El presente artículo es un intento de aclarar el tema de la comunicación desde un punto de vista lógico. Dicho tema se liga al de la ambigüedad porque desde el primer momento se da por un hecho que toda comunicación interesante ocurre en lenguajes con un grado mayor o menor de ambigüedad, excepto en casos límites de extrema univocidad del marco de referencia. En el caso de lenguajes muy simples y unívocos el problema de la comunicación se resuelve, desde el punto de vista lógico, en el problema de la pura congruencia; pero apenas emerge algún grado de complejidad, como mostraremos en el primero de los ejemplos, se necesita, para asegurar adecuada comunicación, algo más que correspondencia directa de símbolo a símbolo: se necesita también una correlación de un cierto tipo entre los universos de significación implicados por cada grupo de símbolos.
Usando un paralelismo con la ciencia física, que a la larga puede resultar algo más que una metáfora, diríamos que debemos lidiar con una especie de fuerza gravitatoria que actúa sobre los símbolos individuales y que proviene de la densidad de materia significante que los rodea. Esta densidad "tuerce" el espacio lógico de las significaciones, y afecta por ese medio el significado de cada uno de los símbolos.
Esta premisa que hemos impuesto a nuestro discurso, a saber, la presencia de la ambigüedad como dato inherente a la comunicación, crea de entrada un gravamen importante para este mismo trabajo: confesadamente el discurso será ambiguo, y ello por razones sistemáticas e indespejables. Dejémoslo así; procuraremos que el discurso, si bien ambiguo, sea por lo menos lo más diáfano posible.
Pero no sólo la inherencia de la ambigüedad será sostenida aquí como característica de todo texto –que desde luego deberá aplicarse también a este mismo–. Muy pronto fundamentaremos otra premisa que debemos comenzar a aplicar desde ya, a saber, que ningún texto es inteligible aislado de su contexto. Lo que aquí pretendamos decir sobre el tema "comunicación y ambigüedad" no podrá entenderse aisladamente de lo que hemos escrito en otras partes sobre diversos temas de filosofía del lenguaje. De ahí que sea inevitable proceder prioritariamente a resumir ese contexto, aunque dejando los temas apenas esbozados, como flechas que apunten a círculos semánticos indefinidamente ampliables.
Nos concentraremos después en tres casos concretos de ambigüedad y comunicación de naturaleza diversa. Para terminar, volveremos de nuevo al contexto, y examinaremos algunas de las implicaciones que el análisis de los casos nos haya revelado. Así, partiremos del "campo gravitatorio" en que nuestros casos se mueven; indagaremos después la particularidad de estos casos; finalmente, podremos estudiar qué enriquecimiento ha ocurrido en ese campo de significaciones como resultado de la aclaración de los casos.
El tema del lenguaje está inseparablemente unido al del conocimiento. El objeto del conocimiento es lo real o concreto. Para llegar a eso concreto hay que pasar por lo abstracto; debemos descomponer nuestra percepción de las cosas para luego recomponerla en un cuadro inteligible. A estos dos movimientos los llamamos análisis y síntesis. El análisis y la síntesis se relacionan entre sí como la forma y el contenido, el texto y el contexto.
Es importante observar que el análisis que separa el texto del contexto al mismo tiempo lo vacía proporcionalmente de contenido; si el análisis es extremado, al final quedará una "pura forma", que será un texto con el mínimo de contexto. Pero la síntesis deberá reintegrar el texto al contexto; entonces, lo concreto resultará iluminado por su paso por lo abstracto; por este imperativo fundamental de reimplantación del texto en el contexto todo análisis debe interpretarse como provisional; dentro de todo texto quedan inevitablemente huellas del contexto omitido: categorías residuales, definiciones insatisfactorias, términos teóricos con contenido por determinar, paradojas, etc.
Contexto y formalismo corresponden a dos dimensiones lingüísticas fundamentales: semántica y sintáctica. Lo sintáctico es el texto mínimo, inmediato y manejable. Lo semántico es el contexto expansivo, que remite fuera de sí, en círculos de significación cada vez más amplios. Lo sintáctico es materia de cálculo; lo semántico es materia de reflexión. Pero todo pensamiento es sintáctico y semántico al mismo tiempo; además, y radicalmente, todo pensamiento es siempre pragmático, porque corresponde a un propósito que lo define y condiciona.
Un pensamiento de pura reflexión sería incomunicable e impracticable, flotaría indefinidamente en eterna indiferencia, sin poder decidir jamás qué decir o qué hacer. Por su parte, un formalismo absoluto es también imposible, porque formalizar no es sino sustituir un contenido por otro que para ciertos propósitos se considera más conveniente. Generalmente la formalización consiste en la construcción de un modelo o estructura representativa más simple. Ahora bien, ese modelo tiene también su propio contenido, su propio contexto. Una forma pura, sin sustento material alguno que le dé cuerpo, simplemente no existe.
Conocer es interiorizar esencias. La tradición empirista en filosofía, a la que miramos con simpatía, desconfía de las esencias. El ideal empirista, sin embargo, no incluye, a nuestro modo de ver, el que debamos prescindir de todo uso del término "esencia". Lo único necesario es rechazar la noción de que hay esencias eternas o absolutas, y comprender que la esencia es siempre dependiente de contexto.
La esencia "esencia" es, como todas las esencias, dependiente de contexto: no podemos entenderla hoy como la entendía Aristóteles, lo cual no significa que no podamos, de algún modo, entender a Aristóteles, "comunicar" con él. El término "esencia", aunque redefinido, es hoy tan imprescindible como en la época de la filosofía helénica: si las cosas se dejan clasificar, si hay uniformidad en la naturaleza, necesitamos esencias para hablar de ello.
Insistamos sin embargo en lo nuevo en la concepción contemporánea: el universo contiene uniformidad, pero uniformidad dinámica. El universo es actividad e interrelación, interrelación de acontecimientos. Todo acontecimiento u objeto nos remite a otro acontecimiento u objeto, hasta el punto de que podemos concebir el universo como una inmensa red de interacciones. En esa inmensa red existen nodos especialmente densos: son precisamente las esencias. Sobre esos nodos versa el conocimiento científico, que separa lo esencial de lo accidental, las interconexiones fuertes de las débiles. Dónde comienza el conocimiento científico y dónde termina la simple opinión es cuestión de grado, pues la esencia, además de ser dependiente de contexto, admite grados. Como todo el mundo en la práctica sabe –hasta los filósofos esencialistas–, hay cosas "más esenciales" que otras.
Conocer es una de las cosas más esenciales (por lo menos para nosotros, los seres humanos) de las que ocurren en ese inmenso mundo de interrelaciones. Es pues también una interrelación, aunque una interrelación muy particular: una interrelación que interactúa con interrelaciones, ya que todo lo que conocemos es interrelación. Para conocer interactuamos con una interacción, nos interconectamos con una interconexión. No se da nunca el par sujeto-objeto, sino más bien el trío sujeto-objeto-contexto, así como no se da nunca pura forma (sin contenido) o puro texto (sin contexto).
Ahora bien, las interacciones del mundo son reales, y no simplemente soñadas, son materiales y no puramente ideales; en la medida en que el organismo interviene en ellas implican esfuerzo y trabajo. El conocimiento no es una excepción. El trabajo del conocimiento es el análisis, que trata de forzar el contexto fuera de la conexión triple, intentando por paso al límite y metódicamente, conjurar una relación simplemente doble entre mente y objeto –que desde luego nunca logra totalmente–. Siempre tendrá que vérselas con una resistencia, testigo fiel de la intervención de la realidad, de la materia, en el fenómeno del conocimiento.
La resistencia al conocimiento es la reacción del contexto que no quiere ser eliminado. Ese contexto, la totalidad de lo real, se filtra en la estructura formal por medio de diversas anomalías, inadecuaciones de definiciones o incluso francas incongruencias. Así la contradicción (u otro tipo de anomalía) se presenta como signo de la necesidad de restituir o ampliar un contexto, que habríamos preferido mantener limitado para mejor dominar la situación. En ese sentido, pero sólo en ese, a nuestro modo de ver, tienen razón los filósofos que afirman que la contradicción es síntoma de densidad ontológica, la ventana por la que se asoma la esencia.
Para manejarnos con definiciones usamos el cálculo. Tomo esta palabra en una acepción más generalizada que el uso simplemente matemático. La reflexión, en contraste, implica algo más que calcular (deducir) trabajando con definiciones logradas: reflexionar es aventurarse más allá de la tierra firme de lo definido, poner en cuestión los contextos vigentes, e ir al encuentro de contextos más amplios.
Normalmente la reflexión es impulsada a esa búsqueda de nuevos contextos por la degradación de las definiciones vigentes, las cuales –al ser sometidas a análisis– se corrompen con contradicciones u otras anomalías graves. La paradoja aflora en la definición como una necesidad imperiosa de redefinir. Allí puede permanecer por un período considerable, pues el proceso de redefinición de contexto no es un proceso simple. Pretender superar las paradojas muy rápidamente no responde a una actitud honda y científica sino frívola y superficial: el científico serio, así como el hombre profundo, deben ser pacientes y aprender a vivir entre contradicciones. Muchas veces es importante dejar que las paradojas subsistan por un tiempo para darles oportunidad de penetrar hondamente en la red de significaciones y revelar así con mayor seguridad la esencia de la situación NOTA 1.
En este contexto, ¿cómo juzgar el fenómeno de la comunicación? Parecería que el cálculo fuera el terreno ideal para la comunicación perfecta y unívoca. Pero ¿es siempre practicable? ¿Son sus posibilidades ilimitadas, o por el contrario corre permanentemente el riesgo de naufragar en el mar de anomalías de la inevitable "infiltración de contexto"? Y en cuanto a la reflexión, ¿cómo comunicarla, si por definición se encuentra en movimiento, pujando siempre por nuevos contextos? ¿Cómo comunicar incluso con uno mismo, en este estado dinámico y de permanente flujo?
Por lo demás, si las esencias son dependientes de contexto, ¿cómo podemos aspirar a comunicar con otras personas, cuyo contexto vital e intelectual tiener forzosamente que ser por lo menos parcialmente distinto del mío, cuyos campos de significación están afectados por "materia significativa" diferente de la que afecta los míos? La mera existencia e interconexión recíproca de todas estas preguntas es mucho más importante, desde el punto de vista de las tesis que defiendo, que sus mismas respuestas. Dejémoslas reposar como están.
Presentaré a continuación tres casos de intentos de comunicación tomados de mi vida profesional, los cuales ilustran varios de los problemas indicados. Su análisis podrá quizá contribuir al hallazgo de posibles líneas de solución. Los casos los ofrezco en orden de progresiva complejidad, que por casualidad es también el orden cronológico de su ocurrencia. El primero corresponde a un intento de comunicar con el guía de mi tesis doctoral (comunicación vertical hacia arriba, de alumno a profesor). El segando es un caso de comunicación entre colegas, que puede interpretarse también como autocomunicación: un investigador dialogando consigo mismo (comunicación horizontal, de igual a igual). El tercero es un diálogo con una estudiante (comunicación vertical hacia abajo, de profesor a alumna). Los tres casos corresponden a diálogos sobre material lingüístico, lo que los hace doblemente atinentes.
Mientras preparo mi tesis doctoral en la Universidad de Chicago, reflexiono sobre la atinencia que un trabajo mío anterior sobre formas de enunciados indiferentes (GUTIÉRREZ 61) pueda tener como ilustración del punto de agotamiento de un sistema lingüístico (GUTIÉRREZ 68). Decido que vale la pena incluir el punto en la tesis y lo presento para su aprobación a mi director de tesis, el Prof. Charner M. Perry.
Tomo como ejemplos de paradigmas los siguientes sistemas formales de enunciados:
| 1 | p | & | ~p | contradicción |
| 2 | p | enunciado indiferente | ||
| 3 | ~p | enunciado indiferente | ||
| 4 | tautología (no expresable) |
| 4 | tautología (no expresable) | |||
| 3 | p | enunciado indiferente | ||
| 2 | ~p | enunciado indiferente | ||
| 1 | p | V | ~p | contradicción |
Mi argumento es que en cualquiera de los dos paradigmas el "enunciado" (en realidad, ausencia de enunciado) número 4 marca el punto de agotamiento de las capacidades enunciativas del correspondiente paradigma. Para mi desazón, Mr. Perry recomienda no incluir la ilustración en la tesis, de modo que el punto queda informulado y no es sino hasta diez años más tarde, que ve la luz pública, Lo importante en la anécdota es que Mr. Perry contraargumenta que en el caso no se da un agotamiento de sistema lógico; como prueba, escribe en una hoja de papel el siguiente conjunto de enunciados:
Obviamente, no se da aquí ningún agotamiento de posibilidades enunciativas. Ahora bien, la réplica que entonces no di, porque no quise argumentar con mi maestro en su lecho de enfermo, pero que ofrezco ahora es la siguiente: el paradigma ofrecido por Mr. Perry es un paradigma ambiguo, y debe ser analizado, precisamente en los componentes que representan los dos paradigmas consignados más arriba. Si suponemos los dos paradigmas "puros" como no ambiguos, podemos decir que están "superpuestos" en el de Mr. Perry, y de los tres podemos afirmar que son parcialmente equivalentes entre sí. No obstante, podríamos afirmar que son totalmente equivalentes si aceptamos la ausencia de enunciado como representativa por sí misma (en cada paradigma simple el silencio significará algo: sea la tautología, sea la contradicción). Cualquier decisión sería convencional, pero para aceptar el silencio como enunciado debemos estar seguros de que la otra estación esta trasmitiendo y en qué sistema esta trasmitiendo –en un código la ausencia de signo puede ser tan significativa como su presencia–. Por supuesto, para que el análisis del paradigma ambiguo dé por resultado dos paradigmas no ambiguos se sobreentiende el requisito que define a cada paradigma no ambiguo, a saber, el uso de exclusivamente una conectiva diádica: o bien el signo de conjunción o bien el de disyunción, pero no los dos NOTA 2.
¿Qué importancia puede tener el hecho de distinguir paradigmas ambiguos y no ambiguos? Aparte de subrayar la frecuente eventualidad de que dos personas no se entiendan porque han definido el universo de discurso en forma diferente, la distinción es importante porque ejemplifica idealmente la polaridad entre el lenguaje ordinario y el lenguaje científico. En efecto, aparte del atributo de incongruencia que le adjudica Alfred Tarski, el lenguaje ordinario es además ambiguo; su universo de discurso no se define y presumiblemente incluye muchas "superposiciones" del tipo ejemplificado en el presente caso. Por su parte, el lenguaje científico está dotado de mayor precisión, e idealmente sería completamente no ambiguo.
Pero irónicamente es en relación con ese lenguaje idealmente no ambiguo donde ocurren las más claras anomalías que pueden requerir intervenciones drásticas que dan lugar a revisión o sustitución. En efecto, los puntos de agotamiento de los lenguajes precisos no pueden distinguirse si estos lenguajes precisos están "superpuestos" de modo que recíprocamente escondan sus respectivos "silencios". Esto es al mismo tiempo una virtud y un defecto; virtud, porque permite el paso suave y desapercibido de un lenguaje a otro en el manejo de proyectos distintos; defecto, porque dificulta una consideración adecuada de la naturaleza y función de los paradigmas o marcos de referencia científicos.
Hacer el correcto análisis, distinguiendo varios paradigmas no ambiguos (o que tienden a no serlo) en un lenguaje ambiguo, constituye la superación del defecto apuntado. En cuanto a la virtud, vale la pena asumirla conscientemente, y reconocer que la ambigüedad lingüística es una necesidad pragmática para la comunicación, excepto en los casos sumamente raros en que es exclusivamente un único propósito, y de carácter muy simple, lo que está en juego.
Pero en esta coyuntura es permisible contraargumentar que postular un punto ciego (o varios de ellos) a base de suponer que el lenguaje ordinario es el resultado de la "superposición" de varios lenguajes, se acerca mucho a una maniobra convencionalista que pretenda "robarle la vuelta" a la experiencia. Se me ocurren dos respuestas a tal argumento.
En primer lugar, es lo cierto que toda ciencia surge del lenguaje ordinario y se diferencia de él precisamente por la elaboración de categorías que distinguen lo que el lenguaje ordinario no distingue. El proceso sería entonces totalmente normal.
La segunda respuesta es ésta: si no hubieran razones sistemáticas para mantener la existencia de los paradigmas no ambiguos entonces podría calificarse el procedimiento de maniobra sospechosa, simple estratagema para mantener prejuicios a pesar de una evidencia experimental contraria. Debemos pues exigir corroboración sistemática de los sistemas no ambiguos en su propio derecho, con independencia de la maniobra de "superposición", para verla entonces justificada por sanas razones metodológicas. Indagemos si existen, en el caso particular, esas razones sistemáticas independientes.
Llamemos por comodidad de referencia sistemas a los lenguajes no ambiguos, a los que hasta aquí hemos venido llamando paradigmas; así, podremos reservar "paradigma" para teorías científicas de gran fuste, dentro de la connotación de Thomas Kuhn (KUHN 62). Ahora bien, un sistema goza de una cierta variedad extensional si tiene un cierto índice de extensión e, que nos da el número de situaciones esencialmente diferentes que puede identificar (incluyendo el punto ciego o "silencio" como informativo). En los sistemas conjuntivo y disyuntivo que hemos examinado este índice es igual a 4.
Un sistema goza de una cierta variedad intensional si tiene también un índice de intensión i, el cual nos ofrece el número de variables atómicas distintas de las que hace uso para describir las situaciones. Ese índice es igual a 1 en los sistemas considerados.
Finalmente, el sistema tiene su propio rango de valores de verdad r, el cual nos da los posibles valores de las variables lingüísticas atómicas que comprende. El rango es 2 en los sistemas disyuntivo y conjuntivo anteriores.
En general, e = 2ri donde 2, la única constante de la fórmula NOTA 3, expresa la doble posibilidad de presencia y ausencia de cada parte de la conjunción o disyunción principal.
Un ejemplo de sistema de mayor complejidad que los ya examinados sería el sistema disyuntivo que tendría como forma de enunciado máxima, y tautológica, la siguiente:
Para dicho sistema e = 16, r = 2, i= 2.
Un sistema de este grado de complejidad muestra mejor la distinción entre el paradigma conjuntivo y el disyuntivo que el sistema de intensión 2. En efecto, los enunciados "superpuestos" tienen distinta forma visible en cada uno de los dos sistemas, aunque siguen siendo totalmente equivalentes. Por ejemplo, el enunciado indiferente (p&q)V(~p&~q) y su equivalente (pV~q)& (~pVq). Aquí es obvio que el primer enunciado pertenece a un léxico (el disyuntivo), mientras que el segundo pertenece a otro (el conjuntivo), según la naturaleza de las conectivas exteriores o principales.
Por otra parte, a partir del sistema de intensión 2 (extensión 16) podemos comenzar a hablar de un tipo de ambigüedad nuevo, distinto de la "superposición"; a saber, la inclusión de un sistema dentro de otro (en realidad, también un caso de "superposición", solo que uno de los sistemas es más amplio que el otro). Así por ejemplo el sistema i = 2 incluye al sistema i = 1, dando este tipo de "superposición":
En estas fórmulas el sistema i = 2 dice con más palabras lo mismo que el sistema i = 1 dice con menos palabras. Pero por supuesto el sistema i = 2 puede decir cosas, como por ejemplo "p&q", que el sistema i = 1 no puede decir por carecer del vocablo indispensable "q". Por ello decimos que la variedad extensional del sistema i = 2 es mayor que la variedad extensional del sistema i = 1.
Llamemos a este tipo de ambigüedad, ambigüedad vertical, mientras que la "superposición" recíproca sería una ambigüedad horizontal. Probablemente la más interesante de las dos ambigüedades es la horizontal, por la propiedad que tiene de ocultar les puntos ciegos de los dos sistema superpuestos. Pero todavía más interesante será la combinación de les dos tipos de ambigüedad, horizontal y vertical, aunque no necesitamos aquí detenernos en ello.
Los paradigmas científicos tienden a ser no ambiguos, según hemos postulado. Así pues, ellos también tenderán a exhibir claramente sus variedades extensional e intensional, así como su rango de valores de verdad; también habrá en ellos un "enunciado silencioso" o punto de agotamiento de la capacidad enunciativa. Ese enunciado silencioso, sin embargo, podrá en la práctica ser indiscernible, dada la falta de regularidad en la transmisión (para que el silencio sea informativo debemos saber que una transmisión rigurosa está en curso). Por ello tenderemos a considerarlo más bien como una anomalía del paradigma. Dichas anomalías, o paradojas, las he tratado extensamente en otro artículo (GUTIÉRREZ 82).
Un investigador en el campo de la lógica se asombra al percibir los profundos efectos que produce un cambio de simbolismo, los cuales van más allá de lo que podría esperar de una simple transformación accidental. En su libro Los métodos de la lógica (QUINE 60), W.V.O. Quine define como duales entre sí a dos esquemas que son iguales en su análisis de valores de verdad excepto en cuanto a que intercambian el signo de verdad por el signo de falsedad y viceversa en todos los lugares del análisis. Quine representa el valor verdad con la letra T, y falsedad con una letra T invertida. De ahí resulta que la tabla de verdad de la disyunción es la imagen en un espejo horizontal de la tabla de verdad de la conjunción:
¿Qué sucedería si adoptáramos un simbolismo
para el cálculo de proposiciones que incorporara este principio
de dualidad en su misma médula, a base de símbolos que, como
la T, fueran simétricos con respecto al eje vertical y asimétricos
con respecto al eje horizontal? Así, nuestras variables proposicionales
deberán ser letras como U, W, Y, cuyas imágenes en el espejo,
colocado el espejo en el plano horizontal, serían símbolos
iguales a esas mismas letras, pero invertidas. Nuestro símbolo de
disyunción podría ser una "V" y el símbolo de conjunción
una "V" invertida. Los paréntesis, por ser simétricos con
respecto al eje horizontal, serían invariantes con respecto a la
reflexión en el espejo del tipo descrito (espejo en el plano horizontal);
aunque podrían también ser eliminados mediante la técnica
conocida como "notación polaca"
(GUTIÉRREZ
67).
En un sistema así, el resultado de reflejar en el espejo una fórmula no sería la fórmula dual sino precisamente la negación de la fórmula. De ahí extraeremos una consecuencia fascinante para nuestro simbolismo: no tendremos signo de negación, sino que la negación quedará representada por una acción, la acción de reflejar en el espejo. Nuestro simbolismo estará entonces completo: con signo de disyunción y negación como functores primitivos; no introduciremos conectivas derivadas.
¿Qué habrá sucedido a la relación de dualidad, piedra angular de nuestro simbolismo? La posibilidad de expresarla mediante una ley que relacione conjunción y disyunción, por ejemplo la ley de DeMorgan, habrá desaparecido. En efecto, WVY podría leerse de dos maneras: como una disyunción de dos formas proposicionales, o como la negación de la conjunción de las negaciones de esas dos formas; es decir, podría leerse como los dos lados de la equivalencia de DeMorgan, de modo que la ley de dualidad se reduciría a una simple ley de identidad: WVY <=> WVY.
Podríamos decir que esto ya se produce en un sistema en que no haya conjunción, es decir, que la ley de DeMorgan puede considerarse como una definición para introducir uno de los dos símbolos. Pero la cuestión va más allá, porque la desaparición de las leyes de dualidad es total, e implica incluso el caso de la doble negación, ley de dualidad para la conectiva monádica. En efecto, también ésta desaparece, al no existir un signo de negación sino una "acción de negación": la reflexión de algo reflejado en el espejo es otra vez la imagen original.
La ley de doble negación se expresará entonces como W => W, o sea, de nuevo una ley de identidad. La ambigüedad de lectura produce este efecto: pues W puede leerse como W o como la negación de la negación de W, o como sucesivas formas cada vez más complicadas en que se añadan negaciones por pares. Nos encontramos aquí con un caso muy parecido al de la lectura de p como media conjunción o media disyunción: todo depende de la pauta sistémica desde la cual uno juzgue las cosas.
¿Qué ha pasado aquí? Uno cambia la notación y algunas cosas que podían expresarse, como la ley de doble negación, ya no son expresables. Una ley tan importante ¿era puramente verbal? El signo mismo de negación, ¿puede sin más evaporarse, sin dejar una combinación de símbolos, o por ejemplo la que use "|" por incompatibilidad, para hacerlo surgir de nuevo mediante una definición? Pareciera que la negación hubiera aquí sido devorada por la praxis del investigador, pues este la usa, y la usa de una manera fundamental, pero se ha hecho incapaz de hablar de ella, por lo menos directamente. ¿No será que el propósito radical de un paradigma precisamente se oscurece en el sistema a que da base, como el punto ciego del ojo en el lugar en que entra el nervio óptico? (GUTIÉRREZ 68)
Uno cambia la notación y
algunas cosas que eran distintas dejan de poder distinguirse, como la ley
de no contradicción y la ley de tercero excluido que se funden en
una fórmula única:
. En contraste,
algunas cosas que no se distinguían pasan ahora a distinguirse.
Así, la siguiente prueba
si es reflejada
en el espejo lucirá así:
; es decir,
tendrá como premisa la negación de la conclusión anterior
y como conclusión la negación de la premisa original... y
será una prueba válida. Lo mismo vale para cualquier prueba
que tenga una sola premisa; y como cualquier conjunto de premisas puede
unirse por signos de conjunción para producir una sola premisa,
este resultado es completamente general, a saber, por cada prueba válida
siempre existe otra prueba igualmente válida que es su reflexión
en un espejo horizontal. Y esta meta-ley de la lógica de proposiciones no podía formularse en los formalismos convencionales del cálculo de proposiciones.
Nadamos aquí en un mar de ambigüedad, porque pareciera que las significaciones pasan del fondo a la delantera y viceversa según el sistema de símbolos con que estamos trabajando; aunque siempre podamos, con un esfuerzo de la percepción intelectual, decir que las relaciones que son conspicuas en un sistema están presentes en el otro, por lo menos implícitamente. Así por ejemplo, los pares de pruebas mencionados en el párrafo anterior están presentes en todo cálculo de proposiciones en calidad de fenómenos de contraposición, pero desde luego no son tan visibles.
Ahora bien, el aspecto que me interesa resaltar de la situación no es la equivalencia formal de todos estos cálculos sino la comunicabilidad de sus elementos a través de cada uno de ellos. Mi impresión es que sistemas formalmente equivalentes pueden diferir considerablemente en la claridad con que presentan sus distintas partes y ser por lo tanto en cuanto a ellas muy diversamente comunicables. Para comunicar cada una de esas secciones es fundamental que emisor y receptor tomen en cuenta, como fondo de referencia, la estructura integral, la unidad contextual de todo el sistema.
De manera particular se da, al pasar de un sistema notacional a otro, un cambio cualitativo en la naturaleza de lo simbolizado; algunas cosas que pertenecían al campo de la prueba pasan en el nuevo sistema a ser parte del sentido de los símbolos. La ley de DeMorgan es típica: si existen signos de disyunción y conjunción como primitivas, es posible demostrar la ley. De lo contrario simplemente se muestra el significado de la disyunción a partir del signo do conjunción (o viceversa) por medio de una definición.
Esto es importante porque nos induce a pensar que la distinción entre leyes y definiciones, entre verdad y significado, no es tan firme como podría haberse pensado. Por supuesto, esto es extrapolación filosófica (reflexión y no cálculo). Pero podemos conjeturar que, lo que en lógica simbólica –lenguaje fuertemente formalizado– se da conspicuamente, muy probablemente se da también –en forma mitigada y contrabalanceada por factores materiales– en otros lenguajes menos formales.
Por una vereda del campus transita un profesor de filosofía enfrascado en sus pensamientos:
"–No es que uno piense configuraciones. Es que pensar consiste en configuraciones. Uno no necesita resolver sus problemas para poder comunicar; uno comunica y entonces, uno y su amigo pueden resolver juntos los problemas de ambos. Si entramos en conflicto en vez de cooperar, la comunicación reconfigura el pensamiento de todas maneras. En una interpretación, las configuraciones son hábitos de la mente; podríamos pues llamarlas pautas. Uno tiende a ver las cosas como armando ciertas configuraciones...–"
Una estudiante suya rompe el hilo de este pensamiento y le dice:
–¿Está filosofando
ahora, Profesor?–
"–Una pauta de pensamiento que venía siguiendo ha sido interrumpida; una nueva pauta ha comenzado a existir, por ese mismo hecho, sin solución de continuidad. Uno puede lamentarse por la pauta perdida, o felicitarse por la nueva. En todo caso, tan pronto como una pauta es destruida otra emerge, dentro de un halo de ambigüedad. El pensamiento de las personas consiste en configuraciones; destrucción y creación de configuraciones es creación y destrucción del material del que estamos hechas las personas. Configuraciones rotas o imperfectas también pueden ponerse en comunicación. La gente comunica precisamente contándose sus problemas, mapeándolos recíprocamente, es decir, mostrando sus puntos de contacto, y los de no contacto. La gente comunica agrediéndose mutuamente, afectándose recíprocamente de manera profunda (si podemos llamar a un encuentro verdadera comunicación). Si uno no se afecta, uno no gana con el intercambio. Muy distinto es el caso de las máquinas, incluso de las máquinas pensantes. Las máquinas comunican entre ellas, y también con el hombre, de otra manera. O bien están abiertas, esperando una entrada, o por el contrario están cerradas y no pueden recibir nada. No hay sorpresas, no hay destrozo de pautas internas, no hay afección y no hay creación.–"
Pasaremos ahora revista, sucesivamente, a la contribución que puedan haber dado los tres ejemplos a la reformulación del contexto resumido al comienzo del artículo.
El primer ejemplo contribuye a fundamentar la tesis de que la frontera entre el conocimiento científico y el conocimiento ordinario es difícil de trazar, dado que el lenguaje preciso de la ciencia emerge del lenguaje ambiguo ordinario por un gradual proceso de abstracción. El concepto de superposición, introducido en el análisis del caso, puede ser útil para comprender mejor la relación entre el lenguaje ordinario y los paradigmas científicos.
El concepto de sistema semántico, como componente elemental de un lenguaje, puede ayudar a puntualizar objetivos de la educación: la posibilidad de distinguir esos sistema y el relativo dominio de su uso caracterizaría al científico o al hombre culto, frente al profano no iniciado en sutilezas lingüísticas. Más sobre este mismo tema puede encontrarse en nuestra Una tesis epistemológica sobre la cultura (GUTIÉRREZ 77).
La dependencia de contexto se manifiesta claramente con respecto al caso de la ambigüedad horizontal. Así, la forma de enunciado "p" puede ser tomada como mitad de conjunción o como mitad de disyunción de acuerdo a cuál sea el marco de referencia (sistema, paradigma) bajo el cual estemos dialogando. Debido al carácter formal de este tipo de ambigüedad, tiene importancia cuál contexto se tome solamente si dialogamos sobre un problema formal, como el que nos ocupa ahora. De lo contrario, para propósitos no formales, como sería el caso si sustituyéramos la forma de un enunciado por un enunciado cualquiera, la "mitad de conjunción" y la "mitad de disyunción" se comportarían exactamente igual y para los efectos podrían considerarse como una y la misma cosa.
Las ambigüedades que hemos considerado en este ejemplo tienen un carácter formal extremo. Se dan dentro de las líneas estudiadas, con independencia de la interpretación (contenido) posible de las variables usadas. Estoy convencido de que algunas de las relaciones examinadas se cumplen también en planos menos formales, donde la ambigüedad depende más del contenido que de la forma de los símbolos. Si hemos demostrado ambigüedad dependiente de contexto en los casos de extremo formalismo, podemos pensar que en los casos menos formales la ambigüedad será aun mayor.
Pero la consecuencia quizás más importante del análisis de este caso es subrayar un pluralismo profundo de la dimensión semántica: personas que hablan de lo mismo, supuestamente en el mismo lenguaje, pueden no entenderse en absoluto por haber definido (en forma no necesariamente consciente) el universo de discurso en forma diferente.
Se pueden sacar de esto implicaciones para las relaciones sociales, especialmente las intelectuales y políticas, pues encontramos en esta polisemia un fundamento nuevo y de gran solidez para la tolerancia. Según esto, el hombre educado para la libertad sería el ser capaz de moverse en muchos contextos, que puede percibir la ambigüedad esencial del lenguaje ordinario; en tanto que el hombre educado para el dogmatismo, sería el hombre de un solo contexto, ciego para una dimensión semántica de profundidad.
Si el primer ejemplo da base para combatir el dogmatismo, el segundo ofrece un argumento contra el verbalismo. La polisemia no puede identificarse con la absoluta libertad de decir o pensar lo que a uno le venga en gana. Por el contrario, el paso de un sistema lingüístico a otro no se hace sin pagar un precio: las transformaciones esenciales (recuérdese que la esencia es dependiente de contexto) que ocurren en el universo de discurso. Hay cosas que se pueden decir y cosas que no se pueden decir según el marco de referencia empleado; hay seres que existen o no existen, problemas que surgen o desaparecen, puntos ciegos que advienen, contradicciones que proliferan o son superadas, todo dependiendo de cuál sea nuestra selección de lenguaje.
El caso estudiado nos enseña que la influencia de la forma en la definición del contenido puede ser mucho mayor que lo que hubiéramos esperado. Presumimos que mucho de lo que consideramos contenido es reducible a la dimensión puramente sintáctica; pero ¿cuánto? Lo único claro es que con un mínimo de forma se pierde prácticamente todo contenido; pero en casos no tan extremes, ¿qué repercusiones sobre el contenido tiene la elección de un lenguaje? Vale la pena considerarlo en cada caso.
Me parece suficientemente justificado pensar que una elección adecuada de lenguaje puede hacer desaparecer problemas, distinciones, y hasta entidades que por lo tanto podríamos considerar como puramente verbales. Dos cosas son de notar aquí, sin embargo. En primer lugar, que la adecuación de la elección estaría directamente relacionada con los propósitos que se tengan en mente como función del correspondiente lenguaje. La adecuación de la elección tiene una base eminentemente pragmática.
En segundo lugar, "puramente verbal" es una expresión ambigua. Los problemas, distinciones, etc., que aparecen o desaparecen con los cambios de lenguaje son formales vistos contextualmente, o sea, al comparar sistema entre sí. En cambio, vistos desde dentro de un sistema particular, tales problemas, distinciones o entes no serán formales en absoluto, sino incluso pueden constituir el contenido mismo del sistema respectivo. En dos palabras, la distinción absoluta entre forma y contenido se hace relativa cuando adoptamos un cierto marco de referencia filosófico, a saber, el que aplicamos en este artículo. Qué sea forma y qué sea contenido dependen radicalmente del contexto.
De acuerdo con esta perspectiva filosófica, cada contexto crea su orden de realidad o ámbito de contenido; las reglas del juego crean no sólo las movidas posibles, sino también las fichas que habrá en el juego y el sustrato o espacio en que las movidas de los entes ocurrirán. Cuál sea el orden de realidad objetivo dependerá de cuál juego le interese a alguien jugar. Los límites de los juegos posibles, dada la naturaleza del hombre, estarían dados por dos fronteras extremas: el aburrimiento y la fatiga; si simplificamos mucho las reglas, el juego puede dejar de ser entretenido; pero si las complicamos demasiado, el juego puede llegar a ser injugable.
Este dilema es especialmente visible en el campo de la ética, presumiblemente en el de la estética también. Una ética demasiado simple (¿la epicureista?) probablemente empobrecerá la experiencia humana, adolecerá de un vicio 1ógico de incompletitud. Una ética demasiado complicada (¡la mayor parte de los sistemas de moral religiosa!), angustiará al hombre con la carga de los escrúpulos y macerará su vida en los riscos de la contradicción.
Por lo demás, el segundo ejemplo nos muestra también algo muy importante, a saber, que la praxis del investigador puede ocultar totalmente el punto de vista pragmático (propósito radical) que determina el sistema semántico de que se trata. Para entender a alguien, especialmente a un científico, puede ser más crucial darse cuenta de lo que su sistema oculta –su punto ciego– que conocer lo que el sistema ostensiblemente expresa.
El lector habrá notado en la exposición del ejemplo tercero una diferencia con los otros dos casos: la situación fue descrita con las palabras surgidas en la mente del profesor inmediatamente después del suceso, sin agregar comentarios adicionales. La razón de esta diferencia está en que este caso, a diferencia de los otros dos, incluía ya dentro de sí sus propios comentarios, dado que la situación era eminentemente reflexiva. Este ejemplo muestra la penetración recíproca de dos pautas que es característica fundamental de un encuentro interpersonal. Desde este punto de vista, el ejemplo esclarece y refuerza la afirmación introductoria de que la relación de conocimiento no se deja reducir a un simple par sujeto-objeto sino que es algo mucho más complejo, por implicar necesariamente un contexto. En el caso del intercambio reflexivo interpersonal, el contexto es a su vez sumamente complicado, tanto por la interpenetración de dos contextos personales como por su naturaleza eminentemente cambiante.
Al comienzo de este artículo nos hacíamos algunas preguntas que dejamos entonces sin respuesta. La primera de ellas se refiere a la posibilidad de comunicar en el plano del cálculo, específicamente a cuáles son los límites de la comunicación en ese plano. Ahora podemos trazar ciertos lineamientos para la contestación a esa pregunta. Los límites de la comunicabilidad del cálculo están dados por la ambigüedad que surge con las anomalías de sistema y paradigmas.
Estas anomalías o paradojas son problemas de naturaleza radical, no despejables sin fundamental reorganización del contexto en que ellas aparecen. Normalmente están ligadas al sentido de uno o varios términos dentro de un sistema semántico, términos claves no ligados de manera inmediata a la experiencia y que pueden ser términos teóricos o categorías residuales. Su interpretación es eminentemente contextual, pues sobre ellos gravita la totalidad de significado implícita en el marco de referencia.
Un término clave dentro de un sistema semántico puede tener dos sentidos contrapuestos, en cuyo caso responde a la anomalía de contradicción en un paradigma. El análisis podrá indicarnos que la pauta intelectual correspondiente debe entenderse como sobreposición de dos subpautas incompatibles entre sí. El cálculo se escinde y plantea con ello la necesidad de reestructuración que hará surgir, si tiene éxito, un nuevo contexto en que desaparece la contradicción y el término teórico adquiere una nueva definición. Diríamos que en este caso el significado del término teórico es anterior, con una historia semántica NOTA 4 que le respalda (su anterior participación en subcontextos conflictivos).
Un término clave puede más bien carecer de sentido alguno determinable dentro de la pauta significativa que integra; su existencia se justifica solamente por necesidad de clausura lógica del sistema. El pensamiento sintético puede llevarnos a descubrir en algún momento una nueva pauta, incompatible con la primera, en la cual esa categoría residual no figure, pero que contenga otras categorías de carácter positivo, presumiblemente empírico, que den cuenta de la esfera semántica del antiguo término. De ahí que nos atrevamos a reconocer en la categoría residual un significado posterior, cifrado en una promesa semántica NOTA 5 respaldada por la potencial creatividad del científico.
En otro trabajo he denominado "nudos" y "vacíos" a esos dos tipos de términos clave que pueden aparecer en los paradigmas científicos (GUTIÉRREZ 82). Podemos agregar ahora que un nudo es una historia de significado conflictivo que respaldará a un término teórico en un nuevo paradigma; y que un vacío es una promesa de significación futura basada en la confianza en la creatividad humana. Los términos científicos claves aparecen así cargados de ambigüedad, pero de una ambigüedad positiva, perfectamente distinguible de la ambigüedad de las palabras vacías y del pensamiento frívolo. Porque las palabras vacías, a diferencia de términos teóricos y categorías residuales, son palabras que carecen tanto de historia como de promesa: ni han pertenecido conflictivamente a pautas anteriores ni anticipan heurísticamente el advenimiento de nuevas pautas.
Otra pregunta fundamental que nos hacíamos se refiere a la posibilidad de comunicar en el plano de la reflexión, específicamente sobre la dificultad de comunicación entre contextos en flujo, pugnantes por nuevas definiciones. La línea de solución a este problema ha sido adelantada en lo que hemos dicho sobre la comunicabilidad del cálculo, dada la relatividad de la distinción entre cálculo y reflexión. En efecto, el paso de un cálculo a otro sólo puede hacerse a través de la reflexión. Sin embargo, algo podemos añadir a este propósito.
No siempre las situaciones reflexivas se plantean bien definidas, como en el caso de la superación de antinomias de un cálculo por el advenimiento de un sistema nuevo. Muchas veces, y en todo caso antes del surgimiento de un primer cálculo en la esfera de que se trate, la situación problemática se presenta "mal definida", en un sentido similar a aquél en que decimos que una fórmula, o una entrada para computadora, está mal definida. En estos casos, los problemas no están planteados en términos que hagan posible una solución de carácter sintáctico. A veces no han llegado siquiera al nivel de problemas y sólo podemos calificarlos vagamente como angustias o inquietudes. No se ha definido todavía la cuestión, nuestro intercambio con la otra persona puede precisamente contribuir a "definir el problema" y ponerlo en vías de solución.
Es importante anotar aquí que no se necesita resolver los problemas para comunicar; ni siquiera es necesario haberlos planteado adecuadamente. Lo importante es mapear, es decir, hacer corresponder, las angustias recíprocas, de modo que se origine un movimiento compartido que apunte al planteo primero y a la solución después de nuestros problemas, ahora comunes.
La empresa de la solución conjunta de problemas, la empresa de la comunicación reflexiva interpersonal, es la empresa de una reconstrucción del lenguaje; porque sólo creando un nuevo lenguaje común es posible resolver problemas de manera conjunta. Resolver problemas fundamentales implica siempre recontextualizarlos, es decir, reelaborar el marco lingüístico en que esos problemás pueden expresarse. Y desde luego, un cambio del lenguaje en que expresamos nuestras más caras inquietudes implica siempre un cambio radical de nosotros mismos.
Llegamos el final de nuestro propio proceso de recontextualización. El examen de casos particulares dentro de un contexto nos ha llevado a modificar, enriqueciéndolo, ese mismo contexto. Pero no podemos despedirnos de la tarea sin dedicar unos renglones al repensamiento de lo que al inicio señalamos como la premisa bajo la cual trabajaríamos. Veámosla: decía que la ambigüedad es inherente a toda comunicación, que para asegurar la adecuada inteligencia recíproca de mensajes se requiere algo más que simple correspondencias de símbolo a símbolo entre receptor y emisor. Es necesaria una cierta correlación entre los universos de significación implicados por cada grupo de símbolos.
Agreguemos ahora que esa correlación no es simple, porque puede implicar rompimiento de esquemas mentales de los dos comunicantes, al actuar sobre ellos la presión de anomalías sistemáticas o de tendencias renovadoras del lenguaje implícitas en las angustias e inquietudes de los participantes. Puede significar ni más ni menos que la creación de un campo nuevo de significaciones, determinado por la interacción de materia semántica de dos universos de discurso que antes existían en forma separada.
Concluyamos con una última reflexión: este artículo no sólo habla de cosas, sino que ilustra cosas. También, como todo sistema semántico, oculta algo, quizás algo muy importante, pero algo que se revela solo en el ocultamiento, como el nervio óptico se revela en el punto ciego del ojo.
NOTA 1: Al releer estas frases mucho tiempo después no deja de impresionarme el hecho de que al escribirlas me encontraba en el octavo año de la crisis de un decenio que me llevó a abandonar la fe católica. Nota de 1997.
NOTA 2: En sistemas proposicionales de más de una variable, el requisito debe reformularse: lo que se requiere es el uso de una conectiva tipo como conectiva externa; la otra conectiva puede aparecer como interna.
NOTA 3: No es imposible pensar en que este factor sea también variable, introduciendo un rango dimensional a la categoría de presencia, o un estado intermedio entre presente y ausente, por ejemplo, "a punto de estar ausente (o presente)".
NOTA 4: Un caso claro de significado anterior es la forma en que el término teórico "c" (velocidad de la luz) de la teoría de la relatividad de Einstein deriva su sentido de la crisis de la física de Newton y los resultados del experimento crucial de Michelson-Morley. Para un recuento no técnico y entretenido, confróntese nuestro GUTIÉRREZ 80.
NOTA
5: Un caso atinente de significado posterior es la forma en que la
categoría residual "conflicto social" de la teoría económica
liberal apunta a otros paradigmas de las ciencias sociales en que figura
el término teórico "lucha de clases" como central. Para mayor
claridad de este complejo tema, remitimos directamente a nuestra explicación
sobre los conceptos de "significado anterior" y "significado posterior",
incluida en
Nudos y
vacíos.