Todo planteamiento de fondo sobre el tema de la educación exige como punto de partida un examen del tema del hombre, en su perspectiva filosófica y científico-social. El hombre es un ser histórico, que se mueve en un medio natural y social; es un ser orgánico como todos los otros, aunque de los más evolucionados, y tiene que hacerle frente a un mundo circundante en que existen estímulos y obstáculos que cambian más o menos rápidamente, en parte por la acción suya y de seres de su misma especie. Uno de los problemas más importantes de la vida del hombre es la comunicación con esos seres y la coordinación de su acción con ellos; es lo que llamamos la sociabilidad humana. El otro gran problema, en modo alguno aislado del primero, es el de la forma en que el hombre reacciona frente al medio, adaptándose a él o modificándolo; es lo que llamamos el problema tecnológico. Finalmente, si se toma en cuenta que tanto el medio como los hombres cambian constantemente, por obra de fenómenos naturales como el nacimiento, el crecimiento, la muerte, o por obra de la propia acción humana, tenemos como tercer gran problema el de la historicidad: cómo asegurar los logros del pasado y cómo anticipar y prepararse para las circunstancias futuras.
Cada uno de estos tres problemas da lugar a un aspecto fundamental del problema educativo, aunque desde luego también lo trasciende de muchas maneras. El primer problema, por ejemplo, el de la sociabilidad, tiene aspectos de gran peso pero que los consideraríamos mejor bajo el concepto de la juridicidad: la convivencia humana como regulada por normas aceptadas universalmente. El segundo, el problema tecnológico, puede ser independizado del tema de la educación y tratado en sus aspectos eminentemente materiales o económicos. Por último, el tema de la dimensión temporal del hombre puede ser tratado especulativamente, como disciplina histórica o como política, separándose en esa medida de la consideración propiamente educativa. Pero aparte de esos aspectos, que atienden otras disciplinas, la educación, como enfoque teórico y como quehacer práctico, y las ciencias sociales que le sirven de indispensable apoyo, tienen como su materia propia la médula de esos tres grandes problemas.
Partamos del problema intermedio, el que hemos llamado problema tecnológico. Este problema supone que el hombre se enfrenta al mundo, a lo que lo rodea, y debe reaccionar ante él. El hombre es un ser que percibe el mundo, se percibe a sí mismo como distinto del mundo, y en cada momento debe tomar una actitud frente a ese mundo: adaptarse a él o modificarlo. El hombre es un ser activo-reflexivo, actúa después de reflexionar, y su adaptación es distinta de la del animal, pues incluso cuando no modifica el medio esa adaptación es resultado, en alguna medida, de la decisión consciente de aprovechar de ese modo las circunstancias. No obstante, un suficiente número de veces su reacción ante el reto del medio implica una modificación de algún tipo, lo que va transformando al medio natural en un medio humano. En general, llamamos cultura a ese medio humano o humanizado. La cultura es la obra humana de modificación del medio. Esta obra tiene de particular que es inseparable del hombre mismo, puesto que al actuar creando soluciones modificamos el medio y nos modificamos a nosotros mismos, producimos algo en el mundo externo y producimos algo en nuestro mundo interior. El hombre y el mundo (mundo humanizado o cultural) se van edificando simultáneamente, y por obra de un mismo fenómeno: la acción creadora de cultura. El hombre es, entonces, su propia obra, y el mundo (humano) es creación del hombre.
De esa obra del hombre hay dos productos de singular valor y trascendencia: la ciencia y el lenguaje. Tomemos aquí ciencia en su sentido más amplio, como conjunto de creencias que el hombre va articulando, sobre las leyes que rigen su mundo, natural o humano. En este sentido amplio, la antigua mitología y algunas partes de los credos religiosos son también ciencia, aunque muy primitiva y errónea; las más modernas teorías científicas son sistemas de creencias, en el sentido de ser ideas que sustentan los hombres sobre los principios que rigen el curso de los acontecimientos a su alrededor. A lo largo de los siglos hemos mejorado nuestros sistemas de ideas sobre la realidad; sobre todo en cuanto a un rasgo muy singular: los criterios que nos sirven para mantener o por el contrario abandonar una de esas doctrinas o creencias. Estos criterios se depuran cada vez más, para hacerlos más discriminantes y eficientes. Pero en todo caso, equivalen al refinamiento de un solo gran principio: es verdadero lo que funciona en la práctica. Las direcciones son buenas si llego a la casa que ando buscando: la ciencia, al fin y al cabo, en un mapa que nos permite orientarnos en la realidad. Solo la práctica reivindica la teoría.
En cuanto al otro producto, el lenguaje, no es posible elaborar ideas sobre el mundo sin construir un lenguaje. El desarrollo de esas ideas y el desarrollo del lenguaje son uno y el mismo fenómeno. Hacemos lenguaje mientras hacemos ciencia (en el sentido amplio) y viceversa; inventar conceptos es ya en alguna medida formular una teoría y lanzarla, como una red, hacia la realidad; dependiendo de lo rica que sea la pesca consideraremos nuestra red, el lenguaje, un buen instrumento, digno de ser conservado y mejorado, o lo abandonaremos como inservible. Con una advertencia: nunca tiramos un instrumento mientras no hayamos adquirido otro mejor. Y si, como sucede de hecho, el lenguaje es inseparable de la ciencia, y ciencia y lenguaje inseparables del hombre mismo, con mucha más razón. El hombre conserva ciencia y lenguaje, ideas sobre su mundo y juegos de conceptos por medio de los cuales las formula y expresa, en tanto no pueda modificarlos o sustituirlos por otros mejor adaptados. En ese acto de conservación el hombre actúa siguiendo aquel generalizado principio de la vida: el llamado instinto de conservación. Al conservar sus ideas y su lenguaje, es decir, su cultura, el hombre se conserva a sí mismo.
Esto nos lleva a pensar de manera inmediata en el carácter tan particular que ideas y lenguaje tienen: no son sombras o luces en una pantalla, que pueden cambiar fácilmente, como lo querría una doctrina intelectualista. Ideas y lenguaje, por ser la materia misma de que está hecho el hombre, como ser cultural, son eminentemente sólidas, dotadas de gravedad y resistencia. En realidad, no son algo que el hombre tiene, sino algo que el hombre es. El hombre es sus pautas de pensamiento y lenguaje, tanto como sus pautas de acción. Decir que las ideas y los juegos de conceptos que usamos son hábitos de la mente, y como tales dotados de inercia, es ya conceder demasiado: ideas y conceptos son la mente misma, inseparables de otros ingredientes igualmente importantes de la mente, como son los afectos, el interés, el entusiasmo y la acción. Cambiar ideas y cambiar lenguajes es cambiar al hombre, y cambiar al hombre es cambiar sus ideas y lenguajes. Cambiar es difícil, porque puede ir en contra del impulso de sobrevivir; pero cambiar es posible, y necesario, porque puede ser la mejor manera, o la única manera, de sobrevivir. Para poder promover el cambio tenemos que entender muy bien por qué le interesa tanto al hombre conservar lo que procura conservar.
Partimos del problema tecnológico, y hemos derivado insensiblemente en los otros dos: el problema del lenguaje y el problema del cambio. En realidad, las tres vertientes son inseparables. Detengámonos, sin embargo, en la consideración específica del problema del lenguaje. Hasta aquí hemos dicho que es inseparable del sistema de creencias y que es inseparable del hombre mismo. Pero debemos despejar una mala interpretación posible. El lenguaje no es uno; no lo es ni para la sociedad ni siquiera para el individuo. La razón es la siguiente; el lenguaje es una respuesta del hombre al reto de su medio ambiente, y este reto no es simple, sino multifacético y sumamente complejo.
El mecanismo fundamental que tiene el hombre para enfrentarse con su medio es la atención. De todo lo que nos rodea seleccionamos en cada momento lo que nuestro organismo percibe como reto más importante; puede movernos, por ejemplo, el deseo de evitar un peligro o el de lograr algo positivo, podemos actuar por temor o por interés. Pero lo cierto es que ante el reto, nuestra percepción se focaliza, creando una figura, el centro de nuestro interés o nuestro temor, y un fondo, el resto del medio ambiente. Toda nuestra actividad mental se organiza en torno a esa focalización. Si el interés, o el temor, es permanente, nuestra organización es permanente; así surgen los lenguajes particulares que todos empleamos en nuestra disciplina u oficio, los lenguajes de la guerra y del amor, los lenguajes del prejuicio, de la ideología, del dominio o de la opresión.
Un análisis lógico que no voy a hacer aquí puede demostrar que todos los lenguajes que usamos están condicionados, y limitados, por los propósitos específicos que cumplen, y que no hay un único lenguaje posible para todos los propósitos ( GUTIÉRREZ 78). En otra parte he mostrado cómo de la pluralidad de propósitos de la vida y del hecho de que todo lenguaje cristaliza alrededor de un foco que es un propósito concreto, se desprende que el hombre educado es el ser capaz de manejar muchos lenguajes, y de moverse de uno a otro con propiedad y respetando las leyes de esos mismos lenguajes ( GUTIÉRREZ 77). A esa pluralidad de lenguajes, característica de todo estado de cultura evolucionado, lo llamo polisemia. El hombre educado que la domina responsablemente sabe que cada lenguaje tiene sus propias reglas y que en cada momento él y su interlocutor están sujetos al juicio universal del principio de congruencia, que exige de cada quien respetar las leyes que se haya impuesto ( GUTIÉRREZ 82).
Contrasta con el hombre educado, el primitivo, que no ha despertado aún a la polisemia, o el fanático, que ha sido llevado por retrogresión a la monosemia sectaria de una única doctrina o de un dogma inmodificable. En esta concepción, la educación aparece como la capacitación del hombre para comunicarse, primero consigo mismo y después con los otros hombres. El ser capaz de comunicar con los demás es el que puede ponerse en la perspectiva del otro y comprender su lenguaje, y eso sólo puede hacerlo quien tenga mentalidad flexible para variar la relación figura-fondo, característica fundamental de su atención. El objetivo básico de la educación es entonces ayudar al hombre concreto en circunstancias concretas, a potenciar su capacidad innata de discriminar por medio de la atención y a producir en cada ocasión las estructuras significativas que necesita para hacerle frente con éxito a los retos de la vida.
Finalmente, dediquemos unos párrafos específicamente al problema de la historicidad, que no es otro que el problema del cambio. Se sigue de nuestro punto de partida fundamental, el hombre en su medio, como ser activo-reflexivo, que las respuestas a los retos de la vida son actitudes y objetos culturales; es decir, sistemas de significados; y que por la naturaleza misma cambiante del medio y del hombre, esas respuestas no son definitivas ni inmodificables. La cultura y el lenguaje son obra humana, y como tal, transformable; son cosa profana y no sagrada. El desarrollo de las ciencias sociales nos lleva cada vez más al convencimiento de que la cultura es un producto histórico, condicionado por circunstancias de tiempo y lugar, modificable en muchos sentidos por los hombres, seres históricos. La antropología contemporánea llega a la conclusión de que la cultura de los antepasados se hace vigente en los seres del presente por medio de un proceso de socialización, que inevitablemente significa también acto de modificación y recreación. Los lenguajes y los patrones culturales perviven y cobran o pierden vigencia de acuerdo con las necesidades de los grupos humanos en cada época; sólo perduran con trascendencia mayor que la de un período histórico los rasgos culturales enraizados en necesidades genéricas, es decir, afianzadas de alguna manera en nuestro mismo organismo.
La historia de la cultura nos enseña que los patrones de comportamiento y de pensamiento ni son libremente modificables ni se extienden universalmente a lo largo de las épocas. Las formas de vida y las concepciones cambian, aunque más bien lentamente. La cultura se arraiga y atrinchera, pero también se la evalúa y cuestiona, a veces conscientemente, las más de las veces ante el duro tribunal de los hechos que examina su funcionalidad o disfuncionalidad. Corresponde a la educación, especialmente en su nivel superior, llevar a la conciencia una gran parte de esa lucha entre lo nuevo y lo viejo, entre la cultura atrincherada y la cultura emergente que se abre paso. Debe tenerse presente que en la vida diaria, la tarea de defender la cultura heredada y la tarea de recrearla son atendidas por hombres distintos, con vocaciones diferentes.
En política, en negocios, en educación, hay hombres que tratan de sacar el mejor partido de las condiciones imperantes, no sólo en su beneficio sino también en el de la colectividad; llamaremos a estos hombres articuladores (en el sentido del inglés articulate). Por otra parte, hay también los que no se encuentran en casa con la cultura heredada e insatisfechos con las condiciones imperantes y ponen en tela de juicio las premisas sobre las que actúan la mayor parte de sus contemporáneos. Lo arriesgan todo por causas impopulares y, eventualmente, pueden hacer posible un cambio cualitativo que introduce a la sociedad o a la humanidad en una época nueva. Los dos tipos de hombre parecen ser necesarios, cumplen funciones imprescindibles para la supervivencia y perfeccionamiento de nuestra especie. Además, en cada uno de nosotros debe haber, y la educación debe fomentar que haya, algo de cada uno de esos tipos de hombre, del articulador y del cuestionador. Pues cada uno de nosotros reproduce en su pequeña órbita el drama eterno de la humanidad.
Podemos terminar diciendo que el problema de la educación puede ser visto, en una de sus dimensiones fundamentales, como un problema de adquisición, dominio y modificación de lenguajes. Educar es capacitar para la polisemia. La modificabilidad del lenguaje y de la cultura nos da la dimensión diacrónica de la polisemia. La pluralidad de lenguajes y de subculturas nos da su dimensión sincrónica. El hombre educado que debemos preparar ha de dominar la polisemia en sus dos dimensiones. Debe integrarse con el pasado y servir de simiente para el futuro. También debe insertarse en el presente con capacidad de diálogo y de intercambio enriquecedor con muchas clases de hombres. Casi no hay problema del mundo contemporáneo que no podamos esquematizar como un problema de conflicto o evolución de lenguajes.
Los esquemas mentales o juegos de conceptos de los distintos grupos limitan las posibilidades de comunicación e integración de la sociedad contemporánea, a pesar de la superficial homogenización lexicológica producida por los medios de comunicación colectiva. Tenemos culturas de mundo desarrollado y de mundo en vías de desarrollo, cultura de ciudad y cultura de campo, cultura socialista y cultura capitalista, cultura religiosa y cultura laica, cultura de adultos y cultura de jóvenes, cultura de cada mundo profesional y de cada disciplina académica, cultura de grupos dominantes y cultura de sectores oprimidos, sin mencionar siquiera las culturas por nacionalidad. Sea cual sea la subcultura a que el individuo pertenezca, la educación, como imperativo, busca hacerle capaz de salirse de sus marcos y entender a los otros hombres, y hacerle capaz de modificar desde dentro sus propios lenguajes, para hacerlos más amplios y ricos, conmensurados con el propio crecimiento de la persona.
Al final de la parte general terminábamos afirmando algo que puede resultar paradójico a la luz de las concepciones tradicionales de lo que se entiende por educación. Decíamos que la educación es la ayuda que damos a un individuo para salir de su marco de referencia. El contraste con la idea común es que se supone que la educación da un marco de referencia, al que no lo tiene, en vez de enseñar a alguien a escaparse del que ya tiene. Esta paradoja subraya un hecho fundamental: todo hombre tiene cultura, aunque no haya recibido, o comenzado a recibir, educación formal o escolar. La cultura es el producto de la reacción humana frente al medio, y sus raíces se hunden en el pasado prehumano del hombre; en el caso de individuo, en la etapa intrauterina o neonatal en que todavía las capacidades humanas no se ejercen plenamente. Por lo demás, hay largos años de actividad propiamente humana antes de que el individuo se someta a la escolaridad, y en ellos crea sin ayuda o con ayudas informales una gran parte de su cultura; de ahí que debamos mencionar las potencialidades educativas de los ambientes no escolares.
No podemos insistir demasiado en que la función esencial de la educación es liberadora, y que la mayor parte de esa función se realiza enseñando al individuo a comprender los límites y condicionamientos que constituyen su propia cultura. Sólo hablándole en sus propios términos será capaz de entendernos; y sólo enseñándole a superar su propio marco, sus propias herramientas, intelectuales o materiales, podrá ascender a niveles de potencialidad superiores.
Pongamos a un lado el problema, por otra parte muy importante, pero que tienen que examinar especialistas en psicología infantil y maestros muy perspicaces y diestros, de si el niño llega a la escuela encerrado en un marco cultural fijo, o si lo adquiere como una regresión por obra de la misma escuela, en los primeros meses o quizá semanas de lecciones. Sea como sea, lo cierto es que en la práctica la educación formal no siempre libera, pues nadie es más esclavo que el que está atado por su propia mente, por su propio lenguaje o por propias "convicciones" que considera irreformables, y la escuela muchas veces nos aferra a marcos fijos. Los primeros marcos de referencia los adquirimos inconscientemente, con el aprendizaje de los primeros sonidos o de las primeras letras, imitando gestos y acciones, siguiendo las pautas que nos proponen o imponen los mayores. Dentro de un marco de referencia se colocan distintas cosas: opiniones sobre muchas materias, colecciones de hechos, hipótesis y hasta teorías. Muchos de esos enunciados pueden afirmarse o negarse dentro del marco, y haremos lo uno o lo otro dependiendo de nuestra experiencia, o de lo que otros nos hayan dicho sobre la materia. Pero hay afirmaciones que no podemos dejar de hacer cuando hemos aceptado un marco, o cosas que son imposibles de afirmar para el que esté comprometido con un determinado lenguaje.
Así, por ejemplo, en el marco, ya muy evolucionado, de la termodinámica, no tiene sentido preguntarse si es posible construir una máquina de movimiento perpetuo; y en el marco del que aceptó el lenguaje religioso no es posible preguntar "¿quién hizo a Dios?", algo que, por cierto muchos niños preguntan. La otra cara de la medalla, la necesidad de ciertos principios, que no admiten duda, su carácter trascendente ("tiene que haber un cielo y un infierno", por ejemplo), se explica también por su pertenencia al marco; no es una afirmación que se hace "con el lenguaje" sino que se hace "por el lenguaje" mismo que usamos, está afirmada antes de que hagamos la afirmación.
Creo que la primera misión de la educación es liberar la mente del hombre, y que eso se logra solamente si puede poner en cuestión los marcos mismos, y no simplemente las afirmaciones dentro de los marcos. Pero para ello hay que llegar a percibir esos marcos como tales, como marcos, saliendo de la ilusión de que el lenguaje es idéntico con la realidad y no un producto cultural producido por la actividad humana. El lenguaje es un encierro, pero un encierro muy particular, pues la llave puede introducirse en la cerradura sólo desde dentro.
Ayudar a la gente a entender que cada uno es un sujeto cultural, que la cultura es un producto social, de él y de sus compañeros los otros hombres, que como tal es modificable, que el hombre no tiene por qué ser la víctima de su producto, que debe ser el dueño de sí mismo y escoger o modificar sus lenguajes, todo esto no lo puede hacer el maestro como simple pedagogo. La educación no es una disciplina, sino una empresa, un programa, un proyecto, como tal interdisciplinario. Los científicos sociales, los humanistas, los médicos, y todo un conjunto de profesionales afines, deben colaborar en esa empresa.
Copyright © 1981, 1982, 1997 Claudio Gutiérrez