidad de estar equivocados y respetar la pluralidad de opiniones. La Universidad debe fomentar a toda costa un clima de respeto para todas las ideas y posiciones, que no implique su inmunidad sino la posibilidad recíproca de discutirlas y someterlas a crítica.
Entre los objetivos de Estudios Generales debe merecer lugar preponderante el enseñar a aprender, el dar al estudiante el adiestramiento que le faculte para recorrer por sí mismo la mayor parte del camino intelectual. Creación y fomento de una auténtica actitud universitaria frente al simple recibir información o a la memorización verbalista. Estos objetivos determinan el método de enseñanza y el papel que desempeña en la empresa el profesor de Estudios Generales.
El profesor de Estudios Generales debe entenderse así mismo como un compañero de sus estudiantes y colegas en la aventura de la construcción y descubrimiento de la verdad. Debe haber el mínimo de barreras entre profesor y alumnos, y entre colega y colega, para que esta aventura sea exitosa. El profesor, también aprende; el estudiante, también investiga: no debe reconocerse distinción esencial alguna entre profesor y alumno, o entre enseñanza e investigación. Se estudia investigando y se aprende enseñando.
La relación profesor-alumno debe dejarse lo más espontánea posible. El alumno debe poder elegir a su profesor, tener libertad de asistir o no asistir. El profesor debe conservar una amplia posibilidad de escogimiento de temas de programa y de enfoques para desarrollarlos. La necesidad de calificar y de promover debe interponerse lo menos posible entre el profesor individual y sus alumnos. El ideal de Wilhelm Humbolt de la libertad académica debería dejarse imperar en la medida de lo posible.
El alumno no debe esperar que el profesor le resuelva todas sus dudas. La misión del profesor no es dar seguridad sin crear inquietudes. El profesor no debe sustituir al alumno en la labor de integrar conocimientos y dar solución a los problemas intelectuales que a todos agobian. Tampoco debe sustituir a los grandes maestros, a los filósofos, poetas o científicos de que se enorgullece la cultura humana. Su función es presentar esas grandes voces, no interferirlas. El pensamiento del profesor no es el objeto de estudio, sino el pensamiento de los grandes autores en sus obras originales. El objetivismo hermenéutico en la discusión en clase es el mejor antídoto contra el verbalismo y la temeridad intelectual a que tienden los estudiantes de primero y segundo años.
La función primordial del profesor de Estudios Generales en ejercicio de su método crítico será, pues, la de director de debate, sobre materiales intelectuales muy bien escogidos. En esa función, el profesor deberá ser capaz de alimentar una discusión con recursos como los siguientes:
Es importante que los profesores de Estudios Generales tengan la oportunidad, en un programa de conferencias especialmente diseñado, de:
Las conferencias deben ser lecciones teóricas, de mucha claridad y maciza organización, que se impartan sin distinción de niveles o especialidades para todo el conglomerado universitario.
Partamos de la base de que el profesor de Estudios Generales sea de tiempo completo o de dedicación exclusiva, por lo menos en su mayoría, para cada ramo. Que tenga una formación universitaria medianamente buena, sea inteligente y esforzado, vea claros los objetivos de Estudios Generales y posea habilidad natural para conducir una clase. Lo que se necesita además es un director de ramo bien preparado y con destreza para relaciones humanas. Con un buen sistema de reuniones académicas de los profesores de cada ramo, y ocasionales reuniones metodológicas con los profesores de todos los ramos de Estudios Generales, la capacitación ulterior se irá produciendo en forma natural sin necesidad de grandes inversiones para estudios en el exterior. Esto no obstante, es importante fomentar la preparación superior de los profesores en universidades de la mayor categoría posible; al reintegrarse al equipo de trabajo el sistema de labor asociada hará que la superación lograda por uno repercuta en el mejoramiento de todos. Igualmente, puede resultar útil la inclusión en el equipo por períodos de uno o dos años de profesores de otras universidades con experiencia en este tipo de trabajo.
De más está decir que en las reuniones del ramo y en las de todos los profesores de Estudios Generales deben regir igualmente los principios de la libre discusión académica, de la espontaneidad creadora y del pensamiento crítico.
Todo programa de Estudios Generales, como en general cualquier proyecto de reforma profunda de la Universidad, solo debe echarse a caminar después de un período de examen cuidadoso de las alternativas y de suficiente discusión tendiente a reclutar considerable participación de la comunidad de profesores y estudiantes.
No obstante, sería ilusorio pretender resolver todos los problemas antes de poner en práctica el proyecto. Este debe lanzarse a la vida académica sin excesivas dilaciones y proveerse de flexibilidad de experimentación suficiente para realizar acomodos y adaptaciones sobre la marcha. Hacer la reforma no es un acto simple, como por ejemplo, la aprobación de una ley o estatuto. Es más bien un proceso que nos obliga a mantener una conciencia activa y vigilante para rectificar errores, ensanchar beneficios, estimular éxitos y explorar siempre nuevas posibilidades. Dada la naturaleza de la Universidad como institución de crítica externa e interna, el problema de su reforma solo puede afrontarse con una teoría y práctica de reforma permanente.